Nos sostenemos bajo una economía organizada y pensada fuera de nuestro país, sin la gente y al final en contra de bien de la gente. Esto ha conducido a un profundo deterioro y ha creado condiciones para que la gente busque salidas rápidas y fáciles a sus angustias.

Mucha de nuestra juventud se va del país, otra se sumerge en los corredores subterráneos de la economía informal, otra incursiona en la economía controlada por el crimen organizado. Y otra se apunta en ofertas de empresas que como Koriun engaña con promesas a poblaciones enteras que al final se convierten en estafas que provocan mayores empobrecimientos para la población que decide invertir sus magros ahorros con el enganche de que recibirá grandes ganancias a muy corto tiempo.

Necesitamos el comercio y los negocios. Pero no desde la lógica de engaños de reducidos sectores y a costa de jugar con la dignidad humana, porque todo lo que se haga en esa línea de engaños al final las consecuencias recaerán en las espaldas y el estómago de la gente más desfavorecida.

Tenemos que reconocer que no somos un país soberano, porque la soberanía es el control que una persona, una comunidad, un Estado tiene sobre su patrimonio, y las decisiones que se ejerce sobre el mismo. Pero el Estado hondureño no tiene capacidad para ejercer su control sobre los recursos y el patrimonio nacional. Cuando se habla de negocios y de economía, es porque quienes deciden entienden que pueden hacer uso de los recursos naturales a su gusto y aprovechar las necesidades de la gente en función de sus ganancias y negocios, y nunca se toma en cuenta la vida de las comunidades, la dignidad de las personas ni el bien común del país. Los negocios se sustentan en la lógica del bien de muy pocos a costa del mal para las mayorías, pasando por encima de las legislaciones, o utilizando la institucionalidad del Estado para sacar provecho particulares.

A este propósito, la Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda lo siguiente: “La doctrina social comporta también una tarea de denuncia, que se hace juicio y defensa de los derechos ignorados y violados, especialmente de los derechos de los pobres, de los pequeños, de los débiles. Esta denuncia es tanto más necesaria cuanto más se extiendan las injusticias y las violencias, que abarcan categorías enteras de personas y amplias áreas geográficas del mundo, y dan lugar a cuestiones sociales, es decir, a abusos y desequilibrios que agitan a las sociedades. Gran parte de la enseñanza social de la Iglesia, es requerida y determinada por las grandes cuestiones sociales, para las que quiere ser una respuesta de justicia social. (Compendio de la DSI, numeral 81)

Sin embargo, la soberanía de un país como el nuestro está plenamente subordinada a los soberanos negocios  de unos pocos empresarios, y la administración pública está orientada en lo fundamental a dar garantías para el éxito de los negocios. Es decir, nuestra economía está vendida y nos quedamos sin nada. Esta realidad está en la base de la corrupción y la impunidad que carcome a los funcionarios, políticos, empresarios y que ha salpicado a toda la sociedad, y es lo que sustenta la estafa de la que han sido víctimas miles de personas que buscando mejorar sus condiciones de vida depositaron sus ahorros en manos de una empresa mentirosa, estafadora y criminal.

No nos engañemos: la dinámica que mueve a las personas que tienen puestos importantes y que tienen liderazgo en la gran empresa privada, no es la búsqueda del bien común, sino el control de los demás, tanto de las personas como de los recursos. El evangelio nos ofrece un modelo ideal opuesto radicalmente a lo que práctica el mundo de hoy, y es el modelo que nos puede salvar del despeñadero. Es un modelo que se sustenta en los débiles, que anuncia bienaventuranzas a quienes han vivido maltratados, y se basa en un poder puesto al servicio de los indefensos y de una riqueza que se comparte por igual entre toda la gente. Es un modelo que se basa en el compartir por encima del acaparamiento y de la concentración de riquezas en pocas manos.

Estamos siendo víctima de nuestras propias fragilidades, y de unos reducidos sectores que siguen promoviendo un molde cultural que nos hace seguir esperando falsamente que desde afuera y desde arriba, y a costa de nuestros recursos, se solucionarán nuestros problemas. La Palabra de Dios no se cansa de apostar por una manera radicalmente distinta de vivir y de construir sociedades. Por ello concluimos este enfoque escuchando al profeta Jeremías quien, en medio de las calamidades y de las distorsiones sociales, le recuerda a su pueblo, cuál es la ética, el modo de relacionarnos para que se recupere la dignidad y la soberanía de países como el nuestro. Dejemos que sea el profeta el que nos lo diga con su claridad y sencillez:

 “Practiquen la justicia y hagan el bien, libren de la mano del opresor al que fue despojado; no maltraten al forastero ni al huérfano ni a la viuda; no les hagan violencia, ni derramen sangre inocente en este lugar”. (Jeremías 22, 3)