A la luz del Evangelio, toda política que se sostenga en el miedo, la exclusión, la mentira electoral, la represión de los pueblos y la subordinación de las naciones a intereses imperiales, se coloca en contradicción con el proyecto del Reino de Dios.

Cuando gobiernos y poderes internacionales como el de Trump con su Secretario de Estado, Marco Rubio, promueven alianzas autoritarias, leyes antiinmigrantes, persecuciones ideológicas y estructuras económicas que entregan la soberanía de los pueblos a élites corruptas y a corporaciones multinacionales, no estamos ante simples decisiones geopolíticas: estamos ante pecado estructural, porque se hiere la dignidad humana, se desprecia la verdad y se sacrifica la vida de las mayorías, especialmente de campesinos, indígenas, migrantes y empobrecidos.

Desde nuestra fe, afirmamos que Dios no bendice la opresión ni escudos que protegen intereses imperiales y utilizan a los gobiernos latinoamericanos para que sean serviles ante decisiones racistas y actúen en contra del derecho de los pueblos a reclamar y exigir justicia. El Señor escucha el clamor de su pueblo, como escuchó en Egipto el sufrimiento de los esclavizados. El Dios de Jesucristo no se alía con los poderosos que construyen su seguridad sobre el dolor ajeno, sino que camina con las víctimas, sostiene a quienes resisten y desenmascara todo poder que pretende absolutizarse.

Ningún proyecto político fundado en el autoritarismo, el racismo, el despojo territorial, el anticomunismo usado como excusa para aplastar derechos, o la criminalización de la migración, puede presentarse como compatible con el Evangelio del amor, la justicia y la misericordia. El Señor de los amaneceres no abandona a los pobres.

Él recoge sus lágrimas, escucha sus clamores y hace suya la causa de quienes son perseguidos, desplazados o silenciados. Mientras acompaña y consuela a su pueblo, también anuncia una promesa: el futuro no pertenece a los imperios, ni a las amenazas, ni a los opresores. El futuro de Dios es de paz con justicia, de dignidad para los pueblos, de tierra cuidada como casa común, de soberanía respetada, de comunidades vivas y de fraternidad entre las naciones.

Por eso la Iglesia, si quiere ser fiel a su Señor, está llamada no a justificar esos sistemas, sino a denunciar la idolatría del poder y del dinero, a defender a las víctimas y a anunciar, aun en medio de la noche, que vendrá un amanecer nuevo.