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Radio Progreso
Melissa Cardoza

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña.

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Lunes, 14 Marzo 2016 08:03

Aquí estamos

En el holocausto se tumbó tu cuerpo

pero no tu espíritu

Las detonaciones de cuatro disparos en la madrugada

fueron campanadas de tu amor y lucha

por la libertad

Sicarios malditos, perros ajotados por tus enemigos

Autores ocultos planearon tu muerte

en la oscuridad

son corporativos, son la oligarquía

son seudo cristianos

cuadradas máquinas de color olivo desencuartelados

Gente de tu pueblo que viste uniforme

Sin saber porqué

 

Son pencos  políticos que hoy se enriquecen en un narcoestado

Son las embajadas de águilas y estrellas

de poder real

Quienes planifican  del pentágono 

Y en el capitolio

Golpes, invasiones, préstamos atados

con mucha frialdad

 

Hoy no rezaremos poemas que fluyen de la inquisición

porque los de Roma y los luteranos

de la misma Biblia

soslayan las penas y los sacrificios 

de un pueblo en su cruz

 

Compañera Berta, compita, Bertita

Aquí estamos todos

Tus negros amigos, fieles camaradas 

Con el homenaje de su yancunú

Tus lencas amados,  indios de la Sierra

a los que enseñaste

que el camino es duro y de sacrificios

por la libertad

Aquí están contigo aquellas mujeres

Indias y ladinas, estas feministas

Dispuestas al lance y a romper modelos de la indignidad

Aquí estamos todas 

Letradas, obreros y tus campesinos

Que hoy somos testigos y memoria histórica de nueva traición

Como en el Celaque, al indio Lempira, en el Congolón

Dejame decirte camarada Berta

Lucha hecha mujer

Que el Río Gualcarque de allá en Río Blanco

De las serranías

Son lágrimas largas con que Honduras llora tu cruel holocausto

Y nosotros todos, gritamos al viento

Tu bello mensaje:

“ A seguir la lucha, nadie tenga miedo, mi sangre ha caído

En el suelo prieto de mi pueblo lenca”

Hasta la victoria siempre

 

 

Joaquín Cardoza, 4 de marzo, 2016

Maestro, poeta y padre de Melissa Cardoza

Lunes, 15 Febrero 2016 08:20

Amorosa furia trava

Para Claudia Korol, bienamada,  en su tristeza

Antes de que a una se le apeluche la emoción fatalmente, o se le acorazone la palabra, antes que nos dé un ataque de glicemia por la oferta edulcorada del mercado romántico en este febrero, más nos conviene echar al vuelo algunas palabras que rondan el frío de este segundo mes del año.

El pensamiento más crítico y agudo que produce contracultura en la revolución de la vida, es decir el pensamiento feminista radical, ha dicho mucho sobre el tema del amor, cuando de parejas se trata. Se advierte, aunque el cuerpecito a veces no lo entienda y haga exactamente lo contrario al discurso libertario, sobre la espantosa trampa que en la voluntad, el deseo y la autonomía de las mujeres se tiende con el discurso romántico amoroso. Puestas a escoger entre un príncipe azul, el muchacho de piel más blanca, el extranjero guapo,  el que más cosas bonitas puede decir por minuto o un ejecutivo de cuentas con futuro promisorio, las mujeres, somos educadas  para entender que la vida es encontrar la buena media naranja, aunque disfrutemos más un mango o una papaya. Bien adiestradas las mujeres se lanzan con toda su creatividad a hacer miles de cosas, sin olvidar jamás que lo más importante en la vida es ese amor que nos hará vibrar como un celular silencioso, el que nos recordará que somos mujeres para ser escogidas por ellos, y lo desgraciada que puede ser nuestra vida si el señor del momento no nos para bola. Ese amor trae en su menú la casita con todo el trabajo gratuito incluido, los hijos para educar por décadas, el tedio, la profesión a medio camino, el deseo frío en una cama helada, las deudas, los insultos y muchas veces los golpes.  De las excepciones no hablaremos porque esas sólo confirman la regla, y están por verse. 

Pero bueno, el amor que es tan espinoso, ponzoñoso, amargo y dulzón, no deja de estar en preocupaciones, reflexiones, ganas, textos. Y si algo también hemos disputado las feministas a este tsunami que es el amor romántico, y el filial, y el materno, y el obligatorio por fuerzas de plaquetas o costumbres, es que el amor ciertamente está en muchos espacios, se construye con esfuerzos, se sostiene con las voluntades acérrimas, y los deseos sueltos de obligación. Es radicalmente político, no hay de otra.  

