La democracia, partidos políticos y procesos electorales van íntimamente unidos. No parece que se puede hablar de democracia sin elecciones. Cada cuatro años la democracia se viste de elecciones, y aunque las dudas y sospechas son fuertes, elecciones se siguen celebrando y siguen tomando posesión presidentes y autoridades públicas como resultado de procesos electorales. La Iglesia ha dicho siempre una palabra para que la gente reflexione sobre su responsabilidad para que las elecciones sean expresión genuina de la democracia, aunque en los hechos exista una enorme distancia entre democracia y elecciones.
Mientras los partidos políticos se encargan de la democracia política, una reducida élite económica en alianza con las transnacionales y los organismos multilaterales se encargan de que esa democracia encaje con sus ganancias. La Iglesia ha sido muy clara en sus diversas orientaciones: el problema de fondo en nuestro país es la inequidad y la injusticia estructural, y a esto le llama pecado social.
La democracia de partidos y elecciones cumple con un proceso legal que conduce a la elección de un gobierno formal, pero esto ocurre sobre la base de un gobierno real que se sustenta en los actores de la sociedad cuyas decisiones inciden en el gobierno formal, pero rebasan sus límites. El gobierno formal y los procesos electorales constituyen esa institucionalidad a través de la cual expresan y hacen sentir su poder los actores que gobiernan desde la lógica universalmente aceptada de la ley de los fuertes.
La corrupción y la impunidad están en la base de esto que llamamos democracia, y la Iglesia lo ha denunciado con claridad en sus diversas cartas pastorales y comunicados. La democracia política es más fuerte y alcanza capacidad para legitimar a los poderes dominantes en la medida que exista mayor estabilidad económica y cuando la brecha en la distribución de la riqueza y los bienes no es muy ancha. Al contrario, la democracia política, como es el caso de Honduras, es más débil y pierde capacidad para legitimar a los poderes dominantes cuando la distribución de las riquezas es muy desigual y la concentración de los bienes y recursos se concentran cada vez en menos manos.
La democracia actual basada en partidos políticos a través de los cuales las sociedades eligen a sus gobernantes y autoridades, es apenas una expresión de la democracia. Es expresión de la democracia, pero no puede ni debe reducirse a ella. Los partidos políticos son o pueden ser factores de cambio, pero ni siempre lo son, ni solo en ellos puede descansar la lucha por el cambio social. La Iglesia anima, con las palabras del Papa Francisco, Monseñor Romero ahora con el Papa León XIV, a que la gente se organice y a que los movimientos populares se constituyan en actores que presionen por democracia y por un modelo social y económico que garantice una distribución justa de los bienes y riquezas.
La transformación social y política de fondo ha de unir la lucha política por el acceso al gobierno con la lucha política por la democratización de la economía, y esto se logra si existen movimientos que empujen desde abajo, como la anima la Iglesia en su dimensión social. Sin el empuje desde debajo de los movimientos sociales, que cuestionen la democracia política representativa, que demanden y exijan la existencia de la democracia representativa, los partidos políticos se volverán expertos en democracia, pero en base a componendas entre las cúpulas y en ruptura con la vida cotidiana de la gente. La opción por los pobres, como nos recuerda la Iglesia, es el criterio para un compromiso desde abajo, porque es desde esa realidad humana en donde más fieles podemos ser al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
En el caso de Honduras, la gente asiste a las urnas electorales, pero en los sondeos de opinión que hemos realizado por varios años consecutivos, la gente deja muy en claro su percepción de que todos los partidos políticos están lejos de sus necesidades, no escuchan sus demandas y sus dirigentes negocian entre ellos el reparto de puestos a espaldas de la gente y sin la gente. Acortar esta distancia es un desafío para las dirigencias políticas, y la construcción de movimientos sociales nacidos e insertos en la realidad cotidiana de la población con su propia autonomía frente a los partidos políticos, son tareas para la democratización de la sociedad. Y esto es un vehemente llamado de la Iglesia.