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Radio Progreso
J Donadín Álvarez

J Donadín Álvarez

Escritor nacional

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Martes, 05 Mayo 2015 10:46

Revolucionarios de cartón

Hablar o escribir en nombre de los pobres vuelve popular a quien lo hace. Nada mal si se tiene pretensiones electorales o hambre de gloria barata. Y parece que esto lo entendieron bien muchos políticos incipientes que se presentaron como mesías de los pobres previo a las elecciones del 2013. Sin duda, aupar las masas en contra del sistema neoliberal fue una estrategia que les dio buenos resultados pues la mayoría obtuvo un cargo en la administración pública.Conviene, sin embargo, advertir que más allá de la arenga incendiaria y la retórica defensora de los desposeídos su finalidad no fue otra más que la del marketing ideológico y la promoción de su perfil como hombres de revolución.

Y es que después del golpe de Estado el anti neoliberalismo se volvió una moda ideológica. Como el país se anquilosó en una  severa crisis económica, la tendencia de considerar al neoliberalismo como el principal productor de miserias tuvo un eco nunca antes visto en la hondureñidad. 

Así las cosas, para los embaucadores resultó relativamente fácil agenciarse notoriedad orgasmando el oído del pueblo con  el discurso   anti imperialista, anti globalización y anti neoliberal. Aprovechando el quiebre constitucional del momento criticaron al sistema y prometieron que al llegar al poder la refundación del país sería un hecho. Pero la emotividad y la finalidad que los impulsaba no podían ser coherentes con su filosofía de vida porque ellos no estaban sinceramente comprometidos con las causas que decían defender. Simplemente anhelaban visualizarse rebuznando frases impulsivas en las manifestaciones populares, en las redes sociales y en los diversos medios de comunicación.

Los seudo revolucionarios cumplieron su cometido. Se convirtieron en nuevos actores del teatro político y se hicieron llamar “oposición”. Pero, los mismos que en su momento criticaron al sistema por su carácter de exclusión,  ahora sueñan con él y viven en función de la inclusión dentro de él. Hoy gobiernan de arriba hacia abajo. Sí, ellos los que se autodenominaron “insobornables” ahora se sientan a negociar con los “corruptos vende patria”. Ya apoyan leyes que antes eran lesivas pero que ya son buenas porque ellos las revisaron. Los antisistema hoy colaboran por reforzarlo.

¡Ah, revolucionarios de cartón! El tiempo los desenmascaró y los descubrió en la magnitud de su dosis fabularia.  Ególatras, narcisistas, que se alimentaron del clamor popular para lograr ambiciosos intereses personales. 

No obstante, el pueblo ha madurado y tendrán que pagar la traición a la devoción con que les trató. ¡Hey revolucionarios de cartón! ¿Qué piensan apoyando tendencias reelectorales propuestas por sus archienemigos? ¿Acaso creen que sus electores los premiarán nuevamente? Volver a elegirlos no es propio de las mentes maduras. Y el pueblo hondureño ya no es el mismo.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Lunes, 06 Abril 2015 15:37

Hablando de clases sociales

Es una obviedad que las sociedades están estratificadas, incluyendo  aquellas que se precian de muy equitativas en el marco de los modelos económicos anti neoliberales. Así pues, clases baja, media y alta pueden percibirse en cualquier latitud del planeta independientemente de la configuración sociopolítica. 

En Honduras, de igual manera, fácilmente se puede distinguir esta tríada socioeconómica. De la clase alta se sabe que históricamente ha venido controlando la producción y la política nacional manteniendo un sólido anclaje en las instituciones financieras globales ajenas a los intereses de la mayoría que puebla este país. Esta clase, pues, ha permanecido con el dominio absoluto de las clases baja y media a pesar de estar conformada por un grupúsculo de personas con apellidos impronunciables pero con un patrimonio exorbitante que sobrepasa el capital reunido de las dos clases restantes.