Qué puedo decir que no haya dicho con tanta locuacidad Lohana Berkins, recién fallecida en su tierra argentina, cuando en sus palabras de despedida, con su descomunal sensibilidad ante el mundo que siempre vivió y nunca le pasó por encima afirmaba en un manifiesto total “Estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo. Todos los golpes y el desprecio que sufrí, no se comparan con el amor infinito que me rodea en estos momentos. Furia Travesti Siempre. Un abrazo"

Tuve el sobresalto de conocerla, fui invitada a una de esas inolvidables tertulias en que nos pasamos la vida ejecutando el acto más potente de todos los conocidos por el ser humano, conversar, comunicar, reír, entender a las otras o por lo menos tratarlo. De Lohana puedo decir que me impresionó el humor chispeante y furioso con el que contaba una y otra anécdota, historias que de no ser por su vuelta de tuerca humoristica, pudieron ser sólo desgracias de mundos terribles, pero solidarios.  Era una feminista excepcional, ponía el cuerpo junto a la palabra, cruzaba los activismos, las luchas, los discursos con genialidad desparpajada, y se plantaba en sus criterios con los brazos en jarra. 

Era una de las históricas luchadoras por el respeto a la vida y proyectos de la comunidad travesti, transexual, lésbica y homosexual. Se burlaba de los neologismos del discurso pasmado de los reformistas, decía cosas como “eso de gay es una exquisitez literaria de la colonialidad yanqui, nosotras somos maricas”. Lohana era comunista, entendía bien que bajo la opresión están todas, de ahí su resistencia de mariposa indómita absolutamente feminista. Era abolicionista, pues entendía que la prostitución no se consideraría trabajo si mujeres heterosexuales, blancas y de clases altas tuvieran que hacerlo por necesidad,  y conoció bien ese mundo. Y además luchaba por el aborto libre, gratuito para todas las mujeres, aunque a ella el asunto no le pasara por su cuerpo, pero sí por su proyecto de mundo. Todo al mismo tiempo porque no hay otro modo. 

Amada por sus amigas con quienes tenía diferencias, pleitos y ternuras, Lohanna daba luces porque siempre ardió con la vida y la pasión por la justicia. Entró y salió de cárceles, le tocaron el cuerpo las múltiples violencias, y no la doblegaron. La Berkins era justamente una muestra de cómo el amor transforma la vida mientras le ponemos la fuerza, nos incendiamos en sus brazos y en brazos de las otras, somos quienes somos sin concesiones. Por eso ella daba luz, incendiada de convicciones como estaba, con su furia trava (travesti) por delante cuando afirmó hasta el final, ¡¡la revolución es ahora¡¡  

 

 

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña

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Viernes, 22 Enero 2016 07:08

Mis hondureñas, que no MISS Honduras

En estricto sentido, hondureñas son aquellas mujeres que nacieron en el territorio llamado hoy, Honduras, o las que a través de un papel firmado por el estado se les dice que lo son, por opción, deseo o permanencia.  Así que ellas están incluidas en este 25 de enero que se dice día de la mujer hondureña y cuando nos regalarán otra corte sin justicia, pero suprema para repartir privilegios y salarios entre los pandilleros del  “hernandismo” y sus secuaces. 

Personalmente, no me asumo compañera de destino histórico y geográfico  con esa hondureña que es  responsable directa de la muerte de cientos de personas del seguro social movida por interés de engordar sus cuentas y anda por ahí haciéndose la chanchita; con la que negocia carros y  patrullas con el estado patriarcal y se encarga de profundizar la explotación de las trabajadoras de este país; no soy compatriota de las que se apropian de ríos, tierras, montañas, Cortes,  con sus legalizadas mañas en el congreso del cual, por supuesto, es parte.

No puedo serlo, no quiero.  

Tampoco de las que persiguen universitarias, las que dirigen odio contra las lesbianas ni con las que hablan en nombre de un dios macho y violento. Las que adoran a los hombres y todas las estupideces que dicen, las barbaridades que hacen;  pero odian a las mujeres y las lapidan con la palabra por cada error, cada metida de pata, cada tropiezo que protagonicen. 

