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Radio Progreso
J Donadín Álvarez

J Donadín Álvarez

Escritor nacional

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Martes, 04 Noviembre 2014 16:53

Libre

La interpretación del proceder de uno de los partidos políticos cuya función se supone consiste en expresar el pensamiento y la fuerza de un pueblo en resistencia cansado del tradicional bipartidismo resulta un tanto temeraria, debido las abundantes probabilidades de caer en la infructuosidad del debate insulso con los izquierdistas hormonales o en el no buscado aplauso de la derecha.

En Honduras a partir de la hecatombe sociopolítica del 2009 ser revolucionario se puso de moda. Gorras y camisetas con imágenes de líderes del izquierdismo internacional se popularizaron y el discurso antisistémico se generalizó en importantes sectores de la sociedad.

Aprovechando la coyuntura que este quiebre institucional significaba surgió así un nuevo partido conocido como Libre o el “partido de la refundación”, que con un discurso renovado y con aires de emancipación social para las mayorías logró crearse una importante cantidad de seguidores.

Sin embargo, después de tres años de haberse constituido como instituto político pareciera que su influencia en la configuración de una sociedad menos injusta ha resultado más mítica que práctica. Desafortunadamente la pobreza interpretativa y el espíritu caudillista a lo interno acabó estancando al partido en el engolamiento cínico y el rodeo eufemístico de su principal misión: la refundación de Honduras. Es más, durante la campaña política la frase fue tan abusada en su significancia que ahora resulta un tanto empalagosa y socialmente descolorida e inexpresiva.

Si pretende refundar el país, este partido primeramente necesita cambios urgentes dentro de sí. Su cúpula está viciada con prácticas de la politiquería tradicionales y la base por su parte tampoco está tan educada políticamente como se asegura. Que más de alguno, cite al Che Guevara, Marx, Lenin, entre otros, no significa que entienda en qué consiste su real aporte al complejo proceso que conlleva la refundación de un Estado.

Honduras ya no necesita más oportunistas. Es evidente que algunos personajes aprovechándose del fanatismo político de las masas que emergió luego de aquél fatídico junio se encajaron en el incipiente partido y aparecieron enarbolando la bandera de la revolución y el discurso de la refundación. No obstante, el tiempo se ha ido encargando de desenmascararlos. Algunos de ellos al escuchar sus nombres, en su soberana estupidez, creen que las palabras que se pronuncian en su contra equivalen a ensalzarlos.

Otro asunto que debe señalarse es el secuestro realizado al Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP). Ciertos caudillos oportunistamente convirtieron al movimiento social en una especie de recadero del partido refundador. Si bien, existe cierta coherencia entre algunas demandas del FNRP y los intereses del partido debido a sus principios doctrinarios, ello no significa que necesariamente debe existir un matrimonio ideológico entre Libre y el FNRP. No obstante, en la actualidad es imperceptible la delimitación pues Manuel Zelaya y Juan Barahona así lo desean.

Ante esto, resulta complicado saber que horroriza más: si el descaro de los oportunistas, o la rudeza moral de algunos seguidores de Libre para entender que es necesaria una depuración interna, orientada al bien colectivo y del partido mismo. El partido debe ser democratizado en vez de alabarse tanto por sus principios revolucionarios. En sus entrañas hay corrientes que lo nutren de ideas y eso es bueno. Lo que no es correcto es seguir hablando, por ejemplo, de una candidata por consenso que más huele a imposición que a democracia. De hecho, una buena cantidad de sus seguidores reservadamente se preguntan: ¿Que ocurrió con ella una vez que terminó el proceso electoral? ¿Extravió su discurso de refundación? ¿Se le acabó la pólvora preelectoral o sólo fue una figura que representaba a un caudillo del partido al que no le estaba permitida la reelección?

Si Libre continúa con las malas costumbres de los partidos que tanto critica su lucha seguirá siendo estéril y su arenga infecunda. Sus líderes deben reconocer que cuando el discurso democrático de un partido es traicionado en la práctica, la desilusión es automática en sus seguidores.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Sábado, 20 Septiembre 2014 12:45

"Honduras está cambiando"

El discurso oficialista declara que “Honduras está cambiando” en alusión a supuestas mejorías que el país está teniendo como resultado –según el titular del Poder Ejecutivo - de la buena gestión del actual gobierno.

Sí, es cierto, el país está cambiando pero no de la manera como nos lo están describiendo algunos medios de comunicación serviles a los intereses de los enemigos del pueblo. 