Sin embargo, la clase alta no lo es todo. Si bien, su hegemonía ha estado asentada en su fortuna, la clase media,  justo debajo de ella, le ha colaborado al ejercer el  papel de legitimador del sistema. Los viajes al extranjero, los bondadosos salarios, la participación en la vida pública, entre otros, han sido parte de los privilegios que la clase media ha recibido de la clase alta por su colaboración. 

Empero, en los últimos años algo no ha estado funcionando de manera correcta. A partir del 2009, fundamentalmente, el matrimonio ideológico que la clase media había mantenido con la clase alta comenzó un irreversible proceso de divorcio. ¿La razón? La crisis económica que desde el 2008 azota al planeta y que en Honduras se vio agudizada con el golpe de Estado acabó orillando a dos millones de personas del núcleo económico  y los lanzó inmisericordemente a la clase baja. Sin duda, este trauma que sufrió la clase media fue muy fuerte, mucho mayor que para la clase baja ya casi habituada a la miseria a la que ha sido condenada por la clase alta en complicidad con la media que ahora también atraviesa una crisis terrible a pesar de que se niegue a exteriorizarla.

Ante este desequilibrio la acción política deberá ser clara: legislar para todo el país pero buscando la inserción de estos dos millones –más si es posible- a la clase media a través  de estímulos e incentivos pues esta clase es la que genera opinión, la que orbita en el mundo político y empresarial. No hacerlo significaría aumentar su desencanto y por consiguiente  generarle mayores complicaciones a la salud económica del país. 

Hasta el momento nada indica que se está trabajando por solucionar este proceso de pauperización. En el terreno político los partidos tradicionales parecieran no reconocerlo. Siguen dirigiéndose a una inexistente clase media a la que consideran su caudal electoral. El partido Liberal aún adolece en su golpe y no interpreta con claridad de criterio la situación. Y el partido Nacional por su parte es el que se muestra menos comprometido. Aunque posee el poder se manifiesta incapaz de construir una alternativa incluyente. Por el contrario, en sus entrañas se articulan los más excluyentes proyectos y  afloran los atisbos de continuismo que por más que estén adornados con fuegos artificiales la mayoría excluida no aprueba. La “alternativa” propuesta por los nacionalistas no es sino un mensaje débil que deja entrever las ambiciones de sus “monarcas” quienes han creído que el Estado les pertenece y que ellos constituyen la panacea para los males de los hondureños.  Habrá que decirles que Honduras afronta problemas sistémicos, no electorales.

En el terreno de las expectativas rotas sólo PAC y LIBRE muestran una mejor lectura. La clase media, empobrecida, que se siente defraudada, que opta por lo diferente en lugar de seguir apostando por lo mismo, se ha adherido con cierta devoción casi religiosa a estos dos partidos.  De manera tal que el futuro político de estos dos partidos estará determinado en función de su propuesta hacia la clase media.   

Quizá nunca antes había sido tan necesario valorar la situación de la clase media.  De su encumbramiento socioeconómico depende, en buena medida, la salida del atolladero económico en el que se encuentra el país. 

 

Martes, 17 Marzo 2015 08:51

Algo bueno está pasando

Nacer en Honduras no es tan malo después de todo. No niego que a diario mueren algunos compatriotas que transitan por el camino de los malos o que ciertos vagos se encuentran desempleados por negarse a trabajar y que otros de ellos están parcialmente desocupados puesto que su holgazanería no les permite trabajar el día completo. Y es tan maravilloso nuestro país al respecto pues la muy bondadosa empresa privada concede a muchos de estos perezosos el lujo de tener un empleo por hora. 

Honduras es, pues, un país de oportunidades para todos. Hay que ser demasiado tonto para desaprovecharlas y rechazar el éxito. El ciudadano que posea una pizca de inteligencia y un poquito de vivacidad para las maniobras cotidianas puede salir bien librado de la sentencia de vivir en este país. 

Quiero compartir mi historia porque seguramente servirá de inspiración para muchos otros. Yo no nací en cuna de oro pero tuve la fortuna de crecer en un país donde la mediocridad gobierna y donde el intento de hacer bien las cosas es un delito. Así, me encontré justamente con el tipo de país que necesitaba para lograr mi cometido: empuñar el cetro y ostentar la corona de la democracia. Y ¡qué bien! la vida supo premiar mis esfuerzos.

