Somos noche escura hondureña. Hemos hecho de nuestro país, un lugar de angustias, miedos e incertidumbres. Un mundo hondureño cruzado por la desconfianza, y por un sistema en donde la corrupción y la impunidad gobiernan y conducen la conducta y decisiones oficiales. En una noche oscura así, es muy difícil descubrirnos como hermanas y hermanos. Sin embargo, estamos llamados a sembrar y a empujar amaneceres, estamos llamados a convertir la oscuridad por muy profunda que sea en un camino que conduzca a la luz de un nuevo amanecer. A fin de cuentas, somos un amanecer, y hacia esa experiencia hemos de conducir todo lo que somos y queremos como comunidad de fe. Podríamos tener muchas dudas y miedos. En estos tiempos de tantos saqueos y corrupciones, podemos dejarnos atrapar por las angustias y frustraciones. Sin embargo, para la comunidad de fe, siempre hemos de vivir con un futuro abierto, porque aunque no estamos llamados a vivir toda la vida con triunfos, jamás viviremos en la derrota eterna, porque nuestra fe se sostiene en el Dios vencedor de la muerte, y en cualquier situación por oscura que sea, siempre tiene por delante un nuevo amanecer. Y a esa fe nos remitimos.
En el Evangelio de San Mateo, encontramos el Sermón del Monte, la primera gran predicación de nuestro Señor Jesucristo. El Sermón del Monte se extiende en el libro de San Mateo del capítulo 5 al capítulo 7, unos tres capítulos enteros, y comienza con la proclamación de las bienaventuranzas, y llega a su final con la lectura de la parábola sobre la casa edificada sobre arena y la casa edificada sobre roca, que es en la que nos queremos detener en esta búsqueda de esperanza para estos tiempos hondureños de noche oscura.
En el sermón del Monte Jesús instruye a sus discípulos sobre las actitudes que han de interiorizar para ponerse en marcha en la misión de anunciar y hacer realidad el reino de Dios. Comienza con las bienaventuranzas que Jesús dirige a las muchedumbres empobrecidas y también a sus discípulos que están muy cerca de él. Las bienaventuranzas son promesas que Jesús anuncia de parte de Dios para las muchedumbres, enfermas, hambrientas, tristes, abatidas y marginadas. A toda esa gente Jesús anuncia que Dios trae una oferta que es buena noticia para ellas, porque dejarán de llorar, dejarán de padecer tristezas, dejarán de andar encorvadas, dejarán de tener hambre y sed de justicia. Dejarán a fin de cuentas de vivir en noches oscuras.
Pero para que las promesas de Dios se hagan realidad, han de existir desde ahora personas que desprendidas de los bienes materiales y puestas sus vidas totalmente a los pies de los valores del Reino, se deciden organizarse para luchar para que las promesas del Señor se hagan realidad en las poblaciones empobrecidas. La garantía entonces para que las promesas de Dios se hagan realidad es el grupo de hombres y mujeres que desde hoy ya creen en el reino, viven desprendidas de los bienes materiales, y con su vida hacen realidad los valores del reino. Si existen estas personas agrupadas en la lucha por el reino, las promesas del Señor son válidas y el reino ya es una realidad. Y entonces la corrupción, la injusticia, los abusos de poder, la violación a los derechos humanos, dejarán de ser expresiones de la noche oscura hondureña, porque un nuevo amanecer brillará para toda la sociedad.
Por eso Jesús, una vez que ha predicado las bienaventuranzas, se dedica exclusivamente a preparar a sus seguidores para que interioricen las actitudes que han de tener para que comiencen a hacer realidad las promesas que se han hecho a los pobres en las bienaventuranzas. Actitudes que han de sembrarse en el corazón humano para que los seguidores del Señor sean sal y luz para toda la sociedad. Y que ese sabor que han de ponerle al mundo, y esa luz que ha de iluminar el rumbo del reino, ha de conducir a que las escrituras se lleven a su auténtico cumplimiento.
Jesús instruye a sus discípulos para que vivan con autenticidad su fe, que lo que dicen quede acreditado con los hechos, y que lo que hacen sea lo que sienten en el corazón. Coherencia entre la palabra y la vida es lo que quiere Jesús de sus seguidores. No vivir de las apariencias, no vivir de los cargos, de los puestos, de los apellidos, de los privilegios que producen el dinero y el poder. Jesús quiere que la verdadera autoridad de sus seguidores brote de su corazón y de la verdad que transmiten con sus vidas, y nunca por el puesto que ocupan en la religión o en la sociedad.
Por eso, el Sermón del Monte concluye con esta última reflexión de Jesús. No basta que la gente diga que cree en Dios, no basta con lo religioso que digamos que somos. No, no basta. La religión o la pertenencia a una determinada Iglesia no es lo que nos garantice que ya tengamos a Dios en nuestras manos. La religión incluso puede ser algo engañoso. A través de ella se podría estar ocultando maneras de comportarse que no se corresponden con la justicia. No basta entonces que estemos matriculados a un grupo religioso para asegurar que ya estamos con Dios. A veces puede ocurrir que una persona sea bautizada y asista a misa o a un culto religioso, y al mismo tiempo estar comprometida en permanentes actos de corrupción.
A la pertenencia a una iglesia se ha de unir nuestra práctica de justicia. Y la práctica de justicia no es sólo el acto individual y puntual de atender a un enfermo o una necesidad concreta. Eso es bueno, pero no basta el asistencialismo. Es más, el asistencialismo o paternalismo podría ser una práctica consoladora de conciencias, pero no redentora ni necesariamente justa. No basta la práctica de la limosna. La práctica de la justicia significa solidaridad, compasión que significa a su vez “padecer con”, sentir como de uno el dolor de las otras personas, y significa la lucha por erradicar el mal, la injusticia de toda la sociedad.
El Sermón del Monte quiere ir a la raíz de nuestra vida. Que nuestra fe esté unida a la justicia, y que la práctica concreta de misericordia se una a la lucha por erradicar todo el mal del mundo. Que nunca podamos aplaudir y cantar enteramente en paz mientras existan grupos humanos que demandan de nosotros la permanente solidaridad cristiana.