
Omar Palacios
Fomentar el arte, crear cultura, construir identidad en nuestra Guaymuras, debe ser una tarea dura. Javier Hernández y Verónica Membreño, ambos nativos de Tehuma, San Manuel, han edificado una familia dedicada a esas altas misiones.
Tras leer sobre la poesía habitando exclusivamente en lugares con alma, he constatado su hermosa presencia en el hogar de Javier y Verónica.
Javier escribe desde niño. Siendo adolescente, le leí un poema -extraviado hace años- llamado Flores Nocturnas, y según recuerdo, era un tributo al amor que trascendía la muerte.
Publicó en el 2008 el libro “Canto de las Estaciones”, y tiene otro en el horno. Está trabajando sobre la historia Tehumeña rescatando testimonios orales de personajes locales con memoria privilegiadas como Doña Corina Palma y de otros aún con vida.
Durante sus estudios de letras en la Universidad Pedagógica Nacional, Javier ganó dos veces concursos de poesía con “Distancia” y el poema “número III de la primavera”.
Javier también compone canciones, con una fuerte identidad Tehuma, ese caluroso terruño, tan fértil para cultivos y tan duro para la poesía.
De las varias melodías conocidas hay al menos dos dedicadas al río Ulúa, ese maremágnum dador de vida, el cual pasa a dos kilómetros de la cabecera urbana y quien moja al setenta por ciento del territorio cuando se desborda. “Ese que pasa cantando/ mientras le besa la cintura”, tiene ritmo de himno y ha sido difundido entre las escuelas y colegios, lo cual me alegra, para que nuestra niñez lo aprecie, no solo como playa refrescante en días de abril. Hay otra titulada “Ulúa, canción de amor”, donde se narra una aventura de amor impedida por el río: “Y me volví pescador, por eso me vengo al río / Por eso me vengo al río para ver si yo la miro/ Ulúa canción de amor, y de peces coloridos / Ulúa si la conoces, dile que vuelva conmigo”.
Este río, de origen divino para los ancestros, es vital en mi pueblo, marca la historia de quienes hemos nacido allí y solo Javier ha logrado integrarlo a la identidad local, a través de diálogos muy íntimos con este raudal.
Javier también pinta en colorido, no solo para distraer sus tristezas sino para hacer presente añejas nostalgias, como la fachada original de nuestra iglesia católica, construida a principios del siglo XX, quizás entre 1910 y 1940 y que, según algunos, fue finalizada por el alcalde Pablo Moya G. en 1938. Su única fachada fue perdida en la última remodelación y quedó oculta detrás del templo actual. Algún día deberíamos recuperarla, para construir eso llamado patrimonio cultural, vital para conectar emocionalmente el presente con el pasado.
Este cuadro al óleo además contiene un perfil de las raíces culturales de San Manuel, con sus gajos de banano, la silueta de Doña Tina Pajarita, mayordoma por muchos años, de los recordados hermanos Tinón (cargando un racimo) y de Alonso Martínez, un ciudadano hacelotodo en el pueblo y eterno lanzador de cohetes de pólvora detonante en las ferias locales. Detrás de la imagen de la ermita luce el edificio de la cooperativa CASMUL, quienes han sido base de la economía lugareña. También incluye a la banda de Goascorán, esos mismos músicos allegados en los septiembres o primeros de enero para animarnos alegremente todo el santo día, y que yo interpreto como homenaje a la vocación bailarina de nuestra gente, pues allí si no sabes bailar no consigues novia. Feliz destino ha tenido este icónico cuadro, pues ya ha viajado en el mundo, para exhibirse en la sala de los hogares donde viven los paisanos, al menos tres en la “Yusa” (EE.UU.), otros dos en las Españas y más circulando en estas Honduras.
Además, Javier Hernández ha sido orgánico en cuanto a fomentar grupos de cultura en nuestro pueblo, ya sea trabajando con nuestra niñez, o lidiando con incultos alcaldes convencidos de vivir solo de pan.
Ha fundado el grupo Pueblo (1988), y para hacer Teatro el grupo Los Tecomates (1989) y para musicales, creó Los Compas, un grupo que reúne a jóvenes talentos del casco urbano. También con Vero, han convertido al Centro de Educación Básico Ramón Martínez Alfaro en una sucursal de su arte, enseñando la escritura correcta, cuentos, poemas y de cualquier género literario. También los alfabetizan en sus primeras pinturas y en el valor de amar la naturaleza y el entorno cultural, de modo que además de docentes ejercen un apostolado apasionado desde esa trinchera cultural.
Y con toda esta admirable trayectoria, hay otro legado de mi mayor admiración. Conozco varios artistas destacados y suelen ser estrellas de su propio universo, sin consecuencias sobre su descendencia o comunidad.
Javier y Verónica han logrado inspirar a sus dos hijos, Dante y Héctor y a sus dos hijas, Rocío y Lavinia, a emular sus artes y a volverlas razón de vida. Rocío y Lavinia cantan con dulce ritmo, amenizando las notas de guitarra de su padre o de sus hermanos.
Lavinia, acaba de publicar su libro “Musa de los Atormentados” y ha sido presentado en el prestigioso festival internacional de Poesía Los Confines, en Gracias, Lempira. En otro pueblo, la recibiríamos con caravanas y pólvora a su regreso de Gracias, pero ese honor aquí se reserva al fútbol y a los políticos que cada cuatro años, desgobiernan el país. Sabemos que Lavinia solo ha comenzado y pronto el país recibirá más de sus letras.
Héctor toca la guitarra y también es pintor, especializado en rostros y murales, y al margen de su oficio cursa ahora estudios universitarios. Una vez, en una de las peñas, Javier nos dijo, “esto de cantar bien es tan auto exigente, que me sentí obligado a procrearlos para que lo hicieran como yo esperaba”.
Verónica como docente es líder en su gremio, y su gestión en su centro educativo público es sobresaliente en los temas culturales, inspirando además a las madres de familia a preferir ese centro, por sobre los tradicionales. Siembran esperanzas y más temprano que tarde, las letras serán apreciadas en esa patria pequeña a la cual prefiero llamar Tehuma, patio de Cicumba, Señor del Ulúa.
Cuando uno entra en el hogar de esta querida familia, se observa arte por todos lados, desde el corredor en el cual la imagen de un corcel sobre una madera nos da la bienvenida, pasando por la sala, llena de pinturas al óleo e inclusive, el corredor del traspatio, que es taller de pinturas, comedor y centro de reunión familiar y con los amigos. Hasta sus mascotas tienen nombres artísticos, de modo que Ringo el gato, murió por heridas propinadas por Cubano, otro gato al que quizás no le gustaban los Beatles. Frida es la perrita, en honor a la famosa pintora mexicana, que allí sobrevive retratada en movimiento.
Un hogar, una familia, de la cual han salido al menos cinco libros, decenas de canciones alusivas a la identidad local y poesía nacional, formadores de centenares de almas, un real altar a la cultura Tehuma.
Ojalá los timbres de sus voces, sus acuarelas de pinturas, las tiernas palabras de sus poemas y las siembras hechas en la educación nos sigan llenando de alegría y realización espiritual, aún en el árido yermo que aún es San Manuel.