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Radio Progreso
Melissa Cardoza

Melissa Cardoza

Escritora feminista hondureña.

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Lunes, 27 Octubre 2014 14:34

43

Para Helena, en las calles del D.F.

Los números  tienen importancia o no, según la circunstancia. Cuentan, sin embargo, suman muchas veces. Para quien cría un ser humano, las noches en vela y los días buscando la comida y la ternura para hacerle persona mayor cuentan.  Son horas, días, años, voluntades para que vaya a la escuela, juegue, se haga maestro. Llegar  a los veinte años suele ser un  acontecimiento en el que se atesoran ya pérdidas, pero sobre todo se tiene una fuerza, una luz, un ánimo para echar adelante con el estudio, el  amor, los caminos laborales, las luchas que después se recuerdan como quien mira hacia un faro.

A los veinte es posible ya haber sobrevivido a la muerte de un padre,  a las agresiones humanas. Pero el tejido de la piel de la juventud cicatriza y la marca se junta a un tatuaje, el tatuaje a una camiseta de la escuela, del club deportivo, de la asociación de estudiantes, de un vestido oscuro.

Las y los jóvenes alrededor de nosotras son personas que no atienden a un criterio demográfico solamente, están dotados de habilidades para ser autónomos, reflexivas, actuantes  y hacerse cargo de la vida propia, tanto como cualquiera otra persona que lo necesita. Para lo que no están preparados, como ninguna de nosotras lo está, es para la guerra, para esta guerra que los encuentra desprevenidos, que los balacea dentro de un bus, en las calles del barrio, en un estadio.

Hace un mes que 43 jóvenes de Guerrero, hoy estado doliente e indignado de México fueron desaparecidos por  fuerzas conjuntas de policía y narcosicarios en esta guerra que  se extiende implacable por la región que habitamos donde se acumulan los números  fatídicos de asesinatos y dolientes.

Movilizaciones de estudiantes, largas caminatas de jóvenes y adultos diversos, paros y tomas de espacios públicos, actos de solidaridad en México y muchas partes del mundo están poniendo al gobierno contra las cuerdas, aunque actúa como todos los gobiernos de estos países, con evasivas, silencios, jugando a la desmemoria, a lavarse las manos diciendo que son grupos armados no legales los que son responsables de esta violencia, cuando son sus funcionarios policiales, sus políticos los señalados una y otra vez por testigos y por experiencias que también se acumulan.    

Desde esta Honduras que bien sabemos lo que significa el odio a la juventud porque cada día lo vivimos, apretamos el puño contra la masacre y sus perpetradores, apretamos el abrazo para las familias, las amistades, las comunidades que se suman a las miles que esperan la vuelta de sus muchachos y sus hijas  a casa. El pueblo mexicano se alza, da pasos colectivos y organizados para luchar por su vida tan merecida, ahora son los estudiantes quienes toman la delantera, han convocado a una enorme Asamblea  desde donde actuar, proponen un paro nacional, la caída del gobierno y más allá, lo que a todas nos urge, la derrota de este  régimen criminal que nos desgobierna bajo el nombre de democracia.

Para esa juventud y el pueblo mexicano nuestras palabras y nuestras propias luchas hasta que caigan todos.

 

 

 

 

Melissa Cardoza
Escritora feminista hondureña
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Viernes, 29 Agosto 2014 08:58

Ni encerradas, ni con miedos

Deshojaron la vida ayer sobre tu  tierra recuperada

Compañera

¿Qué más puede hacer la brutalidad con la belleza?

Pero no marchitarán los pétalos de tu luz, ni de tu fuerza

La muerte siempre cala

y  la tuya, Margarita, cimbra el más alto árbol de la rabia

el eco de las balas han detenido el tiempo

y los pájaros de tu montaña

cómo muerde el silencio las entrañas 

No se puede hablar con asesinos

No se negocia con la vida ni se les pide justicia a los sicarios

¡No pactarás!

