

Construir patria: del falso brillo a la dignidad de la tierra
Cada septiembre, el rataplán monótono de los tambores y el despliegue de desfiles escolares, palillonas y demostraciones militares pretenden convencernos de que habitamos una patria soberana. Llevamos ya 205 años repitiendo este ritual; más de dos siglos de una independencia celebrada con fervor en las alturas, pero que en la realidad cotidiana se traduce en un grito esquizofrénico de una patria que sigue ausente para las grandes mayorías.
Detrás del brillo artificial de las fiestas cívicas, la Honduras real muestra su rasgo más persistente: la dolorosa ausencia de libertad, de soberanía y de verdadera independencia.
Históricamente, el sistema educativo y oficial se ha encargado de domesticar el sentimiento patrio. Nos enseñaron a reverenciar el símbolo de la bandera, pero nos ocultaron la urgencia de defender el bosque; nos entrenaron para marchar con paso militar, pero no para defender la vida; nos hicieron cantar el himno nacional de memoria, despojándonos de la capacidad de defender nuestros propios territorios.
La contradicción es profunda y violenta. Mientras las élites políticas, empresariales y militares financian estas fastuosas celebraciones e inflan el pecho cantando el himno, de manera simultánea despojan a las comunidades. En nombre de esa misma patria, persiguen, amenazan y asesinan a lideresas y líderes indígenas y campesinos. Montan aparatosas campañas mediáticas de orgullo nacional mientras, a puertas cerradas, se reparten las instituciones públicas y aprueban leyes a la medida de las élites agroindustriales.
Sin embargo, frente a este patriotismo de vitrina y despojo, emerge la verdadera patria construida desde los márgenes por quienes han sido históricamente excluidos. Hoy, el falso brillo de los desfiles militares es opacado por la luz de la dignidad organizada. Lo vemos en el pueblo Garífuna, que llega a la capital no con los tambores de la guerra, sino con los tambores de la resistencia activa frente a las amenazas que acechan sus territorios. Lo vemos en los campesinos del Aguán, alzando la bandera nacional no como un adorno de desfile, sino como un estandarte de lucha en la recuperación de las tierras que les fueron usurpadas hace 35 años por empresarios amparados en la fuerza de las armas. Y lo vemos en el occidente, donde el pueblo Lenca construye soberanía exigiendo justicia para Berta Cáceres y fortaleciendo sus asambleas comunitarias.
Estas comunidades nos están dando una lección histórica irreversible: la patria no se edifica con desfiles ni fanfarrias. La patria y la soberanía se construyen defendiendo el río, la montaña y la comunidad. Soberanía es, en esencia, la capacidad real de un pueblo para ejercer el control sobre sus riquezas y tomar decisiones basadas en sus propias necesidades. Solo cuando la bandera y el himno dejen de ser un fetiche estatal y se conviertan en herramientas de unión para la defensa de la vida y el territorio, podremos empezar a hablar, finalmente, de una patria libre.
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