Ismael Moreno SJ


Con el paso en la vida de la Compañía de Jesús del Padre Pedro Arrupe como Superior General entre los años 1965 a 1983, la justicia social se constituyó en un referente esencial para actualizar la misión apostólica que en la CG-32 se formuló como Fe y Justicia. Desde entonces para la Compañía de Jesús quedó establecido de que la justicia solo se puede entender desde una clara opción por la gente aplastada en sintonía con la tradición bíblica: “Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido” (Cfr. Deuteronomio 10,18), “Defiendan al débil y al huérfano; hagan justicia al afligido y al menesteroso (Cfr. Salmo 82,3), “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados” (Mateo 5,10) y en sintonía con los documentos latinoamericanos de los obispos, Medellín y Puebla, que formularon la justicia social, la paz y el caminar de la Iglesia a partir de la Opción por los pobres (Medellín) y la Opción Preferencial por los pobres (Puebla).

De acuerdo a la tradición jesuita de los últimos 50 años, la justicia no es un término neutral, como ocurre en otras culturas. Es entendido como un concepto que siempre ha de estar parcializado a favor de quienes sufren opresión. La justicia es todo aquello que desde el bien común promueve la plena vigencia de los derechos humanos. Justicia es defensa de la dignidad humana. En tal sentido, la justicia ha de tener en su acepción esencial, la dimensión social. Es más que un comportamiento moral individual, es más que actos específicos de asistencialismo. Tiene una proyección comunitaria y social.

La justicia en tanto compromiso ético, tiene una dimensión pública. Si una persona actúa injustamente, sus consecuencias repercuten inmediatamente en quienes están a su lado. Si la persona que actúa injustamente tiene responsabilidades comunitarias, civiles, públicas o religiosas, la repercusión de sus actos afecta al bien común, y el daño es todavía más grave.

Si la persona, por el contrario, es honesta consigo mismo, sus consecuencias se verán reflejadas en el entorno familiar y social. Y si esta persona tiene responsabilidades públicas, sus consecuencias tendrán una dimensión institucional y social. La justicia ha de brotar del compromiso ético de las personas, pero su práctica no se reduce al ámbito individual. No se puede hablar de justicia sin un compromiso por el bien común, y por una parcialidad hacia la gente oprimida, porque justicia social es al final de cuentas el compromiso ético por defender los derechos de las poblaciones explotadas.

En este compromiso se juega el presente y el futuro de toda la sociedad. Por esta dimensión de justicia social que se arraiga en nuestra fe cristiana, centenares de jesuitas y laicos y laicas han sido martirizados a lo largo del planeta. Ya lo dijo con firmeza la CG-32: “No trabajaremos por la justicia sin pagar un precio”, y que el P. Arrupe lo repitió constantemente a los jesuitas para advertir del costo y regalo que suponía el compromiso por la justicia social desde su arraigo en la fe.

La dimensión de la justicia impregna toda la misión apostólica de la Compañía de Jesús. Todo jesuita, laico y laica y las obras y acciones apostólicas que se emprendan han de tener en la justicia una dimensión esencial. Todo el quehacer de la misión ha de tener el distintivo de la justicia. Sea el quehacer educativo, el servicio de la espiritualidad y los Ejercicios Espirituales, la pastoral parroquial y el quehacer cultural, ha de estar impregnado de la justicia como dimensión identitaria de la Compañía de Jesús.

De igual manera, en los últimos tiempos, la misión universal de la Compañía de Jesús ha actualizado la dimensión de la justicia con las dimensiones de interculturalidad, el diálogo inter religioso y la reconciliación, como aporte en un mundo en donde la fraternidad está rota por guerras y desigualdades sociales y económicas. En otras palabras, es la justicia como dimensión esencial e identitaria de la Compañía de Jesús que está enlazada con esas otras dimensiones fundamentales. Aquel núcleo de la CG-32 sigue intacto e imperecedero.

Asimismo, la misión universal de la Compañía de Jesús aporta para la concreción de la justicia las cuatro dimensiones apostólicas que han de estar presentes en todo el quehacer apostólico de los jesuitas, laicos y laicas, que no es sino una recepción histórica de la fe con su dimensión de justicia. Esas cuatro preferencias apostólicas que todos en la Compañía de Jesús hemos de recitar, las recordamos: una, la espiritualidad como camino hacia Dios; dos, caminar en cercanía con los oprimidos; tres, caminar al lado de las juventudes; cuatro, cuidar y defender nuestra Casa Común.