Vos conocías bien los caminos rebeldes y por eso te mataron

Acá  lloramos, puteamos, te nombramos tiernamente

Ni encerradas ni con miedos gritamos una vez y otra

Más crece el lago de sangre de las nuestras

Más hay que afinar la organizada certeza de la esperanza 

 

 

Melissa Cardoza
Escritora feminista hondureña
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Lunes, 04 Agosto 2014 16:17

La infancia de/vuelta

Para Sol de la Rivera

Tuve infancia en el campo. Recuerdo de entonces los viajes en carreta de bueyes donde chiquita dejaba los encajes de mis calzones de “repollo” en las astillas de la caja donde nos sentábamos. Por puro gusto a veces nos traía de vuelta de la escuela un vecino que tenía una yunta de bueyes, con él también viajaba un hijo suyo, pequeño y para entonces ya trabajador.  Íbamos todas y todos a la misma escuela, es decir yo, que era hija de un maestro, y me podía permitir botas de hule con dibujito de caballo para los meses de lluvia que eran muchos;  como el niño yuntero que siempre iba descalzo.  A él y a mí nos enseñaba la profesora con colores, mapas y piedrecitas, todo en español, porque en ese entonces no se creía indispensable que había que hablar otra  lengua colonial para tener una vida buena. En mi aula también había niñas con la piel manchada por el sol, el pelo amarillo, somnolientas. Luego cuando fui maestra supe que se dormían por falta de alimentación, por ir a la escuela con un guineo asado en el estómago como alimento único.

Las niñas y niños del campo por estas tierras no son infelices por serlo, al contrario, muchas veces sus vidas campesinas corren apasionadamente por ríos, milpas, trabajos que les fortalecen el cuerpo,  cerros mágicos, animales y frutas. Tampoco por vivir en un barrio pobre, son necesariamente niñas y niños en riesgo mortal ni mucho menos, a veces les mira una con admiración por su autonomía y su capacidad de resolver la cotidianidad que tanto les cuesta a las niñas y jóvenes que viven bajo el yugo del control familiar que de protegerles les vuelve disminuidos mentales y físicos. Es la miseria a la cual la riqueza les condena que  convierte esta infancia en dolorosa, explotada e injusta.  De ahí que ahora les hace cruzar las fronteras en condiciones de tan alto peligro, enrolarse en grupos armados, exponer su cuerpo cotidianamente a la violencia. La infancia  de la cual tanto discurso se hace, tanta celebración edulcorada provoca según el calendario depende de dónde le toque y cómo le toque a una y como se hace cargo el colectivo social que le corresponde, y esta realidad no es nueva. 

Con el advenimiento de la idea de que la familia es un núcleo cerrado y no esa tribu de gente diversa que comparte gestos, crianza común,  bosques o campos, cuerpos y modos de amar, las niñas y niños se convirtieron también en artículo privatizado. Es así que se explica que una madre o un padre, tía, abuelo, madrinas  podemos hacer esfuerzos titánicos por los menores de casa familiar, pero no le dirigimos la palabra o la mirada a una niña en la calle, o nos toca muy de lejos el encierro de un cipote de cualquier lugar del mundo en una cárcel migratoria.  De ahí que la suerte infantil en esta era del despojo esté determinada por el mayor o menor éxito de los adultos que le rodeen y con quienes comparta plaquetas, y a quienes indudablemente tendrán que pagarles su tributo. Así se definirá su alimentación, privacidad, salud o enfermedad,  esperanza de vida, opciones de juego y conocimiento, relaciones amorosas y trabajo, para no decir felicidad que esa se supone viene incluida.

Urge desprivatizar la infancia en la misma medida en que se lucha por la libertad de los ríos, las montañas, la educación laica, el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo.

Ahora que en estos días las pequeñas y pequeños migrantes hondureñas están de vuelta y son devueltas por los señores del norte de México,  nos preguntamos sobre que significa ser niñas y niños. En la televisión se les ve en una base militar o rodeada de hombres armados,  y cuando se les pregunta cómo se llama su mamá, algunos responden: Mami. El señor que desgobierna estas tierras por plenos poderes, y que tiene verdioliva la imaginación y todo lo demás, ha definido una “fuerza de tarea” para rescatarles. 