Aunque a todas ellas y a mí nos dieron lecciones de Moral y cívica hondureña  en la escuela y  nos enseñaron a recitar el himno entero y su explicación, nos contaron de las más banales razones para respetar héroes masculinos: que Cabañas era un viejito honrado, que Morazán era soldado y le faltaba una oreja, que Valle redactó el acta de independencia, aunque no muy convencido; y por supuesto aprendimos todas que en Honduras las mujeres nunca hicieron nada por este territorio.  

No son mis hermanas de historia,  aun compartiendo la misma narración de versos patrios, en esta noción de patria de la que se apropian políticos y funcionarios; clérigos, banqueros, terratenientes y todo el que serpea por esta tierra para ver qué más se le saca a la gente que trabaja, a la naturaleza que se acaba.  

Todas pueden considerarse  mujeres y haber nacido aquí, eso no lo discuto.

Pero las hondureñas de mi historia, mis hondureñas son esas sufragistas que se levantaron contra el desprecio por las mujeres y sus pensamientos, las que escupían contra la dictadura caríista y se movilizaban, las que escribieron revistas emancipatorias  en los años tempranos del siglo 20 y se reunían a escondidas de sus maridos, sus sacerdotes y alcaldes para compartir la siempre fructífera semilla de la rebelión.  

Y más aún, mis hondureñas nacieron en los lugares más lejanos de aquí. Una de ellas cecea,  por razones de origen peninsular, indignada ante un padre bien macho y catracho que le rompe el labio a su hija a puño limpio porque dios se lo mandó y la joven está enamorada;  o la que confundiendo desde siempre  la conjugación de los verbos en esta lengua que no es la suya mantiene la rabia de Lempira entre sus manos; y otras que tienen la nostalgia de ríos, de rostros, de infancias distantes, pero ponen su inteligencia en los linderos de este pueblo.

Las hondureñas,  a las cuales yo hago homenaje, en estos días de memoria son las que han entendido  que a la utopía de la felicidad, para la cual estamos en este mundo, hay que hacerle espacio y darle alimento donde el cuerpo se levanta en la mañana, no importa de dónde digan ellos que somos. 

Es más,  mis hondureñas son las que luchan, aunque nacieran en México, Colombia, Suiza, el propio Estados Unidos, más de una  isla,  España; las kurdas, las venezolanas,  las africanas, las que en Asia rompen el patriarcado, las miles de mujeres insurrectas del mundo.  Las que saben que la nación  es un macho invento fracasado construido y repetido  para fragmentar a la grandiosa humanidad de las mujeres vitales, bravas, luchadoras, creativas  que andamos por el mundo. 

 

 

 

 

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña

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Viernes, 22 Enero 2016 07:08

Mis hondureñas, que no MISS Honduras

En estricto sentido, hondureñas son aquellas mujeres que nacieron en el territorio llamado hoy, Honduras, o las que a través de un papel firmado por el estado se les dice que lo son, por opción, deseo o permanencia.  Así que ellas están incluidas en este 25 de enero que se dice día de la mujer hondureña y cuando nos regalarán otra corte sin justicia, pero suprema para repartir privilegios y salarios entre los pandilleros del  “hernandismo” y sus secuaces. 

Personalmente, no me asumo compañera de destino histórico y geográfico  con esa hondureña que es  responsable directa de la muerte de cientos de personas del seguro social movida por interés de engordar sus cuentas y anda por ahí haciéndose la chanchita; con la que negocia carros y  patrullas con el estado patriarcal y se encarga de profundizar la explotación de las trabajadoras de este país; no soy compatriota de las que se apropian de ríos, tierras, montañas, Cortes,  con sus legalizadas mañas en el congreso del cual, por supuesto, es parte.

No puedo serlo, no quiero.  

Tampoco de las que persiguen universitarias, las que dirigen odio contra las lesbianas ni con las que hablan en nombre de un dios macho y violento. Las que adoran a los hombres y todas las estupideces que dicen, las barbaridades que hacen;  pero odian a las mujeres y las lapidan con la palabra por cada error, cada metida de pata, cada tropiezo que protagonicen. 

Aunque a todas ellas y a mí nos dieron lecciones de Moral y cívica hondureña  en la escuela y  nos enseñaron a recitar el himno entero y su explicación, nos contaron de las más banales razones para respetar héroes masculinos: que Cabañas era un viejito honrado, que Morazán era soldado y le faltaba una oreja, que Valle redactó el acta de independencia, aunque no muy convencido; y por supuesto aprendimos todas que en Honduras las mujeres nunca hicieron nada por este territorio.  