No era para menos; yo un ciudadano diplomático, intelectual, popular, líder y con templanza, no podía sino esperar el triunfo. (Los envidiosos sustituyen respectivamente estas mis virtudes con los adjetivos “pajero”, “mediocre”, “déspota”, “manipulador” y “abusivo”. Entiendo que la envidia los corroe por desear mi asiento). 

Todavía recuerdo aquel día memorable cuando el pueblo que tanto me ama me convirtió en su presidente. Obtuve el respaldo de la mayoría. Por supuesto, una ridícula minoría se sentía vencida y se inventó la historia de lo que llamaron un “fraude electoral”. La izquierda radical intentaba alejar la vergüenza de su derrota e hizo de la calumnia su mejor aliado en un afán por desprestigiar a quien honradamente la superó holgadamente. 

Lo importante es que los hondureños no se equivocaron al elegirme como su gobernante. Por mi parte y como premio al apoyo que recibí de mis conciudadanos les prometí hacer de éste un país comprometido con la paz y la tranquilidad. Y lo estoy logrando. A un año de mi gobierno las balas abundan, los toletes y los agentes del orden público (los trasnochados de esa odiosa izquierda radical me los llaman sicarios del Estado) han sido multiplicados para asegurar que el caos no se apodere de nuestra sociedad. Entendamos por caos esas molestas marchas que realiza la Resistencia retrógrada. 

He obtenido éxito también en erradicar a esas plagas sociales llamadas pandillas. ¿A quién le importa que sus miembros sean víctimas del sistema, sobrevivientes miserables de hogares desintegrados y con bajos niveles educativos? Son servidores de Satán y eso no puede permitírseles. Ya el pueblo sabe que soy muy devoto a Dios y a la Virgencita de Suyapa y que las prácticas de estos microbios sociales perturban mi estabilidad espiritual. Quisiera compadecerlos por lo que últimamente les ha estado aconteciendo mas no puedo objetar los castigos que la divina providencia les ha enviado ahí dentro de los presidios. Hace algunos años descendió sobre ellos fuego del cielo y los consumió. Este año hubo una lluvia de proyectiles celestiales que mató a unos cuantos e hirió a más de cuarenta. En total, más de quinientos cuerpos han sido exterminados para purificación de sus almas; la cifra no es nada importante si se compara con la dicha de terminar con su existencia tan cargada de fechorías. 

A las plumas izquierdosas les resulta sospechoso que estos militantes del mal hayan sido castigados sólo cuando mi partido ha estado en el poder. No obstante, únicamente se trata de una mera coincidencia entre los planes perfectos del cielo y el accionar de mis colegas del partido. Esto significa, pues, que Dios está con nuestro glorioso partido y avala que estemos cincuenta años gobernando a este hermoso país.

Como podrán comprobar mis amigos, Honduras marcha hacia la consolidación democrática -tiranía azul le llaman los resentidos-, y por tal motivo se puede asegurar que algo bueno está pasando, de que Honduras está cambiando. 

¡Ah, ¿porqué será que todavía no me lo creen?! ¡JOH, JOH, JOH!

 

 

J Donadin Álvarez

Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM

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Viernes, 23 Enero 2015 17:14

¡Todavía faltan tres!

El “memorable” primer año del cachurequismo, y que con tanta algarabía han ensalzado sus apologistas, sin duda ha resultado un fiasco para la mayoría de la población hondureña. Y aunque los ingenieros de las ideas políticas oficialistas vociferen que en estos primeros doce meses de “huevierno” se ha allanado el terreno para la realización de importantes proyectos, tal discurso es hallado ridículo y vagamente conmovedor. Para el ciudadano que aún cuenta con una bondadosa reserva de tolerancia ante tanta mentira, el alarde de innumerables éxitos fantasmagóricos  y el uso de un vocabulario cínico a través de los medios de comunicación tarifados por el poder únicamente puede moverle a la risa.