Una ya sabe como terminan estas historias de emergencia en el país, a nombre de sus carencias se obtiene el dinero con el que construirá las próximas mansiones de los ladrones instituidos democráticamente en Honduras.

Pero lo más grave es que la militarización les ha puesto en el centro,  de tal modo que los batallones se han convertido en sus destinos de aprendizaje, y la ideología militar la guardiana de sus valores, y todo eso lo estamos mirando diariamente. Si como todo lo demás que es vital en este país, dejamos que las y los niños se queden bajo resguardo militar, estaremos renunciando a nuestro propio sentido de la existencia colectiva.  Las niñas y los niños producen emociones poderosas por su propia existencia, al igual que los animales cachorros o los brotes de helecho. Evocan a la vida en su esperanza, en su fuerza y belleza. No es posible que se los dejemos a los que representan la ética de la muerte y los intereses del mal vivir  humano que según sea el caso que se les ordene, igual asesinan a otros niños y niñas en tierras lejanas y cercanas.

Con poco recurso y esta excesiva imaginación y energía que aflora en los casos de necesidad a lo cual estamos acostumbradas en Honduras,  se nos puede ocurrir más de una manera de acompañar a esta infancia que nos devuelven como mercancía dañada, y a la cual le debemos su dignidad y la nuestra. No hay tal necesidad de millones de dólares o de enormes programas burocráticos sin futuro; no requerimos lineamientos internacionales, títulos pomposos ni designios sagrados. Necesitamos nuestra autonomía como personas, eso sí.  La infancia hondureña está donde siempre, donde estuvo la nuestra, nos rodea, brinca, imagina  y sufre cerca de nosotros en el vecindario, en los caminos, en las calles, en los mercados. Está ahí para acompañarles, como mejor podamos, su sentido del bienestar, de pertenencia, de la justicia, de la vida como un regalo y no un castigo.

¿Acaso no la vemos?



Melissa Cardoza
Escritora feminista hondureña
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Viernes, 06 Junio 2014 10:59

Inaceptable

La palabra fue repetida varias veces por parte de Melo en la ceremonia religiosa, con el cuerpo presente de Carlos Mejía Orellana, asesinado el 11 de abril en su casa de habitación.

Nosotras agregamos: indignante, espantosa, odiosa  la muerte de este compañero miembro de la comunidad de Radio Progreso y ERIC. Palabras que se nos caen de las bocas, deslavadas, llenas de vacío ante un cuerpo deshabitado de 35 años, ante mujeres y hombres que lloran con dolor y rabia el arrebato de esta vida, de otra vida, en el delirante carnaval de violencia que se escenifica en Honduras y que aumenta con las estaciones del año.   

Carlos tenía, como otras personas del equipo, medidas cautelares decretadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, debido a la persecución de la cual es objeto la acción de este colectivo por la defensa de la justicia en Honduras. Medidas que por supuesto hasta ahora no le salvaron la vida a nadie. Era parte del equipo de administración desde hacía muchos años.

Era un hombre afable, cordial. Quienes lo conocimos, aunque de manera superficial, sentimos su presencia suave y diligente que hacía posible la acción de estas instituciones. Quienes más lo sabían, nos lo muestran en su despedida junto a la foto que pasaba de mano en mano entre su madre, hermanas, sobrinos, amistades. Era un hombre de comunidad, un ser querido.

La maledicencia sobre los cuerpos asesinados hace círculos sobre sus víctimas. En el reciente informe de la ONU, Honduras ocupa nuevamente el primer lugar en tasa de homicidios del mundo, con un mayor número que en el último: 90.4 por cien mil habitantes, y sobrepasa por lejos la media mundial.

Los medios nacionales salieron a señalar las pandillas y el crimen como los responsables últimos, para nada a los actores organizados en el estado, las instituciones militares, las familias patriarcales, las instituciones financieras internacionales, todos juntos delincuentes profesionales de la miseria, exclusión y asesinato en el mundo.

