Nuestro país necesita un cambio de rumbo y necesita nuevas generaciones con capacidad para administrar los bienes y servicios públicos. La institucionalidad pública ha sido un botín para la inmensa mayoría de quienes asumen cargos, ya sea en las municipalidades, ya sea en el gobierno central. Hasta hoy hemos construido un país a la medida de reducidas élites que a su vez transmiten a la sociedad entera que los bienes del Estado los administran los políticos a discreción.
Nos han transmitido que el Estado y los bienes del país en general son de su propiedad, y los usa a su gusto y antojo. Y organizan el sistema de justicia para que los auténticos delincuentes con poder nunca vayan a la cárcel, mientras la gente sencilla y honesta, sea vista y sentenciada como delincuente. Necesitamos sentar otras bases institucionales que reviertan la lógica de la acumulación, que reviertan el abuso de los recursos públicos y detenga la destrucción del medio ambiente.
Necesitamos tomar en serio los criterios éticos que nos propone el magisterio de la Iglesia. Hace 20 años, en 2006, escribieron una Carta que parece que los mismos obispos hubiesen olvidado. En esa carta llamada, “Por los caminos de la esperanza”, los obispos hondureños hablaron del Bien Común con los siguientes términos: “El bien común es el principal imperativo para la construcción de nuestra sociedad; hacia él deben tender todos los esfuerzos de los funcionarios y de las políticas públicas. Este principio debe ser el paradigma que oriente el actuar de cualquier dirigente político que sea coherente y de cualquier miembro de la sociedad que vive responsablemente en ella”.
El bien común es la manera de vivir y de actuar de Jesús de Nazaret, quien pone ante todo la vida de los demás por encima de la vida propia, y pone el testimonio de vida como la autoridad que sostiene su palabra. Jesús de Nazaret es criterio porque es el hombre para los demás y nunca desde el poder sino desde el servicio. Escuchemos mejor sus palabras: “Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Pero no será así entre ustedes. Por el contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, se hará esclavo de todos. Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre.” (Marcos 10, 42-45)
El Evangelio de Jesucristo nos pone en la ruta de las demás personas, y nos anuncia que quien gana su vida la pierde y quien la pierda por causa del evangelio la gana para siempre. Esa es la ética del bien común.Desde el evangelio, el bien común nos sitúa en la ética de la cercanía, puesto que el Dios de Jesús se define por su cercanía a la humanidad de los pobres, y desde ella hace sentir su paso esperanzador y liberador. ¡Cuánto nos falta entonces este criterio del bien común!, Es también criterio de solidaridad. O nos salvamos todos y todas, o nos hundimos todos y todas.
Nos corresponde desde la fe cristiana, dar sentido humano, ético y cristiano al malestar, a la demanda que subyace en nuestro país de que se erija una institucionalidad que rompa con esa concepción de que los bienes públicos son piñata, y para ello que haya una verdadera política pública contra la corrupción y la impunidad. Y sobre todo nos toca alimentar la esperanza, llenar de esperanza los ambientes de miedo y fracasos. Nuestra fe se sustenta en la esperanza. No es válido entonces dejarnos atrapar por la frustración o la derrota. Este país es posible cambiarlo, y es posible cambiarlo si nos dejamos llevar por esa ética cristiana que se manifiesta en el Bien Común.
El Dios de Jesús es el Dios de la Vida, y ese es el testimonio de la Biblia. El profeta Ezequiel nos recuerda que el Señor convierte en vida lo que es hueso seco, y de las tumbas saca la vida del pueblo. Así lo dice el profeta: “Estos huesos son todo el pueblo. Ellos andan diciendo: se han secado nuestros huesos. Se perdió nuestra esperanza, el fin ha llegado para nosotros. Por eso anúncieles esta palabra: Yo, Yahvé, voy a abrir sus tumbas. Pueblo mío, los haré salir de sus tumbas y los llevaré de nuevo a su tierra. Ustedes sabrán que Yo soy Yahvé, cuando abra sus tumbas, pueblo mío, y los haga salir. Infundiré mi espíritu en ustedes y volverán a vivir, y los estableceré sobre su tierra, y ustedes entonces sabrán que yo, Yahvé, digo y pongo por obra” (Ezequiel 37, 11-14).
¿Cuál es la exigencia del Señor para aportar a la construcción de un nuevo país, que no sea como el que hasta ahora hemos construido?: dejemos que sea el profeta Miqueas quien nos ayude a decirnos cuál es esa exigencia: “¿Con qué me presentaré delante de Dios?…Ya se te ha dicho lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan sólo que practiques la justicia, que sepas amar y te portes humildemente con tu Dios” (Miqueas 6, 6ª.8).