De ahí que los azules deben afrontar un desafío importante en estos tres años siguientes: recuperar la confianza de los gobernados. Ellos mismos, como actores de la tragicomedia política hondureña, saben que en cuanto a prestigio son superados ampliamente por el papel higiénico. La razón es sencilla; en tan sólo doce meses de estar al frente del país han demostrado que son vividores, adictos a la mentira y al saqueo, voraces, mercantilistas, serviles al poder extranjero, leguleyos, traidores a la patria y que solamente anhelan embriagarse de poder para corromperse a alta velocidad pues sus necesidades los han vuelto insaciables, mientras el ciudadano honrado lucha por ganarse el pan y los peces, anhelando multiplicarlos de la misma forma en que estos ineptos políticos aumentan sus caudales.

Ante el evidente descrédito de la nueva generación nacionalista su trasnochado cabecilla ha intentado, por todos los medios posibles, maquillar su mal desempeño. Muchos nos preguntamos: ¿Por qué se habrá metido el excelentísimo presidente de los no hondureños a una fantasmada tan ramplona como administrar un país? ¿Cuál fue su inspiración para sacrificar su agudeza a la fácil tarea de refundar un Estado al borde del colapso? ¿Por qué tanta abnegación  de su parte por convertirse en un servidor del pueblo y no dedicarse a otros menesteres más acordes con la altura de su inteligencia? ¿O será que los genios también se equivocan?

Mientras el Lempira contemporáneo continúe al mando de la nación nada bueno puede esperarse. Su visión maniquea sobre la forma en que se debe afrontar los problemas del país y su antipática tozudez  de declarar a través de cadenas radiales y televisivas que todo aquél que se oponga a su “incesante” trabajo, o tiene prejuicios ideológicos o está coludido con los malos hondureños, manifiesta su intolerancia. Y lo que es peor, deja entrever sus perversas intenciones de asfixiar, mediante la propaganda entorpecedora, a los ciudadanos no habituados a cuestionar el poder y escarnecer a quienes se atrevan a discreparlo, actitudes propias de un dictador.

Por otra parte, preñado de una autoridad que nadie le ha conferido y excitado hasta la alucinación se ha autoelegido para salvaguardar a Honduras de ese monstruo llamado Crimen Organizado. Eso sí, para cumplir su misión necesita lo que él llama la Policía Militar del Orden Público. ¡Ay de aquél que especule al respecto!

Así pues, no se debe negar  que “Honduras está cambiando” gracias a la encomiable tarea que día y noche desarrolla el gestor de una “Vida Mejor”. Ha hecho, además, “todo lo que tenía que hacer para acabar con la delicuencia y recuperar la paz y la tranquilidad”. Desde luego, si comparamos al país con una década atrás podremos comprobar que, en efecto, se han producido notables cambios, principalmente durante la actual administación. Ahora hay más corrupción, injusticia, inseguridad, miseria, violencia, etcétera, todo con calidad de exportación. ¡Vaya paraíso el que nos ha obsequiado! ¡Qué increíbles las ventajas de vivir en un país democrático, en un Estado de Derecho bajo la égida de un gobierno neoliberal!

Son evidentes, pues, los “impresionantes avances” obtenidos durante el primer año de gobierno. Imagínese lo que se viene en estos tres que siguen. Si acaso el virus del empobrecimiento se ha propagado con asombrosa rapidez entre la mayoría de los hondureños no es porque las “eminencias” de gobierno así lo hayan deseado, ni menos por inoperancia de el maestro del engaño (¡digo, del Señor Presidente!) Considerarlo de esta manera solamente significaría estar del lado de los malos. Cuídese de insinuarlo siquiera.

 

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Lunes, 08 Diciembre 2014 14:36

Narco Cultura

Ante la debilidad institucional y constitucional de un Estado incapaz de satisfacer las demandas de los gobernados, no debe resultar extraño que el justificado descrédito sufrido pueda nutrir una fervorosa devoción del ciudadano hacia otro tipo de entidades sociales cuya solución de sus problemas cotidianos sea más práctica y demostrable.
En este sentido, el narcotráfico, por ejemplo, ha resultado ser la principal fuente de atracción. Resulta perceptible cómo muchos hondureños desesperanzados han decidido echar a andar los proyectos de vida en sus turbias aguas. Los más atrevidos se han involucrado en su totalidad a la comercialización de la droga mientras que otros con menor arrojo se han dedicado al narcomenudeo.