Gracias a sus teorías sobre el mal que se han vuelto una cultura, en este país se hace necesidad legitimar la vida de las personas asesinadas. Son las personas pobres, es decir, casi todas las familias y comunidades, quienes deben probar que sus acciones son legales y honradas, que quienes fueron asesinados eran gente buena, no seres comunes y corrientes con mañas, mal carácter o resentimientos, porque no vaya a ser que por eso les matan. A las víctimas y a sus familiares, les toca ahuyentar como pueden las sospechas de todo tipo.

Todas las muertes violentas nos duelen, y el escarnio sobre ellas nos indignan. Sin embargo, cómo laceran cuando un rostro que nos lleva a ciertos gestos y palabras es conocido.

Carlos Mejía Orellana es otra víctima de esta violencia estructural del patriarcado neoliberal, como cualquiera de nosotras puede serlo, y así lo sabemos cada vez que nos encontramos en otro duelo común, ante un rostro familiar.

La casa de la radio y del ERIC ha sido atravesada con el gélido paso del crimen. Les hemos visto siempre ponerse de pie ante las intervenciones militares, ante los desalojos y las agresiones de todo tipo que comparten con muchos sectores de lucha en Honduras. Hoy los hemos sentido quebrados de dolor. Y sin embargo, es ahora cuando su consigna "Callar la verdad, aplasta la dignidad de las víctimas, movilicémonos" se vuelve una marca en la piel y un apremio.

Con la fuerza que les proporciona su fe colectiva y, para mí, un incomprensible dios de amor que acumula cadáveres hondureños con empeño, el padre Melo y su equipo agradecieron la vida y obra de Carlos y nos prometieron mantener su esperanza  y lucha por un tiempo sin horror. Cuánto se necesitan en esta excesiva hora de dolor en Honduras.

Hablo por mí, por supuesto.


Melissa Cardoza
Escritora feminista hondureña
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Lunes, 24 Marzo 2014 00:00

Un dos y un ocho no es un 28

La memoria es un paraje tal vez, un olor que remite afecto, rechazo, dolor. Pueden ser rostros que sonríen o nos agreden, nos ignoran. La memoria es un lugar sin lugar que sobrevive en cada una de nosotras, como puede. Es personal y es tremendamente colectiva. Está en los colores de las cosas, en palabras que partieron los días en pedacitos, en besos que nos siguen llenando de dulzura de sólo evocarlos. Es pasar por la esquina de una calle y tener ganas inmediatas de vomitar o huir. Es sangre sobre el asfalto y los montes.

Si decimos junio y le agregamos 28, un tropel de imágenes, olores, sentimientos nos invaden a miles de personas que compartimos este país. Se atropellan las palabras que tratan de recuperar nombres y rostros que año con año se van borrando: los asesinados, sus verdugos. Amontonamos anécdotas llenas de fuerza porque sentíamos que se iba a poder transformar de raíz el acumulado de injusticia histórica que hace que ni los niños más pequeños quieran vivir aquí. Lo sabemos porque estuvimos ahí y lo vivimos,  lo tenemos en la piel, en la colectiva palabra de la memoria dispersa como los días.

Los  y las golpistas envejecen esbeltos sobre nuestras muertas. Los vemos lozanos e insoportablemente ricos con lo que ganaron en los últimos cinco  años: negocios, impuestos, comercios, tráficos, robos públicos;  sonriendo porque saben cuánta fortuna van a seguir teniendo gracias a sus esclavas y esclavos a quienes les palmea el hombro su mediocre cantante guatemalteco favorito.  Se habla de ellos como personas respetables, siguen siendo funcionarios, representantes del país, se les hace homenaje en los mercados, se les ve en los medios con sus últimas cirugías y sus ropas impecables.

De este lado nuestro quedó la derrota, completa como uno de esos balones de futbol tan famosos en estos días, pero viejo, desinflado, roto, hecho mierda, hasta da pesar patearle. De este lado miramos el éxodo de infantes sin flautistas ni Hamelines, acompañamos a parientes a un Seguro Social que no tiene nada que ofrecer, cocemos frijoles africanos, sabemos que el dengue es peor que el año pasado y que aumentó el suicidio y la enfermedad mental. Presenciamos a diario el hambre y sus parientes, y nos acusamos unas a otros por pura rabia. Volvimos a comprar en las tiendas de los patrones, a comer su basura, a tragar sus venenos televisados e impresos, a celebrar sus mafias futbolistas y sus cultos religiosos, a pedirles de nuevo justicia en sus pulidas instituciones que más parecen escenarios donde nosotras somos las que montamos los espectáculos y ni cobramos.