No son mis hermanas de historia,  aun compartiendo la misma narración de versos patrios, en esta noción de patria de la que se apropian políticos y funcionarios; clérigos, banqueros, terratenientes y todo el que serpea por esta tierra para ver qué más se le saca a la gente que trabaja, a la naturaleza que se acaba.  

Todas pueden considerarse  mujeres y haber nacido aquí, eso no lo discuto.

Pero las hondureñas de mi historia, mis hondureñas son esas sufragistas que se levantaron contra el desprecio por las mujeres y sus pensamientos, las que escupían contra la dictadura caríista y se movilizaban, las que escribieron revistas emancipatorias  en los años tempranos del siglo 20 y se reunían a escondidas de sus maridos, sus sacerdotes y alcaldes para compartir la siempre fructífera semilla de la rebelión.  

Y más aún, mis hondureñas nacieron en los lugares más lejanos de aquí. Una de ellas cecea,  por razones de origen peninsular, indignada ante un padre bien macho y catracho que le rompe el labio a su hija a puño limpio porque dios se lo mandó y la joven está enamorada;  o la que confundiendo desde siempre  la conjugación de los verbos en esta lengua que no es la suya mantiene la rabia de Lempira entre sus manos; y otras que tienen la nostalgia de ríos, de rostros, de infancias distantes, pero ponen su inteligencia en los linderos de este pueblo.

Las hondureñas,  a las cuales yo hago homenaje, en estos días de memoria son las que han entendido  que a la utopía de la felicidad, para la cual estamos en este mundo, hay que hacerle espacio y darle alimento donde el cuerpo se levanta en la mañana, no importa de dónde digan ellos que somos. 

Es más,  mis hondureñas son las que luchan, aunque nacieran en México, Colombia, Suiza, el propio Estados Unidos, más de una  isla,  España; las kurdas, las venezolanas,  las africanas, las que en Asia rompen el patriarcado, las miles de mujeres insurrectas del mundo.  Las que saben que la nación  es un macho invento fracasado construido y repetido  para fragmentar a la grandiosa humanidad de las mujeres vitales, bravas, luchadoras, creativas  que andamos por el mundo. 

 

 

 

 

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña

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Miércoles, 16 Diciembre 2015 17:34

INCORRUPTIBLES

Sabemos quiénes no entran en esta categoría, porque conocemos sus nombres rimbombantes de telenovelas cursis,  sus apellidos exóticos, sus rostros inflados de botox, cubiertos de maquillaje y cremas antiedad, sus casas de millonarios con servidumbres para sus perros, y ahora conocemos las mínimas celdas de algunos de ellos. 

Sabemos que muchos de esos (que desde cuando los conocemos)  no están en ninguna lista de la nefasta nómina de extraditables del departamento de estado gringo que ahora sale de honesto cuando siempre ha apoyado las gestiones de estos ladrones que eran sus ladrones, en aquel momento en que los necesitaron para llenarnos de guineos, palmas, comida basura o marines.

Y como suele pasar en estos sitios de memorias ocultas y palabras veloces, ahora resulta que los hondureños, porque las hondureñas no existimos, pasamos de ser haraganes a ser corruptos. Entonces la vocería parlanchina de los medios asquerosos de desinformación nos llenan de la sangre de cristo, que al parecer tiene más sangre que agua el océano, para protegernos de nosotros mismos por padecer del mal de la corrupción, que quieren ahora endilgarnos a todas y a todos.

Pues fíjense que no, que no vamos a aceptar su nuevo adjetivo calificativo, porque en este pueblo hay mucha gente incorruptible. De esa gente  como Tomás García, guardián de la lucha de Río Blanco que hacía turnos junto al enorme roble del camino, para que no pasaran las máquinas de la hidroeléctrica.  Ahí llegaron a buscarlo para ofrecerle el dinero que quisiera, los bienes que pidiera, y para muchos Tomás García era un hombre que tal vez hubiera necesitado algo de pisto, o algo de algo, pero nunca dejó su sitio en el roble, ni faltó a su compromiso en la lucha contra la represa, ahí lo agarró el día y la noche. Por eso lo mataron, y su incorruptible sonrisa, las historias de su valor y sus actos sin mancha nos abrazan. 

