El Padre Ignacio Ellacuría dijo poco antes de su asesinato, y citamos textualmente:

“Que el pueblo haga oír su voz, que el pueblo reflexione, desde el punto de vista de la Iglesia, en sus comunidades de base; desde el punto de vista social…Que reflexionen sobre la situación del país, que exijan ser bien informados. Que hagan sentir cómo se necesita cuanto antes un desarrollo económico profundo del país, cómo se necesita que se resuelva su problema de injusticia”

Con los sondeos de opinión pública que año tras año, el ERIC busca ofrecer la percepción que la sociedad hondureña tiene sobre los diversos actores y acontecimientos relevantes y sobre cómo percibe la gente las decisiones que los gobernantes toman. Es una herramienta para contribuir a la búsqueda de la verdad en una sociedad en donde la palabra de la gente común no solo no cuenta sino que la misma está condicionada por el discurso de las élites. En la coyuntura actual no se trata de ver la realidad sólo desde lo negativo, se trata de acercarnos lo más posible a ella, para entenderla, ver el comportamiento de los principales actores involucrados y buscar caminos de salida. No podemos ver la realidad solo desde el espejismo que interesa al oficialismo o a las élites empresariales.

¿Por qué no decir la verdad a la ciudadanía? El gobierno y los partidos políticos tienen la obligación de decirle la verdad a la gente y ésta tiene derecho a saberla. La gente tiene que saber que detrás de los programas millonarios de asistencia existe un interés proselitista, y se suele usar esas ayudas para buscar la continuidad ¿Por qué se oculta esta verdad? La gente debe saber que los recursos que se usan en estos programas de asistencia provienen de préstamos internacionales que endeudan al Estado y que le tocará a toda la sociedad pagarlos con intereses.

De igual manera, el gobierno debía escuchar voces que proceden fuera de los círculos oficiales. Este sondeo de opinión pública le advierte al gobierno que la percepción de la población hondureña es muy negativa con respecto a su administración, y que la gente ha aplazado al gobierno, y este dato conviene que el gobierno no lo tome a la ligera.  En coyunturas difíciles como la que vivimos hoy, es preferible que se le hable con la verdad a la ciudadanía, y no presentar mentiras como si fuesen la verdad, ni maquillar las cosas para hacerlas aparecer con un color distinto al que tienen. Si a la gente no se le dice la verdad, como ocurre en esta coyuntura difícil, el gobierno y su grupo de apoyo, están postergando conflictos, acumulando conflictos que luego saldrán con mucha más fuerza.

El sondeo de opinión pública advierte que Honduras no va a tomar un nuevo rumbo con programas asistenciales ni usándolos para campañas proselitistas. El panorama de corto plazo apunta a mayor inestabilidad, aunque el discurso y la publicidad oficial abunden en entusiasmos y en caminos promisorios.

La máxima evangélica “la verdad nos hará libres” sigue siendo especialmente válida para los tormentosos tiempos que vivimos. Sin embargo, esa máxima evangélica es penosamente ausente, porque quienes viven de la corrupción y de la impunidad, de la demagogia y de la violencia, necesitan de la mentira ya no solo personal o grupal, sino institucionalizada. De manera que en tiempos como los que vivimos la mentira es el marco general en el cual nos desenvolvemos, y la misma se vende y negocia en la sociedad como la auténtica verdad.

De nuestra parte es muy conveniente dejar constancia de que como país nos hemos acercado a un colapso institucional que solo puede revertirse si cada sector, especialmente los que tienen más poder, deponen sus intereses, y se abren a la escucha de los otros, de los diferentes, de los demás que están fuera del círculo de los iguales y de los que no piensan igual, para convertir este tiempo de precariedades en la gran oportunidad para re-hacer el país, el Estado y toda su institucionalidad.

Necesitamos una nueva ética, una nueva política, una nueva espiritualidad, una nueva cultura. Necesitamos que los tejidos se rehagan ya no desde los liderazgos de siempre, sino desde la apuesta por una generación comprometida con la ética, la cultura y la política que se sustenta en el bien común, en el buen vivir.