Estas densas semanas de conflictividad social, política y económica, siguen dejándonos muchas lecciones. Una de ellas nos dice que no basta con decir que creemos en Dios para tener la garantía de que ya estamos con Dios o que por eso mismo ya somos fieles a la verdad y a la justicia. A la pertenencia a una iglesia se ha de unir nuestra práctica de justicia, compasión y solidaridad. 

En el actual Congreso Nacional se habla como nunca de Dios y hasta han acabado haciendo cultos, mientras aprueban leyes para apretar la situación económica en contra de la gente más pobre. No basta entonces hablar de Dios si en los hechos se idolatra el dinero y se usa ese mismo nombre de Dios para justificar intereses contrarios a l voluntad misericordiosa de Dios.

La justicia, la compasión y la solidaridad son la concreción histórica de nuestra fe en Jesucristo, y esa práctica nos sitúa siempre en el camino de las víctimas y nunca en el lugar de los victimarios. Y nuestra fe nos salva para que nuestra práctica esté libre de odios y de venganzas. Lo que nos mueve en la fe cristiana es el amor que se hace justicia, compasión y solidaridad desde el lugar de la gente más indefensa.

El amor que brota del Evangelio es universal, porque Dios ama por igual a toda la humanidad. Pero es un amor universal situado desde las víctimas del mal y de la injusticia. Es un amor que se sitúa desde la parte más débil de la humanidad. Mientras que en los círculos de poder político y económico se hace uso de un dios parcializado hacia las minorías privilegiadas. Eso se llama convertir el nombre de Dios en una idolatría.

Ser cristianos y cristianas hoy en Honduras es sentirnos afectados por el sufrimiento que surge de esta crisis provocada por los sectores pudientes. El asunto de cómo sufre y padece la población más pobre, y cómo es maltratada por la desinformación de los medios de comunicación, es asunto de Dios. Creer en el Dios de la Vida nos lleva a ser compasivos y solidarios con esta población maltratada. Sentir con esta población nos ayudará a saber situarnos ante la crisis.

El Evangelio nos recuerda que el lugar en donde nos situamos es clave para nuestra reflexión y nuestro compromiso. Jesús comenzó su predicación en su propio lugar, con los suyos, y cuando estuvo en el templo, se colocó cerca de las alcancías para así desenmascarar que la alta cantidad de dinero que daban los ricos no se podía comparar con lo poquito que daba lo viuda, porque los primeros daban mucho de lo que les sobraba, mientras la viuda compartía justamente lo que necesitaba para comer. 

El lugar en donde estemos es básico para saber con quienes al final de cuentas estamos. Si como pastores de la Iglesia siempre estamos escuchando a quienes tienen mucho dinero y pasamos aceptando sus invitaciones y sus donativos, seguramente acabaremos pensando y dándole la razón a sus preocupaciones e intereses. Y a lo sumo acabaremos siendo muy buenos consejeros morales y religiosos de los sectores pudientes. Si pasamos mucho tiempo relacionándonos con políticos tradicionales, nuestra mirada del país estará muy condicionada por sus sentimientos y preocupaciones políticas. Y hasta podemos terminar no solo justificando sus actos injustos, sino defendiéndolos. 

Es inevitable: el lugar en donde primordialmente hemos de estar situados, es clave para situarnos hoy ante esta crisis política, que nos está obligado a todos a ser lo que realmente somos. Y el lugar propio de quienes tenemos fe en Jesucristo es situarnos desde las víctimas de quienes aprueban leyes económicas injustas y que se recargan sobre las mayorías empobrecidas.