Gente como Marta Peñalba o Marta Velásquez, según los papeles que la acrediten,  fundadora de movimientos, recuperadora de tierra, voz de mujeres con el cuerpo en las calles, bordadora de vidas y mantas coloridas, autónoma en su palabra y cuerpo; de mucho hacer y poca paja.  Marta que no ha dejado de creer en sus actos a pesar de la miseria histórica, el cáncer, la sorpresa de ver a excompañeras acomodando su discurso por jugosos salarios para gringos o europeos por igual que tratan y logran convencer a la gente de este país que lo que necesitamos es su democracia de mercado. Pero ella, incorruptible, no come su basura, ella organiza, piensa, habla con una enorme profundidad y paciencia. Marta quien declaró hace poco ante un grupo de nosotras que quería ser enterrada en el cementerio de su colonia con los mareros, las putas y los locos que este sistema odia y que ella llama “mi gente”, la gente condenada de esta tierra.

Incorruptibles muchos, compas, demasiadas mujeres que construyen este país  a punta de trabajo y valor en su palabra para que nosotras sigamos manteniendo alzada nuestra mirada. Para que a los que perviertan, por millones o por migajas, los bienes comunes,  la vida de todas, el respeto de su gente, las utopías siempre posibles, los veamos muy por encima del hombro y sigamos cultivando la dignidad y la honestidad que nos han enseñado tantas y tantos. 

 

 

 

 

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña

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Martes, 17 Noviembre 2015 15:17

Patria, Minerva, María Teresa Mirabal

Estos son los nombres de las mujeres dominicanas que en los años sesenta fundaron un movimiento clandestino en contra de la dictadura de Trujillo  y que fueron asesinadas por su mandato. Son los nombres que nuevamente rememoramos en este noviembre feminista.

Reconocidas en 1982, por un movimiento feminista latinoamericano y caribeño naciente, es con ellas que nace el día internacional de lucha en contra de la violencia hacia las mujeres, porque fue un 25 de noviembre la fecha de su asesinato. En ese primer encuentro, de pocas mujeres, que costearon su participación, donde se debatió sobre política feminista en el entorno de un espacio universitario y no en vergonzosos hoteles transnacionales que ahora son moda, se tomó la decisión de que éste fuera un día de lucha que nos convocara a todas.

Volver a contar esta historia, no sólo es necesario sino urgente, pues con mucha frecuencia se considera que estas efemérides feministas han sido otorgadas por el estado patriarcal, cualquiera que este sea, o sus mecanismos internacionales como el pútrido sistema de naciones unidas que se encarga de jerarquizar a las mujeres dentro de sus pasillos, y separar mediante jugosos beneficios y privilegios a pocas escogidas que hablen bien cualquier lengua colonial,  ante la millonaria población femenina que muere por hambre, racismo y violencia directa de ese sistema que lamentablemente representan. 

Las hermanas Mirabal eran conocidas como las mariposas, mujeres valientes, lectoras, creadoras, poetas, luchadoras con la palabra y el cuerpo, silenciadas sólo a través del asesinato, pues ni la cárcel las calló. Mujeres que como cientos de luchadoras de este país se enfrentan cotidianamente con la malévola criminalidad patriarcal desplegada en todos los gestos de la vida. 

En este noviembre múltiples acciones se realizan en el territorio de Abya Yala, muchas conspiraciones se articularán en la lucha por la vida digna para las mujeres, que siguen caminando por la tierra que necesitan y la recuperan, que organizan la rabia que les corresponde para enfrentar la guerra patriarcal escenificada en las casas y en las calles; que sostienen su venganza contra el machismo gozando de los cuerpos autónomos y sus prodigios.

Algunas pocas actividades, que nunca faltan y son las promovidas, serán  costosas y aburridas con las que se pretende limpiar la cara del amo, del marido,  del patrón, o del partido considerando que hay que intentar que ellos sean menos malos, que no golpeen tanto;  que pasen algo de dinero, aunque sea poco, que nos regale una politiquita aunque sea mínima, que ocupen su lugar en la cama aunque no sepan lo que es el placer.

Pero las feministas que volamos con las rebeldes Mirabal sabemos que todo eso es basura patriarcal, basura neoliberal. 

 

 

 

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña

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Aléf | Sección Cultural

Con ojos de Mujer