

Septiembre, mes de la Biblia
La Biblia es palabra revelada en la historia. En sus páginas quedó consignada la experiencia de fe de comunidades que descubrieron el paso liberador de Dios en medio de sus luchas, esperanzas y crisis. No cayó del cielo ya interpretada ni fue dictada mecánicamente para ser repetida sin pensar. Nació en procesos históricos concretos, en culturas distintas, en lenguajes simbólicos, poéticos, narrativos, legales y proféticos que exigen estudio, discernimiento y respeto.
Sin embargo, abundan quienes toman un versículo aislado, lo arrancan de su contexto y lo convierten en arma, consigna o sentencia absoluta. Así, la Biblia deja de ser Palabra que ilumina y se convierte en pretexto para manipular conciencias, infundir miedo o legitimar intereses personales, religiosos e incluso económicos. Se le hace decir lo que no dice, y en nombre de Dios se atropella a la gente.
Este uso abusivo de la Biblia ha alimentado fanatismos, ha fracturado comunidades y ha dado pie a interminables divisiones. Cada grupo, cada predicador improvisado que se cree dueño de la verdad absoluta termina proclamando que solo él o los suyos poseen la interpretación correcta. El resultado está a la vista: confusión, sectarismo, enfrentamientos y una fe empobrecida por el literalismo y la ignorancia.
Es grave que todavía haya personas que jueguen con la credibilidad de los más sencillos, explotando una conciencia religiosa inmadura o mágica para someter, controlar o lucrarse. Más grave aún es que muchos creyentes, por falta de formación bíblica, queden expuestos a cualquier lectura caprichosa presentada como voluntad divina. Donde falta estudio serio de la Escritura, sobran manipuladores. Por eso, el mes de la Biblia debería ser una llamada urgente a la formación.
No basta con tener Biblia en mano; hay que aprender a leerla con criterio, acompañamiento, sentido eclesial, con atención a los géneros literarios, al contexto histórico y al núcleo del mensaje revelado. Leer la Biblia sin responsabilidad puede causar tanto daño como no leerla. La Palabra de Dios fue dada para iluminar, convertir, consolar, liberar y reunir. Quien la usa para sembrar miedo, superioridad espiritual o dependencia enfermiza. traiciona su sentido más profundo.
El nombre de Dios no puede seguir usándose a la ligera. Y la Biblia no puede seguir siendo manipulada como si fuera un depósito de frases útiles para apoyar cualquier ocurrencia. Si realmente queremos honrar la Palabra revelada, debemos leerla con reverencia, estudiarla con seriedad e interpretarla con responsabilidad. De lo contrario, seguiremos convirtiendo en instrumento de división lo que debería ser camino de verdad, libertad y comunión.
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