Claudicamos como gentillal de gente, nos cansamos, nos desencantamos con el desencanto anunciado. Luchan algunas y algunos, cierto,  con esperanza auténtica, y lo hacen con sus vidas, no hay de otra, no es porque así lo elijan, pero en comparación con los mejores días,son pocas personas;  la mayoría nos volvimos al rincón de lo posible, de lo poquitero, de lo peor es nada, del trabajito pinche, la consultoría basura, de la rabia por el voto robado, del mal amor mejor que nada, de la jubilacioncita, la chupa para olvidar, la beca tal vez, del miedo a granel y repartido por las noches como una píldora contra la locura. Qué lástima me da, qué lástima me doy escribiendo sobre la derrota de este tiempo, sobre la mía.

Cuando los limitados líderes de los recientes pasados tiempos nos insistían en mantener impecable nuestro prestigio de pueblo pacífico y hasta gritar ciertas cosas no era correcto; cuando hacían discursos sobre las bondades de sus propuestas de orden y paz democrática con todo lo que íbamos a ganar una vez que ese poder fuera nuestro y los nuestros nos representaran, cuando nos avisaban que si hacíamos siquiera un amago de ira contra los que nos mandaban a matar todos los días, nos asesinarían en la calle, nos avisaron además que no podríamos defendernos. Entregamos nuestros poderes por el miedo y la falta de confianza en nosotras mismas,  aflojamos nuestra capacidad de pensar sin ellos, de actuar sin sus mandatos, soltamos nuestra osadía  para procesos autónomos que ya estaban sucediendo, renunciamos pacíficamente a decidir con claridad, a errar inclusive. 

Deben ser tantos años de escuelas y de curas, de pastores y madres mandonas, de jefes y salarios, de malos libros, de procesos electorales, de mal sexo, de maridos o amores chantajistas. Todas las prácticas sistemáticas que nos atrofiaron la capacidad de intentar, de ensayar otros modos por miedo a equivocarnos y a ser de otra manera,  nos quitaron la capacidad de ver con claridad que por repetida una fórmula no es ni eficaz ni la más atinada, nos dejaron esta desgraciada costumbre de repetirnos. Lo han logrado, perfectamente.

Es cierto lo que dijeron los líderes, nos hubieran matado a un montón, ahí en la calle. Pero estoy segura que nos hubiéramos defendido porque la creatividad, la energía y la fuerza estaban con nosotras. Así como se abrían las puertas desconocidas, nos daban agua manos solidarias, nos repartíamos las burras que eran pocas, el pisto para el bus que era menos, nos acompañábamos a nuestras casas; así como caminamos por días, como nos juntábamos sin horarios de oficina, como se organizaban las madres para cuidar a las hijas e hijos de todas, la juventud para moverse pensando en colectivo, las artistas y sus propuestas sin financiamiento, hubiéramos podido de un modo que ni siquiera imaginamos.  Lo hubiéramos hecho porque era la vida y no la muerte la que estaba de nuestro lado ético. No salíamos a matar ni a dejarnos matar, nunca lo hicimos, se nos paraban los pelos de emoción entre tanta gente a fuerza de sentirnos vivas y construyendo digna vida para esta tierra hermosa y dolida. 

Lo que no avisaron los grises líderes, y lo que no vimos como gentillal de gente es que entre la vida y la muerte hay otra cosa, este modo de andar que es como se anda aquí cada día: una manera que estamos perfeccionando porque está Hecho en casa y sí que está bien hecho, y esto se llama desvivir. Y  en verdad es indigno, vergonzoso y  espantosamente triste.

 

 

 

Melissa Cardoza
Escritora feminista hondureña
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Aléf | Sección Cultural

Con ojos de Mujer