Pasillo de la sala de emergencia en el hospital Catarino Rivas.

Una mañana cualquiera de junio, periodistas de Radio Progreso recorrieron los pasillos del hospital regional Mario Catarino Rivas, en San Pedro Sula. Entre el bullicio de pacientes y el murmullo desesperado de familiares que suplicaban atención, nos encontramos con Doña Rosa, Seidy y Doña Carmen. Todas mujeres. Todas con algo en común: estaban allí acompañando a sus seres queridos, buscando respuestas, buscando alivio.

Reconocen que ha habido algunas mejoras en la infraestructura, pero coinciden en algo más profundo y doloroso: la falta de personal médico y la deshumanización de un sistema que parece haberse vuelto sordo ante el clamor de la gente más empobrecida. Aquí, sus historias.

“La amabilidad aquí es escasa…” 

Sentada en unas gradas frías, en uno de los pasillos del área de emergencias del Hospital Mario Catarino Rivas, en San Pedro Sula, encontramos a Doña Rosa López. A su lado, su esposo, Don Santos Asturia, de más de 60 años, apenas podía mantenerse erguido. El dolor se le notaba en el rostro, en la mirada apagada, en los gestos contenidos.

Llegaron un día antes, remitidos de un centro de salud en su comunidad. Don Santos necesita una cirugía urgente por un problema en la próstata. El médico local fue claro: había que operarlo de inmediato, y solo en este hospital podían hacerlo.

Doña Rosa creyó que, llevando una referencia médica, todo sería más ágil. Pensó que en unas horas su esposo estaría en una camilla, atendido, camino a recuperar su salud. Pero al llegar, se encontraron con otra realidad: pasillos llenos de pacientes en espera, rostros cansados, lamentos que se perdían entre la indiferencia.

No hubo prioridad. No hubo urgencia. La respuesta fue que debían esperar hasta el día siguiente. Las súplicas de Doña Rosa, el evidente sufrimiento de Don Santos, no cambiaron nada.

Ellos vienen desde la zona de los excampos bananeros en El Progreso, un viaje de más de tres horas. No tienen familia en San Pedro Sula, así que pasaron la noche en un albergue del hospital. No fue fácil.

“Mire, uno llega a este hospital tan grande y se pierde. No sabe a dónde ir. Mi esposo vino arrastrándose del dolor… y la amabilidad aquí es escasa”, nos dijo Doña Rosa, visiblemente agotada.

A la desorganización, al trato frío, se sumó el gasto. Tuvieron que pagar más de 2,000 lempiras en exámenes médicos que el hospital no podía hacer. “Tenga o no tenga dinero, uno tiene que ir a laboratorios privados. En los centros de salud y hasta en los hospitales no hay equipo, no hay reactivos, no hay nada”, nos explicó con resignación.

La historia de Don Santos y Doña Rosa no es única. Es apenas una entre cientos que se repiten a diario en los hospitales públicos del país. Gente humilde, enferma, que llega con la esperanza de encontrar alivio, y lo único que encuentra es un sistema colapsado y deshumanizado.


Seidy y la larga espera por una operación que no llega

Seidy Juárez llegó hace ocho días al Hospital Mario Catarino Rivas. Viajó desde Esquipulas del Norte, en el departamento de Olancho, junto a su madre, a quien recientemente le detectaron un tumor cerebral. Los médicos le dieron una noticia que, en otro contexto, habría traído alivio: el tumor es benigno. Pero en Honduras, eso no necesariamente significa tranquilidad.

Al no tratarse de una emergencia, la madre de Seidy fue incluida en una extensa lista de espera. Son cientos las cirugías pendientes en los saturados quirófanos del hospital más importante de la zona noroccidental del país. La operación, le dijeron, llegará… pero nadie sabe cuándo.

Como la familia de Don Santos, los Juárez también tuvieron que costear exámenes médicos en laboratorios privados. “La resonancia magnética costó más de cinco mil lempiras”, cuenta Seidy. “Para uno es difícil pagar esa cantidad, pero se ve obligado… es la vida de su familiar la que está en juego”.

Aunque reconoce que su madre está siendo atendida por el personal médico, sabe que sin una fecha clara para la operación, todo se reduce a esperar. Y esperar, en este sistema de salud, puede significar días, semanas o incluso meses.

Desde su llegada, Seidy y su padre duermen en un cartón, afuera del edificio de emergencias. “Han sido noches largas. Ayer nos sacaron de la sala de espera y nos cayó la lluvia. Hoy amanecí con fiebre, tuve que buscar medicamentos porque siento que me enfermé… pero no puedo darme el lujo de estar mal ahora. Mi madre nos necesita”, dice con una mezcla de tristeza y fortaleza.

Viajar desde Esquipulas del Norte, más de 10 horas por carretera, fue el último recurso. Buscaron otras opciones, otros hospitales, pero todas las referencias terminaban apuntando al Catarino Rivas.

Seidy confiesa estar agotada, física y emocionalmente. Pero también firme: “Lo más importante es que mi mamá esté bien, que le hagan la operación y que podamos volver a casa con ella. Aquí soportamos lo que sea… porque sabemos que en estos hospitales las cosas son así. A los pobres nos toca vivir esto para poder ser atendidos”.

Familiares de pacientes internos en el hospital aprovechando hora de visitas.

“Prefiero morir en casa …”

En otro de los pasillos de la consulta externa del hospital Catarino Rivas, entre el ir y venir de pacientes y el eco de pasos cansados, encontramos a Doña Josefina Velásquez. Está junto a su hermana. Ambas mujeres, ya mayores de 50 años, esperan noticias de su madre, quien hace nueve días fue ingresada de emergencia tras sufrir un derrame cerebral.

Cuando llegaron, los médicos le brindaron los primeros auxilios. Desde entonces, la señora permanece en la sala de mujeres. Pero la incertidumbre, para la familia, es constante.

“Solo me dicen que mi madre se está recuperando… pero yo no lo veo así. No habla, no se mueve. Todo es incertidumbre”, nos cuenta Josefina. 

Como Doña Rosa y Seidy, a ella y a su hermana les ha tocado dormir en los pasillos del hospital. Sobre cartones. A veces, con suerte, con una cobija o una almohada que trajeron de casa. “Estar aquí es bien duro”, dice bajando la voz, como si no quisiera que la escuchen.  

Haciendo un gesto de decepción dice: “Ahora que he vivido esta realidad tan dura, les digo a mis hijos que si algún día me enfermo, que no me traigan acá. Aquí solo de ver el lugar, uno se muere. Yo prefiero morir en casa”.

Sus palabras no son solo una expresión de dolor, son un reflejo de lo que muchas personas sienten frente a un sistema de salud colapsado, que deja a los más pobres sin respuestas, sin consuelo, sin dignidad.

Para conocer la postura del hospital frente a las situaciones expresadas por las familias de los pacientes, contactamos a la vocera del centro asistencial, Miriam Cardona. En su respuesta, indicó que únicamente el director del hospital está autorizado para brindar declaraciones al respecto. Hasta el momento de publicar esta nota, continuamos a la espera de una respuesta oficial.