Ramón Romero

Les conocí. Fueron mis compañeros. Algunos, mis amigos. Los asesinaron cuando miles de campesinos iniciaban la Marcha del Hambre, desde todos los rumbos de Honduras, con el propósito de concentrarse en Tegucigalpa para exigir al Estado la entrega de tierras de la reforma agraria. Unos cayeron en el Centro de Capacitación Campesina Santa Clara, en Juticalpa; otros en el Valle de Lepaguare, en el aserradero “Pecas Dos” y en la hacienda “Los Horcones”. En un mismo día, el 25 de junio de 1975, fueron asesinados 14 seres humanos, cuyas vidas eran valiosísimas y preciosas. Sus cadáveres fueron arrojados en un pozo de malacate que luego dinamitaron, para borrar huellas. A la mañana siguiente la versión oficial fue que los detenidos se fugaron de la prisión y se internaron en las montañas, para sembrar el terror de las guerrillas.
Olancho, después de varios años de avance en la organización popular y la concientización social y política que promovieron la iglesia, los movimientos social cristianos y la democracia cristiana era, en esa época, la región de más agudos enfrentamientos entre campesinos y latifundistas. Así, 3 años atrás, en 1972, había sido la masacre en La Talanquera, una aldea cercana a Juticalpa, donde a manos de militares, por instigación de los terratenientes, fueron asesinados seis campesinos cuando ejecutaban una toma de tierras.
El odio ciego de los terratenientes y otros oligarcas que junto a los militares planearon y ejecutaron la masacre del 25 de junio de 1975, les impidió distinguir aquella noche entre quienes participaban en la marcha y otras personas que por casualidad coincidieron en los lugares donde se ejercía la represión asesina. Así, personas ajenas al movimiento de ese día, pero con reconocida conciencia social fueron asesinados junto a los campesinos.
50 años después recuerdo a aquellos mártires con gran sentimiento. Constato además que, de entonces a hoy, las cosas en su esencia casi no han cambiado y seguimos en condiciones de injusticia, quizá hoy con más pobreza que antes. La extrema pobreza y la extrema riqueza han aumentado exponencialmente. Por ello mi manera de honrar su memoria es manteniendo sin claudicar sus ideales de justicia y paz, procurando su concreción histórica.
La lucha por la justicia y la paz en nuestra Honduras tiene antecedentes que remontan siglos. El ciudadano en armas Francisco Morazán afirmó que “prefiero morir con firmeza antes que dejarlo (al país) abandonado al desorden en que desgraciadamente hoy se encuentra.” La primera parte del siglo XX fue época de represiones con graves asesinatos. Después de la masacre que estamos conmemorando, otras han seguido y muchas personas más han sacrificado sus vidas luchando por causas justas y humanas. Amigos como el Padre Guadalupe, Juan Ramón Dermith Mairena, René Bulnes Soleno, Manfredo Velásquez, igual que otros cuya memoria también honramos sin haberles conocido, entre ellos Jeannette Kawas, los mártires de El Astillero, Carlos Luna, Isis Obed Murillo, Elmo Zadluk, Berta Cáceres, los garífunas desaparecidos, los nuevos mártires del Aguan, Juan López y otros, son la evidencia de que a lo largo de los años la miseria y la opresión no han cesado, y que -precisamente por ello- la lucha tampoco ha podido ser sofocada, como siempre pretenden las oligarquías.
Cada uno de nuestros héroes y mártires merecen el más elevado respeto a su memoria. Por ello indigna que hoy, en un acto de mero oportunismo político electoral, los oligarcas y políticos tradicionales -los sucesores de los oligarcas que asesinaron a los mártires de Santa Clara, Pecas Dos y Los Horcones- con sus operadores propagandísticos, se pongan un disfraz que ante el público los acerque a los mártires y, con propósitos aviesos y extraños a las causas populares, pidan que “el gobierno celebre el respectivo acto conmemorativo de ese horrible acto criminal” pretendiendo empañar la culpa de los oligarcas de aquella época, sean quienes hayan sido. Fue un crimen perpetrado por la oligarquía, y tratar de sembrar una idea diferente degrada más a la actual oligarquía, que también tiene en sus manos la sangre de mártires recientes.
Se percibe además una traición a la memoria de los mártires de Olancho, por parte de las organizaciones a las cuales ellos pertenecieron y desde las que lucharon. Tales organizaciones son hoy lo contrario de lo que una vez fueron. La democracia cristiana, en la cual muchos de aquellos mártires militaron, dio su viraje a la derecha a partir de la masacre y 50 años después se presenta a elecciones con una postura no solo de extrema derecha, sino anti nacional, acuerpando el traidor disparate de querer que Honduras sea un estado más de los Estados Unidos. ¡Sinvergüenzas y traidores que siempre pretenden embobar a nuestro pueblo!
Pero la memoria de los mártires se erige impecable e implacable, con plena autoridad moral y patriótica, desenmascarando y poniendo en su lugar a oportunistas y traidores. Más temprano que tarde, el futuro de justicia y paz se abrirá espacio en nuestra patria, y entonces será claro que esa nueva realidad se asienta en la sangre de cada uno de nuestros mártires. Por ello el sacrificio supremo, desde Morazán hasta Juan López, no es en vano.