Jueves, 10 de septiembre 2026  

El camino que Honduras no puede enterrar

A dos años de su asesinato, Honduras sigue respirando la presencia y el legado de Juan López. Su partida nos dejó un vacío inmenso, pero también un camino trazado con valentía.

Tras el crimen, la prensa corporativa cumplió su libreto habitual: lo colocaron en las portadas por unos días para luego sepultar su nombre en el olvido, tal como lo hicieron antes con nuestra compañera Berta Cáceres. Pero al profeta del pueblo no se le entierra; al profeta se le siembra.

Juan vivió para entregarse por completo. Puso su fuerza física al frente de la defensa comunitaria del Parque Nacional Carlos Escaleras, y puso su lucidez intelectual al servicio de las mayorías. Soñaba con instituciones públicas transparentes y con una iglesia sencilla, con las puertas abiertas a los descartados por el capital. Juan lo entregó todo por pura gratuidad.

Quienes caminaron junto a Juan recuerdan su coherencia diaria. No había espacio en él para el egoísmo, la comodidad o el odio destructivo. Abundan en el Valle del Aguán las historias de viajes a Tegucigalpa a las dos de la mañana, con las bolsas vacías de dinero, pero el corazón lleno de convicción y apenas unas tortillas con queso para engañar el hambre en el camino.

Esa sencillez contrastaba con su inmensa dignidad para enfrentar las constantes amenazas que recibía de los representantes de la minera Inversiones Los Pinares. Juan dignificó la política. Como regidor municipal de Tocoa, demostró que la función pública puede ser honesta y humilde. Como dijo un compañero frente a su cuerpo: «Juan fue un compa de verdad».

Su liderazgo ético sembró el miedo entre los poderosos. Fue temido por los dueños de las minas, por los corruptos que dirigen lo público y por el crimen organizado, que en el Aguán operan como una misma fuerza. Sabiendo el peligro que corría, Juan preparó a su propia familia para la despedida en los momentos más difíciles. Y preparó también a su iglesia local para ser refugio, trinchera y raíz de la lucha por el Parque Carlos Escaleras.

Inspirado en el Evangelio, Juan contagió de esperanza a otros pastores de la iglesia. Radicalizó su alma en la humildad y la ternura, convencido de que no hay fe verdadera si no se lucha por cambios estructurales. Esa fue la razón de su vida, y así lo dejó escrito. Parafraseando a los mártires de nuestra América, con Juan López, Dios pasó por Honduras. Dios pasó por el Valle del Aguán. Juan fue crucificado, sí, pero ha bajado de la cruz para seguir caminando con su pueblo por el agua, por el bosque y por la tierra. Juan no es el pasado. Es siembra, es resurrección, es lucha.

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