Lunes, 19 de octubre 2026  

Aniversario de una ciudad

El Progreso, Yoro, una ciudad que cumple 134 años. Nació de una aldea agazapada a orillas del aparentemente inofensivo río Pelo, al pie del cerro Mico Quemado, en el macizo montañoso Nombre de Dios. Es la historia de un amasijo de poblaciones migrantes, primero venidas de la zona oriental de Olancho, luego se unieron centenares de familias campesinas salvadoreñas, familias provenientes de Palestina y algunas familias chinas y de otras nacionalidades que llegaron a inicios del siglo veinte bajo el furor de la fiebre del banano y del impulso del capital de las compañías fruteras norteamericanas.

El Progreso tiene así tres rasgos definidores de su identidad: primero, las comunidades nativas a la orilla del río Pelo; segundo, la migración de otras tierras y culturas; tercero, el enclave bananero. Es una ciudad que huele a banano y a caña de azúcar, palma africana, maíz, frijoles y arroz. Huele a economía de enclave, a capital externo, extraño y huraño, como el de la industria de la maquila. Así como se instaló el enclave, así se esfumó. Cuando las compañías levantaron sus inversiones, la población quedó empobrecida como antes o peor porque quedó sin nada, pero con su mente y sus manos en espera del retorno de su “mamita yunai”.

Es una ciudad de tránsito, con entradas y salidas por todos sus costados. Y una ciudad atascada en su bienestar. Llueve media hora y sus calles se convierten en ríos. La población sigue llegando en aluvión sin que la ciudad cuente con una propuesta seria, de mediano y largo aliento. Sigue siendo ciudad dormitorio, con fuerte dependencia de la economía interna informal o del empleo en San Pedro Sula. Con una población juvenil en zozobra, más desempleada y desalentada que entusiasta, sin oportunidades más que la migración y las rutas delincuenciales. 

El Progreso es una válvula de escapes, caldo de cultivo para la delincuencia, el narco tráfico, el clientelismo abierto y asolapado. Una ciudad atrapada por políticos de muy baja calidad ética y con un profundo subdesarrollo cultural. Pero con un orgullo sano: en esta ciudad se han gestado grandes acontecimientos como la huelga bananera de 1954, o ha sido la cuna de insignes luchadores y educadores populares como Herminio Deras y Sócrates Saúl Coello.

El Progreso es una ciudad necesitada de la creatividad e iniciativa de aquellos pobladores emprendedores que surcaron cerros, ríos y valles para fundar la ciudad. Una ciudad necesitada de una ciudadanía consciente, organizada y valiente, que retome la historia progreseña y la conduzca hacia una nueva ciudad con Progreso y Dignidad.

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