

Julio confronta dos visiones de país
En este mes de julio se han cruzado dos realidades profundamente irreconciliables. Por un lado, se alzan la expresión de identidad, la defensa del territorio y la soberanía impulsadas por los pueblos originarios lencas, garífunas, así como por los sectores campesinos y populares. Por el otro, aparece la negación de esa identidad y la amenaza directa contra ella, encarnada en la estructura política articulada alrededor del Partido Nacional, que pone en riesgo a toda la sociedad con la posibilidad del retorno de Juan Orlando Hernández.
Ese retorno simboliza lo antinacional: el miedo, la represión y la criminalidad organizada desde el Estado. A su vez, representa una nueva pérdida de soberanía, al reactivar los intereses invasivos e intervencionistas del gobierno estadounidense presidido por Donald Trump. Se trata de dos realidades opuestas: una de luz y otra de tinieblas.
Las manifestaciones desarrolladas a lo largo de julio por organizaciones originarias, campesinas y populares de Honduras constituyen una luz que ilumina el camino de la rebeldía y la resistencia frente a las amenazas imperiales y a las élites corruptas y criminales. Hemos sido testigos de movilizaciones en distintos puntos del territorio nacional, con niveles de organización y sincronización que evidencian un alto compromiso y una profunda conciencia por parte de las diversas organizaciones.
Estas acciones se han expresado con firmeza, pero también con responsabilidad, sin provocaciones, lo cual demuestra el crecimiento de una conciencia cívica y pacífica en una ciudadanía que asume cada vez más su deber de alzar la voz, ejercer presión y exigir justicia. La otra realidad, en cambio, nos remite a la ignominia: a las perversidades organizadas por élites que concentran toda su energía en hacer negocios en alianza con multinacionales extractivas, pisoteando los derechos y las demandas de los sectores más empobrecidos.
Son, en efecto, dos realidades y dos visiones enfrentadas. Muchas personas, incluso de buena voluntad, pero con una débil conciencia de identidad, saldrán al compás de la bandera del oprobio, mientras la maquinaria mediática corporativa exaltará la algarabía de una población manipulada.
Sin embargo, existe la otra Honduras: la que nace de la fuerza ancestral y de las luchas originarias. En ella late el corazón vibrante del pueblo hondureño, y en ella descansa la posibilidad de una historia futura basada en la justicia y la dignidad.

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