Recientes acontecimientos suscitados en nuestro territorio están dejando en entredicho tal afirmación. Más bien, pareciera que entre más ínfulas salpican la disertación del presidente hondureño mayor es el disgusto de la cansada ciudadanía ante tanta falsedad.  

El mes pasado en un informe de la Secretaría de Seguridad se afirmaba que los índices de violencia de este año han decrecido en comparación con los del anterior. Sin embargo, la población que a diario se enfrenta con la violencia y la inseguridad en cualquier lugar donde se sitúe no encontró síntomas de realismo en tal informe que, dicho sea de paso, no está fortalecido con datos del Observatorio Nacional de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. De hecho, hace algunos meses las autoridades de la Policía Nacional le vedaron  al Observatorio el acceso a informes generados por parte de los efectivos policiales en escenas del crimen. La verdadera razón se desconoce.

Entre tanto, en el Poder Legislativo la polarización es evidente. Por una parte están los fraccionados partidos de izquierda, cuyos insignes hombres, fieles defensores de las causas populares del ayer, hoy que ocupan un curul en el Congreso se han convertido en estrellas apagadas. Por otra, los partidos de derecha, enemistados entre sí y con un claro predominio de uno con respecto al otro. 

En estas circunstancias el diálogo aún no ha sido invitado al hemiciclo. En contraste, reina la anarquía. Una especie de absolutismo por parte del partido de gobierno aplasta todo intento de democratizar una manipulada agenda legislativa que es preparada con antelación, omitiendo temas torales para incluir otros afines a su causa política.

Las bases para superar esta división todavía no se construyen. Si un acuerdo de todos los partidos políticos representados en el Congreso Nacional no es posible, por lo menos la balanza legislativa debe equilibrarse entre los partidos que suelen considerarse opositores y el partido de gobierno. Pero para hacerle verdadera oposición al nacionalismo los otros partidos deben dejar de lado -aunque momentáneamente- las diferencias ideológicas y unirse por el principio que supuestamente comparten todos: honrar su compromiso con el pueblo que los eligió.

Asimismo, el Poder Judicial tiene una novela que escribir. El desfalco al Instituto Hondureño de Seguridad Social, la captura de los responsables y su posterior condena forma parte de la trama. En nuestro país ya se ha producido series parecidas, con finales predecibles. Ojalá que este nuevo episodio nos sorprenda todos con un final feliz donde la justicia salga victoriosa.

El pueblo ha perdido su confianza en los políticos de turno y no sin motivo. Basta con recordar las festividades patrias del mes anterior. Muchos hondureños cuestionaron la emotividad con que el gobierno se afanaba en elogiar nuestra independencia  al mismo tiempo que le suplicaba al Fondo Monetario Internacional la aprobación de nuevos fondos para aliviar su déficit presupuestario. Incluso en el marco de la celebración de dicha independencia los desfiles oficiales se vieron desafiados por marchas pacíficas alternas, nutridas con ciudadanos inconformes con los cambios impulsados no por el pueblo sino por el oportunismo  de ciertos sectores no comprometidos con los proyectos de bienestar socioeconómico de las mayorías.

Honduras ha cambiado, eso no se discute. No obstante, lo que nos interesa es saber si para bien o para mal. De acuerdo con la mayoría de los hondureños sedientos de verdadero desarrollo tales cambios le resultan abstractos, es decir, nada positivos.

Es importante que Honduras cambie por obra de sus verdaderos hijos. Por su naturaleza misma los politiqueros no cambiarán nuestra sociedad si no se lo exigimos. El pueblo que sufre tiene una lucha que librar: castigar a aquellos gobernantes cuya moralidad y visión de la justicia social no se ajuste a los verdaderos cambios que la patria requiere. 

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Miércoles, 03 Septiembre 2014 18:49

Realidades que desbaratan mentiras

El establecimiento de un verdadero proyecto de desarrollo para el país ha constituido un desafío asfixiante para el actual gobierno hondureño. Y lo que es peor; ante su evidente incapacidad ha optado por alabarse en voz alta, acción que, sin embargo, no ha resultado nada agradable en el oído del pueblo. 

Probablemente el talento más admirable de la tiranía azul está en su capacidad para sistematizar la mentira. Gracias a ministros y asesores rescatados del basurero político, la bandera de la falsedad flamea orgullosamente. Desde llanas afirmaciones hasta informes estadísticos la ficción parece superar la realidad. En Casa Presidencial el estribillo de que “vamos por el camino de los buenos porque el presidente está haciendo lo que tiene que hacer”, se repite hasta la saciedad.

