

Los incesantes y desgastantes reinicios
Altos funcionarios públicos son del convencimiento de que, si un partido ganó las elecciones, tiene el pleno derecho de colocar a sus activistas en los diversos puestos públicos, ya no solo en las altas posiciones, sino en todos los niveles, desde los más altos a los más bajos. Porque precisamente por eso ganó, porque va a gobierna ron su gente.
Así se ve normal que, una vez que se ha hecho el cambio de gobierno, las oficinas públicas, incluyendo el personal de aseo, motoristas, conserjes, y todo tipo de empleados de base, sean despedidos porque detrás de ellos hay una larga fila del partido en el gobierno que está esperando su turno. Esto es así porque se entiende que el gobierno es empleador de activistas.
El actual gobierno se ha cuidado de hacerlo todo bajo apariencia de la legalidad. El Congreso Nacional aprobó bajo decreto el despido de los empleados contratados en los últimos dos años. Es decir, barrida, de un color se pasa a otro color. En esto no importan competencias, capacidades, experiencias, honestidades y profesiones. Importa cuánto la gente sudó la camiseta en la campaña electoral.
Esto vale para cualquiera de los partidos, sin excepción. En el caso de la actual administración que apenas está todavía estrenándose, el reparto ha sido entre el color azul y el colorado, en base a una alianza, ya no solo bipartidista, sino entre los toros de corrientes internas. El partido Nacional dice que está iniciando una administración de integración, pero en los hechos lo que está ocurriendo es un reparto de puestos entre los grandes definidores de las corrientes con más poder. Y ese reparto se da en cascada. Viene desde las mayores alturas hasta expresarse en el “pueblo pobre, bajo, municipal y espeso”, que nos dijo el poeta.
Lo cierto es que el país se inventa cada cuatro años, o cada vez que hay cambio de partido. Todo comienza de nuevo, como si no hubo historia, como si la historia comienza en un nacer incesante de desgaste. La historia parece comenzar, pero en apariencia, con la rotación de puestos públicos, pero en los hechos se reedita la misma corruptela de toda la historia de la politiquería. Y se reedita el dicho que nació en aquellos aciagos tiempos de Callejas: “No te pido que me des, sino que me pongas donde hay”. Así va la vida en nuestra maltrecha patria, con su democracia en harapos.
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