
Omar Palacios
La actual Honduras sigue polarizada, no sólo en términos políticos sino en su economía de mediocre desempeño, en su profunda pobreza, en sus reiteradas olas de criminalidad que azotan como huracán estacionado a nuestra población. El promedio del crecimiento económico hondureño de los últimos 50 años revela que no ha sido posible traspasar el umbral de 7% mientras apenas la mitad este dígito ha sido el resultado, en cualquier gestión. A pocos días de iniciada una nueva administración gubernamental, hay un sentimiento de aflicción en nuestro pueblo, un galopante costo de vida y cunde la desesperanza.
Desde 2013, tenemos una sociedad política tripartidista, pero infuncional. Y aunque ninguna de estas tres fuerzas es mayoritaria, la colectividad ciudadana independiente no se organiza a pesar de que, si concurre a elecciones y es la que decide a quien confía el poder.
Hay dos señales elocuentes de la polarización nacional, cuasi dogmas, que repiten en el fondo el mismo mensaje descalificador del contrario. Son ampliamente coreadas, tanto por las frías gargantas de “parlamentarios” en el seno del congreso nacional como en los calientes gritos de compatriotas reunidos con fines partidarios en casas, barrios o plazas.
La primera consigna fue “Jamás volverán” con la cual los militantes de LIBRE sentenciaban a los dos partidos tradicionales, como si la delegación del poder recibida para cuatro años fuera una eterna patente de corso. Este primer dogma fue desmontado en noviembre 2025, y aun cuando aquel resultó un proceso eleccionario de baja calidad, se debe decir que dejó expresar un sentimiento popular sobre el partido en el poder.
El segundo dogma fue creado en el bando opuesto. “LIBRE nunca más”. Para colmo, ambos grupos coinciden en dibujarse en grafitis como roedores, esa cruel animalización de la política que tan mal habla de nuestra compartida condición humana. Tocará al soberano decidir si esta segunda consigna será o no desmontada en las próximas contiendas.
La disputa por la presidencia del congreso nacional ocurrida en enero del 2022 exhibió al primer gobierno de LIBRE dividido prematuramente, en dos facciones que no usaron el diálogo como centro político para resolver disidencias internas. Una sección de sus propios diputados, sin definir previamente ningún marco de negociación ni límites propios buscó alianzas bajo el principio que el fin justificaba los medios. Siempre ha habido disputas internas en torno a la presidencia del poder legislativo, pero cuarenta años atrás, las cúpulas liberales y nacionalistas habían delimitado ese marco de negociación, objetivo por el cual todo se admitía excepto buscar los votos del partido contrario para lograr esa presidencia. Carlos Orbin Montoya en enero de 1986 rompió ese marco intrapartidario y concedió un poder del estado -la Corte Suprema de Justicia- al partido contrario a cambio de hacerse elegir presidente del Congreso. Lo logró y aunque acopió el apoyo oficialista del gobierno de Azcona 1986-1990, jamás pudo acceder a la presidencia.
Xiomara Castro primero y Mel –Manuel Zelaya- después, decidieron imponerse en enero 2022 y aunque lo lograron, no pudieron recomponer al partido ni cohesionar su gobierno en el resto de los veloces cuatro años subsiguientes, hasta terminar con la consecuente derrota en noviembre de 2025, aún al margen de la efectividad de la gestión gubernamental.
Esos dos episodios de enero de 1986 y de enero 2022 me recuerdan el momento actual. Una alianza de legisladores de ambos partidos tradicionales ha apostado por esa vieja e inútil estrategia de hegemonizar el poder, la apuesta del todo o nada, a pesar que la historia enseña que, apuestas de suma cero como estas, suelen terminar en la nada. Han condenado a LIBRE a quedarse sin representantes ante el órgano electoral y sin ningún espacio institucional, aunque esos hayan sido producto legítimo del mandato popular de noviembre de 2021. Olvidan que LIBRE lo hizo en enero 2022, que la política es esencialmente diálogo, acuerdos.
En apenas cien días, esa alianza bipartidista muestra alta intolerancia, fuerte avasallamiento y débil espíritu democrático, además de una desconexión de la realidad cotidiana del país. No hacen ningún gesto político hacia la oposición real y han quebrado las tres reglas esenciales en la resolución de conflictos: Sólo hay solución si los contrarios tienen una salida honrosa; no se deben romper puentes y los dos líderes de las bancadas en el poder, imitan la reconocida inhabilidad de Luis Redondo para alcanzar acuerdos. Tampoco hacen el intento de razonar según la perspectiva contraria. Así se prolongan conflictos, así se siembran vientos.
La Honduras de hoy debemos entenderla como un continuum de la polarización, con enormes retos en su desempeño económico y social, una monstruosa criminalidad organizada acechando al Estado Nacional mismo, precarizando su control del territorio, violentando su capacidad de gobierno e impidiéndole ser el gestor de soluciones de la sociedad. Tenemos no un partido, no un gobierno sino un Estado cooptado y es sabido que esa narcoactividad ha permeado a todo nivel reduciendo su soberanía efectiva, impidiéndole ejercer poder supremo a lo interno y fuera en forma independiente.
En este coctel de polarización y extrema pobreza, de crimen organizado pivotando por toda la sociedad, y pasados ya medio siglo sumergidos en esos fangos, deberíamos aprender que no basta una agrupación política, caudillos y ni siquiera un período de gobierno para salir de esas honduras.
Ante un panorama tan agobiante, el esfuerzo nacional debería dirigirse a la búsqueda de acuerdos para salir de la poli crisis, que demanda nuevos paradigmas. Precisamos actores nacionales capaces de imaginar de nuevo y en forma sincera el elemental ejercicio de diálogo entre todas las partes de esta hondureñidad, en cuyo territorio e historia común estamos condenados a entendernos. Madurez cívica, compromiso democrático, construcción de acuerdos de progreso, renovación del contrato social con mínimos consensos deberían ser otra vez términos reincorporados al vocabulario común de la dirigencia en todos los partidos políticos. Debemos alfabetizarnos en la mutua tolerancia, en el respeto al disenso y en la convivencia pacífica de los espacios compartidos donde hemos nacido.
En la Honduras futura, en la que mis hijos deberían vivir, aspiro a que ninguna agrupación política debería ser proscrita, menos demonizada y nadie debería migrar contra su voluntad. El diálogo y el afán de acuerdos deberían ser recalificados y percibidos como necesarios para darle sentido a la política. No veo otra forma de construir patria futura.
A cien días de la administración de Nasry Asfura 2026-2030 Comayagüela, M.D.C. mayo 7- 2026.