Como un cáncer que prolifera de manera anormal e incontrolada la falsedad se adhiere al aparato estatal. Uno de los trasnochados funcionarios asegura que desde la secretaría que preside ha logrado reducir los índices de violencia;  el otro que  la crisis alimenticia se tiene bajo control y que el frijol “utopía” (de Etiopía, perdón) pronto llegará; y una asimétrica doctora afirma que el recorte presupuestario, para el próximo año, al sector salud no significará pérdida de vidas humanas. 

No obstante, sin necesitar una tonelada de neuronas cualquier hondureño puede darse cuenta de que la realidad cotidiana es capaz de demoler toda esta estafa publicitaria. La convivencia con tantos problemas como la corrupción, el desempleo, la violencia, la impunidad, el analfabetismo, la narcoactividad, entre otros, retratan a Honduras como un mosaico social, desordenado e indefinido, donde el lema de la supervivencia es sálvese quien pueda. Así, la afirmación de que se ha obtenido  “grandes logros”  en los últimos meses además de ser una célebre mentira, manifiesta claramente  el cinismo de quienes gobiernan. No existe un solo informe, con datos creíbles, avalado por la sociedad civil y algunas instituciones despegadas de la cera del oficialismo que apoye tal versión. 

Aseverar que la administración actual se ha quedado de brazos cruzados tampoco es cierto. De hecho, se han formulado numerosos proyectos en determinadas áreas pero su respetabilidad ha residido en los propósitos y no en la realidad. Es decir, han existido buenas intenciones pero con catastróficas ejecuciones. ¿Cómo es posible, por ejemplo, pacificar una sociedad a través del uso indiscriminado de las armas? ¿De qué manera puede estimularse la producción agrícola si el pequeño productor no tiene acceso a préstamos con bajos -ni altos- intereses? ¿Con qué ejemplo se busca lograr la eficacia en las políticas fiscales cuando éstas se encuentran a merced del comportamiento económico irresponsable del Estado? ¿De qué manera puede ser estimulada la inversión nacional y extranjera -obviamente descartando el afecto  hacia la idea de exoneración-   si no se le brinda seguridad jurídica y si la corrupción endémica del gobierno no transmite confianza? 

Hay mucho trabajo por comenzar puesto que lo realizado hasta el momento equivale a fracaso. Es importante, sin embargo, no aplaudir el discurso alarmista  de aquellos que comercian con la fatalidad y que subrayan la inestabilidad institucional, pues ello puede significar la coyuntura para justificar una desmesurada intervención del sector privado en detrimento de la ya desmejorada situación socioeconómica nacional. 

Lograr un grado razonable de cohesión del Estado y la sociedad mediante la canalización de demandas, la regulación de conflictos y la implementación de políticas públicas claramente orientadas al mejoramiento del ciudadano, es la tarea prioritaria.  En caso contrario, el colapso es un hecho inevitable.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Lunes, 04 Agosto 2014 16:21

El soñador

Las palabras son incapaces de dar una remota idea de la angustia que vivió aquel soñador en su lamentable espectáculo de dolor. Gemía mientras copiosas lágrimas corrían por su rostro al verse en el total abandono y con el alma hecha pedazos de la misma manera como su cuerpo había quedado después de aquella terrible tragedia.

Su cuerpo ya no respondería como antes. La sangre emanaba constantemente de su puño derecho mientras la que una vez fuera su mano se encontraba deshecha a unos pocos metros. Quiso correr hasta llegar al centro médico más cercano. Su angustia fue maximizada cuando se dio cuenta que tampoco tenía su pierna izquierda y que con enorme dificultad podía coordinar sus movimientos después de haber golpeado fuertemente su cabeza contra el suelo tras la caída sufrida desde las alturas en movimiento.

Como era un soñador viviente, pensaba que esta vez también se trataba de un sueño. Pero el dolor era tan real que le desvaneció toda duda. Ahora solo podría llamarle un sueño a su infundada esperanza de llegar a aquellas tierras lejanas donde –según se decía- en los árboles brotaban dólares en vez de hojas.

Convencido de su inevitable desenlace comenzaba a resignarse ante la situación. Ya no intentaba moverse ni acomodar su cuerpo que aún descansaba sobre los durmientes de ese gusano de hierro y del que acaba de derrumbarse.

