El científico hondureño Salvador Moncada, quien hasta el pasado 26 de enero de 2026 fungió como Embajador de Honduras en China, se despidió del cargo durante la presentación de la obra Prisión Verde del escritor Ramón Amaya Amador traducida al mandarín, la primera realizada directamente desde el español.

Compartimos íntegramente su discurso:


Embajador Salvador Moncada
Beijing, 26 de enero de 2026

Distinguidas autoridades, miembros del Cuerpo Diplomático, representantes del Gobierno de la República Popular China, académicos, empresarios, amigas y amigos:

Este acto tiene para mí un significado muy especial. No solo porque acompaña la presentación de un libro profundamente emblemático para Honduras, sino porque marca también el cierre de una etapa: mi última intervención oficial como Embajador de la República de Honduras ante la República Popular China.

Cuando en marzo de 2023 Honduras decidió abrir relaciones diplomáticas con China, no lo hizo por impulso ni por coyuntura. Lo hizo siguiendo una tendencia histórica más amplia: la búsqueda de un orden internacional más equilibrado, más justo y más acorde con las aspiraciones de los pueblos del Sur Global.

Fue una decisión de Estado, tomada con la convicción de que Honduras debía ampliar su horizonte, diversificar sus vínculos y ejercer plenamente su derecho soberano a decidir con quién y cómo relacionarse en el mundo.

Desde ese momento, trabajamos intensamente para establecer embajada en ambos países, abrir canales de diálogo político, construir vínculos comerciales, académicos y culturales, y acercar dos sociedades que durante demasiado tiempo permanecieron separadas, no solo por la distancia geográfica, sino también por intereses ajenos a las aspiraciones de nuestros pueblos.

En ese camino, la cultura ocupó un lugar central. Por eso hoy presentamos Prisión Verde, una de las grandes obras de la literatura hondureña y latinoamericana. La novela de Ramón Amaya Amador no es solo un relato histórico; es una denuncia lúcida del colonialismo de viejo tipo, de la explotación del trabajo, de los enclaves económicos impuestos desde fuera y de los sistemas políticos diseñados para sostenerlos.

Prisión Verde describe cómo, la promesa de desarrollo, cuando se impone sin soberanía ni justicia social, puede convertirse en una trampa: un círculo de dependencia, pobreza y degradación humana. Pero también narra algo fundamental: el surgimiento de la resistencia, de la conciencia colectiva, del germen de los movimientos sociales que comenzaron a romper ese destino aparentemente inevitable.

Desde esta Embajada consideramos que acercar esta obra al público chino tenía un profundo valor educativo y simbólico. No como ejercicio nostálgico, sino como acto de memoria y reflexión. Por ello impulsamos esta nueva traducción al mandarín, la primera realizada directamente desde el español. Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a la Universidad de Hebei, a Sun Dreamloading (Beijing) Cultural Development Co. Ltd., por su respaldo institucional y financiero, y muy especialmente a las traductoras Zhai Hong y Yan Yi, cuyo rigor, sensibilidad y compromiso hicieron posible esta obra. Este libro está listo para ver la luz gracias a ustedes.

La historia moderna de Honduras ha estado marcada por el peso de los enclaves económicos, por las huellas persistentes de un modelo que subordinó el desarrollo nacional a intereses externos. Y aunque las formas cambian, los riesgos permanecen. Hoy, nuevamente, se presentan caminos distintos ante nuestra sociedad. Uno es el de la independencia, la soberanía y el desarrollo con justicia social. El otro es el de nuevas formas de dependencia, más sofisticadas y más sutiles, que vuelven a prometer bienestar desde fuera, a costa de la autonomía nacional.

La respuesta, para mí, es clara: Honduras necesita decidir libremente su proyecto de desarrollo económico y social, sus alianzas internacionales y su futuro. Ningún país puede prosperar renunciando a su soberanía. Ningún desarrollo es legítimo si no pone en el centro la dignidad humana y la justicia social. Romper definitivamente con la “prisión verde” —real o simbólica— sigue siendo una tarea pendiente.