Es sorprendente, asimismo, la manera en que el narcotráfico ha venido posicionándose y sutilmente ha logrado agenciarse una notable aceptación incluso de aquellos que no participan directamente de este ilegal ejercicio.  A esto, es lo que podría llamarse narco cultura, es decir a la forma de vida adoptada por las personas que viven en una sociedad, que aunque no participan del narcotráfico lo aceptan, admiran a algunos personajes e incluso de manera consciente o inconsciente han terminado imitando su modo de vida. Esto significa que no se requiere ser narcotraficante para habitar sus valores y gozar su mentalidad pues basta con creer a los modos simbólicos del narcotráfico que nos dicen que es nuestra mejor forma de hacer negocio y ascender socialmente.

La evidencia, en narco cultura es abundante. En la actualidad los famosos  narcocorridos que no son sino el vehículo para narrar hechos violentos, de Los Tigres del Norte  -cuyas ventas sobrepasan los 34 millones de discos- Los Tucanes de Tijuana, y algún aprendiz de narco cantante nacional son continuamente escuchados por una población que gusta oír las canciones exaltadoras de la opulencia del narcotraficante. La explicación más consecuente de este fenómeno, tomando en consideración la discordancia que hay entre la letra de las canciones y las miserias cotidianas del hondureño, radica en entender que el hecho de hablar de la riqueza de otros le permite soñar, imaginarse mundos nunca disfrutados.

Otra manifestación característica de la narco cultura la representan las narco novelas. En los últimos años Pablo Escobar: el patrón del mal, El Señor de los Cielos, El Capo, entre otras, han sido degustadas por un público de dudosa lucidez intelectual.

Contrario a la tendencia de las telenovelas sentimentales, la narco novela presenta contrastes sociales; desvela las relaciones sociales en los barrios marginales al mismo tiempo que presenta el lujoso mundo de los narcotraficantes. Ante este cambio visible algunas preguntas que se pueden formular son: ¿Qué pretenden los productores de narco novelas al presentar estos cuadros socialmente paradójicos?  ¿Denunciar la miseria en la que viven muchos seres humanos? ¿Responsabilizar a los gobiernos por las miserias de sus gobernados? ¿Demostrar que las calamidades económicas sólo pueden ser resueltas mediante la narcoactividad? Probablemente únicamente se trate de una estrategia de mercadeo consistente en retratar sus producciones fílmicas en escenarios geográficos y sociales con los cuales el espectador se identifica plenamente. Así ellos podrían asegurarse el éxito en cuanto a audiencias.

¡Ah! Y no podemos olvidar otra manifestación más de la narco cultura: las narco limosnas.  Como un secreto a voces se sabe que muchos  ilustradísimos “padres de la patria”  han obtenido su estadía en el paraíso político hondureño gracias al financiamiento de algunos “bienintencionados”   empresarios de  las drogas.

La narco cultura absorbe al país y poco o nada se está haciendo por detener este proceso. Mientras el gobierno hondureño escuda su inoperancia en el trillado discurso de que el mal está en el sur que  produce la droga y el  norte que la consume y que por lo tanto nosotros sólo somos el puente,  la narco cultura es estimulada a través de los diversos medios de comunicación ante la vista de un sospechable Estado hondureño.

Ofrecer soluciones a corto plazo, desde la dimensión social, es un poco atrevido. Además, no pueden obviarse algunos factores exógenos que de alguna manera contribuyen  a configurar el macabro escenario nacional monopolizado por el narcotráfico. Sin embargo, por algo debe empezarse. Ello implica renovar la idea de que la narco cultura en cuanto que es expresión cultural, vino para quedarse y adherirse al sentido de identidad de quienes habitamos este pequeño terruño centroamericano.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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Martes, 04 Noviembre 2014 16:53

Libre

La interpretación del proceder de uno de los partidos políticos cuya función se supone consiste en expresar el pensamiento y la fuerza de un pueblo en resistencia cansado del tradicional bipartidismo resulta un tanto temeraria, debido las abundantes probabilidades de caer en la infructuosidad del debate insulso con los izquierdistas hormonales o en el no buscado aplauso de la derecha.

