Ismael Moreno, SJ (Melo)


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Gabino Palomares se nos fue de las manos y de la vista, pero no del corazón ni de la historia. Partió a reunirse con esas voces hermosas de América Latina y el Caribe que hicieron de la canción popular un pan compartido de lucha, dignidad y esperanza.

Lo tuvimos en Honduras, allá por 2011, cuando Radio Progreso celebraba sus 55 años. Su voz, tan suya y tan nuestra, volvió a encender entre nosotros “La maldición de Malinche”, esa canción incontablemente escuchada en los aires fieles de nuestra radio. También nos regaló “A la Patria”, la que él mismo reconocía como nacida de su más honda inspiración, como si en ella hubiera dejado un pedazo entero de su alma. Y su convocatoria a construir la patria desde abajo la dejó el mismo día de su partida, el 30 de septiembre, el último del mes de una inconsistente patria, como su últimos suspiro para entregarnos su lucha.

Varias veces se truncaron nuevos encuentros. Quedaron pendientes muchas visitas, muchas mesas compartidas, el café humeante, la tertulia encendida y la guitarra acompañando la palabra, como tantas veces sucedió en aquellas peñas de la Ciudad de México, junto a Amparo Ochoa y luego con María Inés Ochoa, en esa estirpe de voces que no cantan para adornar el mundo, sino para despertarlo.

Nada se pierde del todo. Todo queda pendiente para un tiempo nuevo, porque vidas como la de Gabino Palomares, y como la del equipo de Radio Progreso, no están hechas para cerrarse en un funeral, sino para prolongarse en despedidas que abren puertas, que anuncian nuevos encuentros, que nos dejan la certeza de que la memoria también canta. Parafraseando a Monseñor Romero, su palabra queda, convertida en canto y en lucha popular.

Y vuelve entonces aquel primer encuentro, en octubre de 1980, cuando la vida y los amigos dispusieron que Gabino y yo compartiéramos la misma mesa y que nuestras miradas se cruzaran por primera vez, reconociéndonos en los mismos sueños, en los mismos pareceres, en la misma esperanza terca y luminosa de una América Latina libre de verdugos y de imperios, libre de la bota militar y de los cantos comerciales que tantas veces adormecen el alma de los pueblos.

Así nos encontramos en Villahermosa, Tabasco, rodeados de amigos entrañables, como la de mi hermano jesuita, Chepe Idiáquez, y allí mi voz, desafinada pero atrevida y franca, se atrevió a unirse a otras voces siguiendo La maldición de Malinche, guiadas desde el corazón por ese luchador curtido, cantor del pueblo, guanajuatense de raíz profunda: Gabino Palomares, a quien hoy me inclino en profunda gratitud por haber dejado su huella, convertida en canto, entre este golpeado, sufrido y esperanzado pueblo hondureño.

(P. Melo, 30 de sept. 2026)