En este contexto, la relación con China ha ofrecido a Honduras una oportunidad distinta. Una relación basada en los principios de respeto mutuo, igualdad, no injerencia y cooperación Sur–Sur. Como científico, he aprendido a valorar la evidencia y los resultados. En China he visto cómo el conocimiento aplicado, la planificación de largo plazo y la voluntad política pueden transformar realidades en plazos relativamente cortos. Infraestructura, innovación tecnológica, energías limpias, reducción de la pobreza: no como consignas, sino como políticas concretas.

Durante esta gestión trabajamos para que la cooperación se traduzca en capacidades reales para Honduras, en áreas como la energía, la agricultura, la educación, la salud, la cultura y la protección del medio ambiente. Siempre con una premisa clara: la cooperación internacional solo tiene sentido si genera oportunidades concretas para la población.

Hubo también un diálogo profundo entre culturas. La cosmovisión maya, con su relación íntima con la naturaleza, el tiempo y el simbolismo del jade, encontró resonancias notables con las civilizaciones ancestrales chinas, donde el jade ha sido venerado durante milenios como símbolo de virtud, armonía y continuidad. Estos encuentros no son anecdóticos: constituyen puentes de entendimiento profundo entre pueblos que, pese a la distancia geográfica, comparten una visión del mundo basada en el equilibrio y el respeto por la vida.

Uno de los capítulos más cercanos a mi corazón ha sido el trabajo con la comunidad estudiantil hondureña en China. Acompañarlos, orientarlos y apoyarlos, y verlos convertirse en embajadores naturales de su país, ha sido una de las mayores satisfacciones de esta misión. Estoy convencido de que esta generación de hondureños formados en China puede contribuir de manera decisiva a la transformación del país en los años venideros.

Este acto y este libro no son un punto final. Son un testimonio. Las bases están sentadas, los canales abiertos y las oportunidades identificadas. El futuro de esta relación dependerá de la capacidad de Honduras para gestionarla con inteligencia, continuidad y sentido de Estado.

Al concluir mi gestión al frente de la Embajada de Honduras en la República Popular China, deseo expresar mi más profundo agradecimiento a China: a sus autoridades, a sus instituciones, a sus universidades, a sus empresas y, sobre todo, a los amigos chinos que nos acompañaron con generosidad, respeto y confianza en este proceso de apertura histórica. La amistad que hemos construido no es circunstancial; es fruto del diálogo, de la cooperación y del respeto mutuo.

Extiendo también mi gratitud al cuerpo diplomático aquí presente, a los embajadores y representantes de países amigos, a los académicos y a los empresarios que caminaron con nosotros, apostaron por Honduras y creyeron en esta relación cuando apenas comenzaba a tomar forma. Su acompañamiento fue una señal clara de que estábamos transitando el camino correcto.

Y permítanme, finalmente, un agradecimiento profundamente personal. Nada de este trabajo habría sido posible sin el equipo humano extraordinario que me acompañó día a día en esta misión.

Más que un equipo, fueron una verdadera familia. En los momentos de mayor exigencia, de incertidumbre o de cansancio, encontré en ustedes compromiso, lealtad, calidez humana y un profundo sentido del deber. Este proyecto fue colectivo, y el mérito es compartido.

A Melvin, Jhoiner, Isabela y Maricarmen; y a nuestras colaboradoras chinas Silvia, Isabel, Shaojie y Eloísa: gracias.

Mi mayor esperanza es que Honduras sepa escoger siempre el camino que mejor sirva a su pueblo, amparada por las fuerzas que hoy representan el futuro y no la repetición del pasado. Qué Prisión Verde quede como memoria de lo que no debe volver a ser, y que la relación entre Honduras y China contribuya a construir un país más justo, más soberano y más humano.

Muchas gracias.