Un rayo de esperanza alumbró por un momento la obscuridad de su tristeza. Un grupo de jóvenes arribaba donde él lloraba. Con un poco de esfuerzo lograba recuperar una parte de sus ánimos al suponer que se trataba de buenos samaritanos que llegaban a socorrerlo. Pero se equivocaba. Llevaban otras intenciones. El soñador estaba en un verdadero peligro; sus pocas pertenencias le fueron arrebatadas y junto con ellas, su vida. No fue necesario más de un disparo en la frente para que aflojara la única mano que le quedaba, del bolsón que sujetaba fuertemente tratando de evitar que le llevaran la fotografía de su familia, unos tratados religiosos y unos cuantos pesos para terminar la travesía.

Él ya no existe más que en la memoria del tiempo. Aquel ser humano que huía de la condena de convivir con la miseria, por las fechorías de unos cuantos ambiciosos de su país, había sido sentenciado por la fatalidad a una muerte prematura, alejado de su amado hogar. “La Bestia” le arrancó parte de su cuerpo y la despiadada conducta de un grupo de muchachos le extirpó la vida en menos de cinco minutos.

Sin embargo, su familia no lo sabe. La angustiada madre sigue rezando por la vida de su hijo, su esposa aguarda la esperanza de estar junto a él dentro de unos pocos meses y sus pequeñines todavía atesoran en su corazón las conmovedoras caricias de la –ahora inexistente– mano derecha de su difunto padre.

El día es opaco en complicidad con la aflicción de aquel soñador que, alejado de su tierra y de su gente, murió junto a su paquete de sueños por cumplir. A varios kilómetros de donde yace su cadáver, una mariposa negra ha entrado a la humilde casa de bahareque, donde reza una supersticiosa madre, como avisándole que ya el alma de su hijo había alzado el vuelo hacia las alturas de lo desconocido para los vivientes.

 



J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Viernes, 11 Julio 2014 11:05

Mi delito

Señor Juez, no es que yo desee irrespetar su autoridad pero le sugiero que dinamite esos brotes de fingida formalidad en este proceso previo a dictar mi sentencia. Para ahorrarle tiempo yo mismo le describiré lo que verdaderamente ocurrió.

Era un día aparentemente normal en mi pueblito “El Olvido”. Mientras yo recorría sus polvorientas callejuelas me encontré con una tropa de los guardianes de la violencia. Por el trato grosero que recibí de ellos es que hoy prefiero llamarles así, aunque algunos se hacían llamar policías, otros militares y un tercer grupo, cuya obsesión por el terrorismo me desorientaba, reunía los dos nombres anteriores y se denominaban policías militares.  Todos ellos me recibieron con un efusivo culatazo y me colmaron de caricias con toletes. Ante mi disgusto por aquel terrible baño de golpes se me respondió con una nueva golpiza tan severa que me dejó inconsciente hasta este momento en que me doy cuenta que estoy siendo procesado.

No entiendo porqué se me ha etiquetado de “prófugo de la justicia”. ¿De cuál justicia? Si de eso se tratara, yo no huiría de ella. Por el contrario, la buscaría pues la necesito con urgencia.  Pero no me venga con el cuento de que la maniática y compulsiva fabricación de leyes y normas de este miserable país está orientada a la aplicación de la justicia. Si éstas sólo son adaptables para unos, y no para todos, yo no puedo llamarle a eso justicia. Ese desenfreno normativo hace necesaria una purga a la legislación nacional pues en ella solo hay injusticia y de ese mal es el que yo, al igual que muchos más, me considero un prófugo. ¿Cree usted que golpearme salvajemente y arrestarme por ser un “rebelde” a las leyes se puede aceptar como justicia?

Se que usted no necesita una tonelada de neuronas para darse cuenta que he sido arrestado sin ningún motivo plausible. Se me acusa por denunciar las caducidades del sistema que me oprime; por declarar que en mi país se aplaude la picardía y se azota la honradez, y que se premia al corrupto mientras se ridiculiza al virtuoso.

¿Qué está escribiendo Señor Juez? Si no me equivoco usted ha contraído nupcias jurídicas con el soborno y se ha jurado una fidelidad con la injusticia, hasta la muerte. Además, parece que lo satura el prejuicio y desde ya se apresura para condenarme. Su mirada inquisidora hacia mi cuerpo lo puede mal aconsejar. No me juzgue por mi enjuto cuerpo o por lo irreverente que le resulten mis tatuajes, mis aritos o mi corte de pelo. Le diré que los verdaderos delincuentes usan saco y corbata, figuran en los medios de comunicación y son conocidos por todos, pero juzgados por nadie.