En Honduras a partir de la hecatombe sociopolítica del 2009 ser revolucionario se puso de moda. Gorras y camisetas con imágenes de líderes del izquierdismo internacional se popularizaron y el discurso antisistémico se generalizó en importantes sectores de la sociedad.

Aprovechando la coyuntura que este quiebre institucional significaba surgió así un nuevo partido conocido como Libre o el “partido de la refundación”, que con un discurso renovado y con aires de emancipación social para las mayorías logró crearse una importante cantidad de seguidores.

Sin embargo, después de tres años de haberse constituido como instituto político pareciera que su influencia en la configuración de una sociedad menos injusta ha resultado más mítica que práctica. Desafortunadamente la pobreza interpretativa y el espíritu caudillista a lo interno acabó estancando al partido en el engolamiento cínico y el rodeo eufemístico de su principal misión: la refundación de Honduras. Es más, durante la campaña política la frase fue tan abusada en su significancia que ahora resulta un tanto empalagosa y socialmente descolorida e inexpresiva.

Si pretende refundar el país, este partido primeramente necesita cambios urgentes dentro de sí. Su cúpula está viciada con prácticas de la politiquería tradicionales y la base por su parte tampoco está tan educada políticamente como se asegura. Que más de alguno, cite al Che Guevara, Marx, Lenin, entre otros, no significa que entienda en qué consiste su real aporte al complejo proceso que conlleva la refundación de un Estado.

Honduras ya no necesita más oportunistas. Es evidente que algunos personajes aprovechándose del fanatismo político de las masas que emergió luego de aquél fatídico junio se encajaron en el incipiente partido y aparecieron enarbolando la bandera de la revolución y el discurso de la refundación. No obstante, el tiempo se ha ido encargando de desenmascararlos. Algunos de ellos al escuchar sus nombres, en su soberana estupidez, creen que las palabras que se pronuncian en su contra equivalen a ensalzarlos.

Otro asunto que debe señalarse es el secuestro realizado al Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP). Ciertos caudillos oportunistamente convirtieron al movimiento social en una especie de recadero del partido refundador. Si bien, existe cierta coherencia entre algunas demandas del FNRP y los intereses del partido debido a sus principios doctrinarios, ello no significa que necesariamente debe existir un matrimonio ideológico entre Libre y el FNRP. No obstante, en la actualidad es imperceptible la delimitación pues Manuel Zelaya y Juan Barahona así lo desean.

Ante esto, resulta complicado saber que horroriza más: si el descaro de los oportunistas, o la rudeza moral de algunos seguidores de Libre para entender que es necesaria una depuración interna, orientada al bien colectivo y del partido mismo. El partido debe ser democratizado en vez de alabarse tanto por sus principios revolucionarios. En sus entrañas hay corrientes que lo nutren de ideas y eso es bueno. Lo que no es correcto es seguir hablando, por ejemplo, de una candidata por consenso que más huele a imposición que a democracia. De hecho, una buena cantidad de sus seguidores reservadamente se preguntan: ¿Que ocurrió con ella una vez que terminó el proceso electoral? ¿Extravió su discurso de refundación? ¿Se le acabó la pólvora preelectoral o sólo fue una figura que representaba a un caudillo del partido al que no le estaba permitida la reelección?

Si Libre continúa con las malas costumbres de los partidos que tanto critica su lucha seguirá siendo estéril y su arenga infecunda. Sus líderes deben reconocer que cuando el discurso democrático de un partido es traicionado en la práctica, la desilusión es automática en sus seguidores.

 

 

J Donadin Álvarez
Estudioso de las Ciencias Sociales de la UPNFM
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