
Una empresa asociativa campesina del norte de Honduras muestra cómo el tener acceso a la tierra, producir y comercializar productos armónicos con el cuido de la tierra puede empoderar a las comunidades mientras obtienen beneficios. Conoce la historia de El Paraíso la cooperativa campesina donde hombres y mujeres siembran, producen y comercializan en El Progreso, Yoro.
Tras 25 años laborando en la industria maquiladora, Ana González se armó de valor y renunció. El dolor en los hombros y venas, que la postraba en cama por días, fue la causa de esa decisión difícil, tomada pese a la necesidad económica en su hogar.
Ana inició en la maquila con apenas 14 años, una niña obligada a sostenerse a sí misma y a su familia. Veinticinco años después, la empresa la dejó enferma y sin recursos para tratar sus dolencias. Fue imposible obtener un diagnóstico de enfermedad profesional, salió sin derechos, sin juventud ni responsabilidad asumida por la empresa o el Estado.
Estar enferma, sin empleo y con dos hijos que alimentar la motivó a unirse a los esfuerzos organizativos de mujeres y hombres de su comunidad, Juan Ramón Molina, en el municipio de El Progreso, Yoro, al norte de Honduras. Aunque el grupo se organizó desde 1992, fue hasta 2014 cuando el Instituto Nacional Agrario (INA) les otorgó permiso para trabajar tierras en las faldas de la Montaña Mico Quemado.
Desde entonces, las 11 mujeres y 11 hombres —un total de 22 socios— cultivan maíz, cacao, plátanos y árboles frutales para sustentar sus hogares sin explotar la tierra ni dañar el ambiente.
Con los años, el grupo se consolidó e inició procesos de formación en preservación del suelo, reforestación y agroecología. “Siempre tuvimos claro que nuestra misión era cultivar la tierra para obtener alimentos, sin descuidar esta hermosa montaña, reserva de agua que nutre nuestro municipio”, dice Ana.

Han pasado 13 años desde la conformación de la Empresa Asociativa Campesina y de Producción El Paraíso. Ana y sus compañeros relataron con orgullo al programa Foros Populares de Radio Progreso los logros desde sus inicios; hoy, además de sembrar y cosechar, transforman materia prima y comercializan productos.
“El propósito de nosotras, además de estar organizadas, es entrar en la cadena de valor, trabajamos la materia prima, producimos y elaboramos productos que distribuimos entre vecinos y pequeños comercios cercanos al sector”, explica Azusena Sabillón, socia y representante legal del grupo.
Esa mañana fresca, encontramos a las mujeres tostando maíz tizate, cacao (para elaborar el chocopinol) y friendo tajadas de plátano, todo de su propia cosecha. “Han sido momentos difíciles, pero hoy nos alegra dónde estamos. Iniciamos por necesidad de trabajar la tierra y conservar la Montaña Mico Quemado; al acercarnos, supimos que estábamos llamados a cuidarla porque es la fuente de agua para todo el sector. Estamos convencidos de que nos corresponde proteger agua, suelo y bosque”, comenta Azusena, o Susy como le dicen cariñosamente sus amigas campesinas.

En Honduras, las Empresas Asociativas Campesinas son organizaciones productivas de beneficiarios de la reforma agraria, dedicadas a la producción, transformación y comercialización agropecuaria bajo gestión colectiva. Según ley, corresponde al INA, en coordinación con la sociedad civil o sector privado, impulsar esta economía local, la seguridad alimentaria y la equidad de género rural.
Hoy son clave en la producción de granos básicos y desarrollo rural abriendo mercados a pequeños productores y elevan ingresos familiares.
Alexis Martínez, economista y promotor social de ERIC (Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación), ve en la empresa El Paraíso un nuevo modelo económico inclusivo. El actual excluye a mujeres; estos grupos campesinos, cajas rurales y cooperativas diversifican ganancias con participación equitativa.
“El Paraíso, con gran aporte de las mujeres, apuesta por la ecología integral, va más allá de organizarse, es cuidar el bosque, los ríos y especies, fortaleciendo producción”, afirmó Alexis.
La Empresa Asociativa Campesina El Paraíso ejemplifica el cuidado ambiental, la producción alimentaria y comercialización justa, eliminando intermediarios que acaparan ganancias.
“Cada actividad en el campo protege el ambiente. El cacao es amigable; tenemos biofábrica propia para abonos orgánicos, evitando químicos en los suelos de esta montaña vital para los progreseños”, explica Azusena.
Esa mañana fresca encontramos a Ana, Susy y el resto de los socios y socias tostando maíz tizate y cacao para la elaboración de chocopinol y en la producción de tajadas de plátano, ambos productos reconocidos ya entre los consumidores del municipio.
“Hemos ampliado saberes, ahora sabemos más sobre finanzas, administración y producción orgánica, todo con miras a avanzar hacia la exportación de nuestros ricos y saludables productos”, dice Susy con ilusión.

El resto de los socios nos comenta que como organización dividen tareas. Unos van a la siembra a trabajar en el campo sin olvidar la protección ambiental, otros a la producción y venta. Los socios rotan desde el campo hasta distribución.
“Hemos formado tres grupos de trabajo. Los fines de semana subimos todos a la finca; pero si entre semana toca ir por alguna emergencia, como cosechar el limón, acudimos. Así equilibramos campo y elaboración o producción”, detalla Ana.
El Paraíso busca mejorar en la comercialización y ubicar puntos estratégicos de venta. Sus productos a base de cacao —cremas, vino, exfoliantes, dulces, chocolate— son orgánicos y promueven soberanía alimentaria con equidad de género, autonomía económica y cuidado de la casa común.