La prudencia ya me exige callar, pues en la abundancia de palabras sobra la invención. He sido breve y le he dado mi declaración respectiva, con el compromiso siempre adherido a mis principios de decir en todo momento la verdad. Por lo tanto, Señor Juez, le exijo me haga saber su veredicto y me esclarezca en que consistió mi delito.  

-Señor acusado, póngase de pie por favor. Todo cuanto usted ha expresado en esta corte refuerza mi veredicto final: Usted ha sido encontrado culpable. ¿Su delito?  …¡Ser pobre!  

 

 


J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Martes, 06 Mayo 2014 00:00

El exorcismo

El Santo Padre, de apellido Pueblo, recibió una llamada de emergencia mientras me atendía en su despacho. Alguien estaba a punto de sucumbir en su existencia y había solicitado la visita de una persona virtuosa y con una trayectoria de honradez demostrada para ver si podía socorrerle. El íntegro párroco siempre tenía un millón de razones para no atender el llamado de desconocidos pero le bastaba encontrar una para asistir a quien le necesitara. Como de costumbre, no dudó en brindar su refuerzo samaritano. Ya que yo estaba con él en ese momento, me invitó a que lo acompañase.

Su tristeza fue inmediatamente exteriorizada al ver el estado en que se encontraba el enfermo. Éste último yacía en las honduras de sus aflicciones al haber recibido el desalentador pronóstico por parte de los médicos sobre su desahuciada situación. Desde lugares lejanos se le habían enviado recetas económicas y paquetes ideológicos para levantarle los ánimos, pero todo había sido en vano. Por momentos experimentaba violentas sacudidas y sentía intensos dolores. Yo sin ser experto en dolencias sociales, me di cuenta que se trataba de síntomas de un golpe de Estado. El acongojado ser, vociferaba, además, suplicando extrajeran de sus entrañas algunos entes que le atormentaban. Los denominaba demonios –íncubos y súcubos-, a los que describía como los autores de la hazaña del subdesarrollo en el que había vivido, y como los manipuladores de su realidad, pues con el lustre de la diplomacia habían encubierto las colosales miserias y los perniciosos daños que le habían estado ocasionando a su cuerpo. Dijo que, en más de alguna vez, éstos habían salido a merodear el mundo transformados en mansas palomas para despistar a los incautos y luego regresaban para poseer nuevamente su cuerpo. El Padre Pueblo le dio el nombre correcto a los demonios del enfermo: “Se llaman políticos”, le dijo.

Acto seguido, se dispuso a comenzar con la purificación interna del tristemente poseído. Primeramente le recomendó bañarse todos los días en el arroyo del conocimiento y lavarse con el jabón de la humildad para evitar envanecerse como aquellos que se consideraban una fábrica del saber por el hecho de reproducir discursos inyectados con demagogia y escritos con la pluma de los doctores económicos, a los que llamaban Organismos de Financiamiento Internacional. También le obsequió algunas cápsulas del buen humor, para que las ingiriera cuando creyera que los demonios le pudieran arrebatar la paciencia con sus continuas payasadas mediáticas que tanta molestia le ocasionaban. Tampoco le aseguró que estos incitadores al mal desaparecerían de la noche a la mañana. Por el contrario, le dijo que sería un proceso gradual y que en la medida en que él fuese llegando a la pubertad política éstos se irían esfumando. Para aliviarle su dolencia económica, el Doctor Pueblo le quitó las cadenas financieras que lo maniataban a los postes de la deuda interna y externa de modo que por fin tuviese una existencia verdaderamente libre, soberana e independiente. Finalmente, le dedicó cuatro vigorosas palmadas en la espalda. Entretanto, el enfermo comenzó a secretar una especie de desechos radiactivos; logré distinguir, mientras caían al suelo, los gérmenes de la violencia, de la impunidad, de la corrupción, del fanatismo ideológico, del travestismo político, de la ignorancia, etcétera.

Afortunadamente, con el paso del tiempo, aquel melancólico viviente pudo recuperarse y vivir en completa paz.

Hoy he visitado su casa y uno de los cuadros que la decoran me ha llamado la atención por el mensaje que contiene: “Honduras; los demonios que hoy te poseen sólo pueden ser expulsados mediante la autoridad de tu pueblo”.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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