Miércoles, 27 de mayo 2026  

Sacar ventajas de las necesidades de la gente

Utilizar el hambre, la enfermedad, la falta de empleo, la falta de educación o la desesperación como instrumentos para obtener obediencia, apoyo político, silencio o gratitud obligada, constituye una de las expresiones más crueles del abuso de poder. La pobreza, en vez de ser enfrentada con justicia, se convierte así en un mecanismo de control.

Esta práctica resulta especialmente peligrosa porque corrompe el sentido mismo de la asistencia y del servicio público, y convierte la asistencia en una práctica oprobiosa de corrupción, porque hace uso perverso de las necesidades de la gente. Quien dice ayudar, en realidad somete. Los bienes básicos pasan a presentarse como favores concedidos por quienes dominan.

La gente pobre y humilde ya no es vista como sujeto de derechos, sino como un instrumento útil, alguien cuya necesidad puede ser explotada para obtener lealtades, votos, adhesiones o sumisión. Las consecuencias son devastadoras. En primer lugar, se degrada la libertad de conciencia, porque una persona empujada por la urgencia extrema difícilmente puede decidir con plena autonomía. Donde hay miedo a perder un alimento, un medicamento o un empleo, la libertad queda herida.

En segundo lugar, se destruye la confianza social: las instituciones dejan de percibirse como espacios de justicia y se convierten en máquinas de clientelismo, chantaje y dependencia. En tercer lugar, se perpetúa la pobreza, porque quienes manipulan no les interesa resolverla de raíz, sino administrarla como fuente de poder.

Una sociedad que tolera que las carencias materiales sean usadas para capturar conciencias termina normalizando la humillación de los oprimidos, y esas carencias se convierten en un factor decisivo para justificar la corrupción política patrimonial. Y cuando la humillación se vuelve costumbre, la democracia se vacía de contenido, porque l responsabilidad es sustituida por el servilismo.

El pobre no elige: sobrevive. Y una comunidad donde la supervivencia sustituye a la libertad está moralmente enferma, acaba alimentando la mentalidad y cultura del rebusque. Por eso, es indispensable afirmar con claridad que ninguna necesidad humana debe ser convertida en moneda de manipulación. La ayuda auténtica libera; no somete.

La política y la acción social solo son legítimas cuando buscan ampliar la autonomía de las personas, no secuestrarla. Defender a los oprimidos de esta forma de abuso no es un gesto de compasión, sino una exigencia elemental de justicia. Allí donde alguien utiliza la miseria ajena para gobernar conciencias, no hay solidaridad: hay explotación. Y frente a eso, toda sociedad decente tiene el deber de indignarse y de poner límites.

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