Siendo la dimensión de la justicia un rasgo que impregna a toda la misión apostólica, la Compañía de Jesús ha sabido unir esta dimensión con el Apostolado Social, o sector social, como un modo de enriquecer la misión de fe y justicia desde obras y compromisos apostólicos específicos, como es el caso de los centros sociales, el apostolado indígena, la presencia de la Compañía de Jesús en las periferias, en las fronteras, no solo existenciales, sino geográficas, humanas, sociales y culturales. Para conducir a la Compañía de Jesús a este servicio en las periferias es por lo que desde hace más de cinco décadas existe históricamente el Apostolado Social que se expresa en el Sector Social. Y desde las periferias humanas y existenciales –sin que falten expresiones de geografía y territorialidad—aportar desde las investigaciones con propuestas para la trasformación estructural de la sociedad. Así nos lo ratifica el Papa León XIV: “Se dice que la vida y la salud son valores igualmente fundamentales para todos, pero esta afirmación es hipócrita si, al mismo tiempo, ignoramos las causas estructurales y las políticas que determinan esas desigualdades” /Cfr. Vatican.va/content/leo-xiv).

Es importante y sano aceptar que en lo que va del presente siglo, y salvando y reconociendo valiosas experiencias y testimonios, el Apostolado Social con su concreción histórica de justicia, en la Compañía de Jesús se ha debilitado, justamente cuando las periferias se han ensanchado, las guerras van dejando regueros de muertos y víctimas, la violencia se ha generalizado, el clamor de los migrantes y desplazados es ensordecedor, aumentan las poblaciones indígenas amenazadas por los proyectos extractivos, las poblaciones campesinas son desalojadas de sus territorios y la orfandad de mujeres y niños crece exponencialmente. En las últimas décadas del siglo pasado, no obstante sus fragilidades y cierta tendencia a la secularización, el Apostolado Social aportó, especialmente en la Provincia Centroamericana, credibilidad e imprimió carisma y espíritu, al tiempo que estaba en la centralidad de la misión apostólica. Al concluir el primer cuarto de siglo veintiuno, el Apostolado Social se ha ido deslizando hacia la marginalidad de la misión. Las nuevas generaciones de formadores imprimen a los escolares un acento más de encierro y seguridades con el buen propósito de salvarlos de un mundo agresivo y desafiante, justo hacia donde debía orientarse la misión de la Compañía desde su dimensión de justicia social.

Las formulaciones teóricas son espléndidas, las exhortaciones en grandes centros educativos y universidades son atractivas y contienen hondura en sus propuestas, los animadores espirituales son impecables en sus homilías y predicaciones. Sin embargo, la Compañía de Jesús ha ido avanzando hacia un apostolado institucional más bien cómodo y con reducidos riesgos. Lo profético que nos heredó el Padre Arrupe, con la dimensión social y el Apostolado social, se ha ido reduciendo a expresiones marginales entre muchas prioridades más atractivas. Esta dimensión profética tan necesaria en estos tiempos crudos de la historia mundial, va quedando reducida, y las nuevas generaciones prefieren alejarse de las realidades apremiantes de los pobres, o reducirlas a pastorales de semana santa o de algún fin de semana, para refugiarse en amplios y fríos edificios alejados de la cotidianidad de la gente. Crece la presencia de jesuitas en la administración y burocracia de las obras, y a nuestra juventud se le prepara para seguridades humanas y psicológicas, y para pastorales eclesiásticas, festejos juveniles llenos de entusiasmos, y menos para que descubran y experimenten que las periferias y las fronteras nos convocan para vivir la audacia de la misión y nuestra vocación religiosa. Se reduce la pastoral en parroquias pobres y periféricas y tienden a crecer y abundar comunidades en enormes edificios y cargadas de notables comodidades y seguros médicos, al tiempo que se reducen, incluso con tendencia a la extinción, comunidades pequeñas que en las mañanas y en las tardes saludan y se encuentran con gente sencilla, y con comunidades insertas que alimentan y ayudan a redescubrir nuestra misión apostólica desde el referente esencial de la justicia social. Las cuatro Preferencias Apostólicas de la misión de la Compañía de Jesús, así como los estudios y especializaciones, la experiencia vital comunitaria, adquirirían un pleno y sencillo sentido profundo de Evangelio.