Jesús fue hijo de un artesano y pasó la mayor parte de su vida trabajando como artesano (Mc 6,3; Mt 13, 55); anuncia el reino de Dios y nos enseña que buscar el reino de Dios y su justicia es lo principal (Mt 6,25-34). Jesús quiere que trabajemos con dignidad y que el trabajo nos dignifique; por eso no quiere que vivamos esclavizados por el miedo y la inseguridad económica. “Confiar en Dios y buscar la justicia del reino significa dar prioridad al compartir más que al producir como solución al problema de la inseguridad económica”.
A lo largo del Nuevo Testamento podemos encontrar denuncias muy fuertes contra la explotación en el trabajo ( St 5, 1-5). Pablo trabajaba para ayudar a los necesitados (Hech 20, 33-35) y denunció a los que habían dejado de trabajar por esperar la venida de Jesús ( 2 Ts 3,6-12).
El Concilio Vaticano II, en la Encíclica Gozos y Esperanzas, plantea que el trabajo humano es muy superior a todos los demás elementos de la vida económica: los insumos, el dinero, el capital, etc. El ser humano es autor, centro y fin de toda vida económica. Los demás elementos son sólo medios. El ser humano es fin. Por tanto, no es el ser humano para el trabajo, es el trabajo para el ser humano.
Siendo el trabajo un espacio para la realización de la dignidad humana, su principal fuente de dignidad no es lo que se produce, sino la persona que trabaja. Todo trabajo es digno, tanto el que repara zapatos, como quien prepara la comida, diseña computadoras, confecciona una camisa, vende frutas o da consultas médicas. Sin embargo, en países como el nuestro, esta visión de la Iglesia sobre el trabajo contrasta con la dura realidad de millones de personas que pierden su dignidad, y hasta sus vidas, en condiciones inhumanas de trabajo.
Muchos trabajos no son dignamente valorados, como por ejemplo las tareas domésticas, que diariamente realizan las mujeres, o el trabajo de las obreras de las maquilas, a quienes tantas veces las humillan, las desprecian, se les niega el derecho a la educación y con frecuencia las obligan a trabajar bajo presión, en condiciones inhumanas, y hasta son controladas en su fecundidad, todo en función de la mayor productividad y ganancia al menor costo posible. Y otros trabajos que se valoran no son dignos, como, por ejemplo, el narcotráfico, la producción de pornografía, la fabricación y tráfico de armas, y hasta el trabajo de diputados y funcionarios públicos, dedicado primordialmente a utilizar los puestos y recursos del Estado para acumular cuotas de poder a costa de las necesidades de la población más pobre.
Así mismo, el trabajo no es una mercancía a la que se le pone precio como se pone precio a una camisa. El trabajo no es un factor más en el proceso de producción. El Papa Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens ha remarcado que el trabajo está por encima del capital. Todo el capital ha sido elaborado por seres humanos, son su experiencia y su inteligencia; es sólo un instrumento, fruto del trabajo humano.
De tal manera que, el trabajo se vuelve humanizante cuando sirve para la vida y la realización de las personas. El trabajo no humaniza cuando sirve solamente a la fiebre de los empresarios por producir, vender y acumular más ganancias. En torno al trabajo, la doctrina social de la iglesia ha planteado tres exigencias fundamentales:
Primera exigencia:
Remuneración justa: La remuneración por el trabajo realizado no puede venir determinada, sin más, por la ley de la oferta y la demanda (es decir, del mercado). La remuneración deber ser “suficiente para fundar y mantener dignamente a una familia y asegurar su futuro” (Laborem exercens, 18 y 19). La remuneración justa también incluye las prestaciones sociales necesarias: descanso semanal, anual, acceso al servicio de salud seguro de vejez, etc.
Segunda exigencia:
Seguridad laboral: tienen que ver con las penosas condiciones físicas de trabajo de obreras y obreros. La iglesia demanda que las condiciones físicas del trabajo no pongan en peligro la salud y la vida de las personas trabajadoras: salubridad, seguridad e higiene laboral, descanso, etc.
Tercera exigencia:
Participación de los trabajadores en las empresas: Los trabajadores no deben ser una pieza más del mecanismo de producción, son personas y por lo mismo tienen derecho a participar en las decisiones y beneficios de la empresa. La iglesia también defiende el derecho de los trabajadores a organizarse en sindicatos y el derecho a la huelga para defender sus intereses laborales.
Las reglas del juego tienen que cambiar si queremos que el trabajo dignifique a todos los seres humanos. Y esas reglas actualmente hacen que el trabajo en la maquila, en la minería y en otras esferas de producción, se convierta en las cadenas de la esclavitud moderna, como muy acertadamente lo dijo uno de los ejecutivos de mayor renombre de la industria maquiladora en Honduras. Si buscamos un desarrollo equitativo y con dignidad para toda la sociedad, hemos de comenzar defendiendo los derechos de las obreras y obreros de las maquilas y los derechos de quienes son contratados bajo el régimen de empleo temporal. Y para finalizar, nada mejor que con esta cita de los Obispos del centro-oeste de Brasil, quienes sitúan de manera espléndida el fondo de la subordinación del trabajo y de los trabajadores al capital y a los intereses de los grupos empresariales:
“Si los ricos son cada vez más ricos no es porque trabajen más o porque sean más inteligentes, sino porque son los dueños y viven del trabajo barato del pueblo”