

Corrupción
La corrupción es una realidad que ha penetrado todos los ámbitos de nuestras sociedad, y a estas alturas nadie puede tirar la piedra a los demás sin verse primero la suciedad que lleva dentro de su propia vida. Solo revisándose uno primero, podremos entonces identificar quiénes tienen mayor responsabilidad en la dinámica de la corrupción.
Existen corrupciones de diferentes clases y en distintos ámbitos y que, como los ríos, las hay caudalosas, medianas y más chiquitas. Sin embargo, la más perniciosa de las corrupciones, la que afecta a la vida política y a las instituciones del Estado, es la que se llama corrupción patrimonial que en esencia significa utilizar el poder político como medio de enriquecimiento ilícito. Es usar los bienes públicos con la mentalidad de acaparar y derrochar. Eso es robo público.
Esta corrupción implica, que quienes la usan y practican son quienes acceden al poder político, sean en alcaldías, diputaciones, ministerios o en instituciones de justicia para fines distintos al de la función para la cual esas instancias fueron creadas, que es la de servir a intereses de la comunidad.
La corrupción patrimonial tiene unas características propias. Quien las práctica no es un delincuente callejero ni vive en las casas pobres de la aldea o en un barrio marginal. Al contrario, reside en zonas elegantes, es persona conocida y pasa y se presenta como honrada. Participa en los actos sociales importantes; puede que pertenezca a clubes o asociaciones que integran «las fuerzas vivas» de la sociedad. Se escuda en su cargo, y cuenta con gente incondicional que hace aparecer sus robos como inversiones transparentes, e invierte en medios de comunicación para que adulen y oculten sus prácticas corruptas.
Lo normal es que según el lugar en donde vivamos, siempre nos encontraremos con esa corrupción patrimonial encarnada en un devoto católico, en un dedicado político del partido tal o del partido cual, que se acerca a nosotros para hablarnos con pasión sobre cómo sacar al país de la crisis, y a veces hasta empuña las manos para asegurar que combatirá la corrupción, como una de sus medidas urgentes a tomar.
De esta corrupción es la que abunda en nuestro empobrecido país, y de esos delincuentes es de los que con frecuencia se nutren las altas dirigencias de los partidos políticos, los funcionarios públicos, los gremios de la gran empresa privada, de las directivas de fútbol, de las asociaciones de las llamadas fuerzas vivas de la sociedad, y de las dirigencias de algunas de las iglesias que deambulan por nuestras principales ciudades del país.
Ninguna propuesta de transformación de la sociedad será fructífera mientras exista el pernicioso fenómeno de la corrupción., y quienes lo combatan serán denigrados y su vida correrá peligro. Luchar contra la corrupción ha de cruzar instituciones, leyes y procesos judiciales en contra de la gente involucrada en hechos y redes de corrupción. Y ha de pasar por procesos que conduzcan a cambios de actitud para que crezcan nuevas generaciones que conformen un nuevo sujeto humano y social comprometido con la ética y la política.

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