Nuestra humanidad, así como está organizada, avanza hacia su autodestrucción.  Hemos construido sociedades a la medida de muy pocas empresas multinacionales que entienden que los bienes y riquezas del planeta les pertenecen, y que los gobiernos, especialmente los de países pequeños y dependientes como Honduras, han de estar sometidos a sus decisiones. Por encima de las personas, de su diversidad étnica y cultural, la lógica de quienes controlan las decisiones en el planeta, se sostiene sobre la búsqueda de ganancias y control de los recursos por encima de la dignidad humana. 

Los capitales que se mueven desde los intereses de las grandes potencias, es como una gran iluminación falsa. Nos hace ver como progreso y bienestar la explotación de los bienes naturales y el control de la economía por marcas multinacionales, aunque eso suponga aplastar cualquier esfuerzo local de la mediana, pequeña o micro empresa. Por mantener este sistema de explotación, los grandes líderes de los países ricos impulsan carreras armamentistas y no dudan en lanzar guerras de exterminio, como ocurre en nuestro tiempo. 

Nunca nadie dirá que se hace la guerra por control de recursos y capitales. Siempre se dirá que es por la paz, por preservar la democracia, por acabar con el terrorismo. Esto es lo que existe detrás del actual ambiente de guerra que mueve a los líderes políticos de Estados Unidos, Israel y varios países europeos. 

Ninguna acción violenta o de guerra es solución. Y esto es lo que hace actualmente el gobierno de Estados Unidos y sus aliados. Necesitamos romper con la lógica de la guerra, pero más de fondo necesitamos romper con la lógica de la acumulación. Necesitamos tomar en serio los criterios éticos del Evangelio y que el papa Francisco promovió con tanto afán.  Y sin duda hemos de comenzar por el criterio del Bien Común, que no es sino que poner en práctica aquel anuncio de la palabra de Jesucristo: quien gana su vida la pierde y quien la pierde por seguir al Señor y su evangelio, la gana. El bien común es ponerse en el camino y en la mirada del Buen Samaritano: deja el camino propio, el camino de la seguridad personal, para desviarse hacia el herido del camino, para desviarse hacia la marginalidad de la sociedad. Y allí, en la marginalidad está el sentido profundo de la vida, allí está mi salvación. 

Desde el evangelio, el bien común nos sitúa en la ética de la cercanía, puesto que el Dios de Jesús se define por su cercanía a la humanidad de los pobres, y desde ella hace sentir su paso esperanzador y liberador. Cuánto nos falta entonces este criterio del bien común, que define la realización de la persona en el horizonte de la realización de todas las personas, de toda la sociedad. Y este es también criterio de solidaridad. O nos salvamos todos y todas o nos hundimos todos y todas. Nuestro planeta, nuestro país serán nuevos si se revierte la lógica de la acumulación por la lógica del bien común, para que protejamos, hasta recuperar, los bienes naturales y para que redefinamos el desarrollo como bienestar y como buen vivir, y no solo como crecimiento económica basado en la explotación infinita de los bienes de la naturaleza.  

No hay duda entonces de que el Bien Común se sitúa dentro de la ética cristiana. Es responsabilidad de cada uno para con los demás, y este es criterio para vivir la fe en Jesucristo, quien dice en la Parábola del Juicio Final que todo lo que hicimos o dejamos de hacer por las personas más necesitadas, lo hicimos o lo dejamos de hacer por El.

Por eso nuestra fe se sustenta en la esperanza, pero con los pies muy bien puestos en la realidad. No es válido entonces dejarnos atrapar por la frustración o la derrota. El Dios de Jesús es el Dios de la Vida, y ese es el testimonio de la Biblia.  El profeta Ezequiel nos recuerda que el Señor convierte en vida lo que es hueso seco, y de las tumbas saca la vida del pueblo. Así lo dice el profeta:

“Estos huesos son todo el pueblo. Ellos andan diciendo: se han secado nuestros huesos. Se perdió nuestra esperanza, el fin ha llegado para nosotros. Por eso anúncieles esta palabra: Yo, Yahvé, voy a abrir sus tumbas. Pueblo mío, los haré salir de sus tumbas y los llevaré de nuevo a su tierra. Ustedes sabrán que Yo soy Yahvé, cuando abra sus tumbas, pueblo mío, y los haga salir. Infundiré mi espíritu en ustedes y volverán a vivir, y los estableceré sobre su tierra, y ustedes entonces sabrán que yo, Yahvé, digo y pongo por obra” (Ezequiel 37, 11-14).

Nosotros creemos que la apuesta por la vida se hace desde métodos y propuestas de vida, la violencia se resuelve con propuesta de paz nunca con más violencia. La guerra nunca es el camino. Es derrota de la humanidad. Como la acumulación es la base de las actuales guerras. En este tiempo resuenan muy oportunas las palabras del profeta Miqueas, y que nos ayudan de manera espléndida a concluir este enfoque de fe: “¿Con qué me presentaré delante de Dios?…Ya se te ha dicho lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan sólo que practiques la justicia, que sepas amar y te portes humildemente con tu Dios” (Miqueas 6, 6ª.8).