Agosto nos invita a detenernos y mirar con seriedad, con amor y con responsabilidad la realidad de nuestra juventud. Nuestra juventud vive golpeada por decisiones y dinámicas que no responden a sus necesidades más profundas.
Ahí están sus clamores: educación de calidad, empleo digno, acceso a la salud, espacios de recreación, respeto a sus derechos, libertad para expresarse, libertad para pensar, libertad para soñar. Y, sin embargo, una y otra vez se encuentran con puertas cerradas, con indiferencia, con exclusión. Se dice que la juventud está en todas partes. Y es verdad.
Está en nuestras colonias, en nuestras aldeas, en nuestras escuelas, en nuestras parroquias, en las calles, en las redes, en los caminos de la migración. Pero aunque está en todas partes, muchas veces no tiene lugar. Se le ve, pero no se le escucha. Se le menciona, pero no se le toma en cuenta. Se le exige, pero no se le acompaña. Y cuando la juventud no encuentra escucha en la familia, en la escuela, en la comunidad o en la Iglesia, busca en otros espacios lo que necesita: reconocimiento, pertenencia, orientación. Por eso muchos jóvenes encuentran en las redes sociales aquello que tantas veces les ha sido negado. Allí hallan modelos, mensajes, referentes.
Pero no siempre esos referentes conducen a la vida. Con frecuencia promueven la lógica del dinero fácil, del éxito rápido, de la apariencia, del individualismo, del “sálvese quien pueda”. Y así se va debilitando el valor del esfuerzo, de la solidaridad, de la comunidad y del bien común. Pero no podemos quedarnos solo lamentando lo que pasa.
La pregunta es más profunda: ¿qué hemos dejado de ofrecer para que tantos jóvenes busquen sentido donde solo encuentran espejismos? ¿Qué responsabilidad tenemos como sociedad, como familias, como instituciones y también como Iglesia? La Iglesia, desde su misión, está llamada no a condenar a la juventud, sino a acompañarla. Está llamada no a hablar desde lejos, sino a caminar a su lado. Está llamada no a temer sus preguntas, sino a escucharlas con humildad. Porque los jóvenes no son un problema. Son una esperanza herida, sí, pero también una fuerza viva que puede transformar la historia.
El papa Francisco nos lo ha recordado con palabras que deben interpelarnos profundamente: “Los jóvenes no son el futuro, son el presente de Dios”. Qué grande verdad. Los jóvenes no pueden seguir siendo tratados como una promesa lejana, mientras en el presente se les cierran caminos. Son presente. Son rostro concreto de este pueblo. Son parte viva de la Iglesia. Son semilla de cambio en la sociedad. Y también el papa Francisco les dijo: “Hagan lío”. No para promover el caos, sino para despertar conciencias, para no resignarse, para no aceptar como normal la injusticia, la corrupción, la pobreza y la exclusión. Esa palabra es una invitación a que los jóvenes no se queden callados, pero también es una llamada a nosotros, para no tener miedo de una juventud crítica, inquieta, valiente y comprometida.
La Iglesia de hoy, en fidelidad al Evangelio y en continuidad con el llamado de sus pastores, debe seguir abriendo espacios reales para que la juventud participe, discierna, se forme y sea protagonista. Se necesita cercanía verdadera. Se necesita una pastoral que escuche, que forme conciencia, que anime la participación y que se comprometa con la dignidad de los jóvenes, especialmente de los más pobres.
Y cuando miramos la realidad hondureña, esta llamada se vuelve todavía más urgente. Porque nuestros jóvenes no están creciendo en un vacío. Están creciendo en medio de la pobreza, de la violencia, del desempleo, de la migración forzada, de la falta de oportunidades, de la desconfianza en las instituciones y del dolor de tantas familias fracturadas. Muchos jóvenes viven con miedo. Muchos viven sin horizontes claros. Muchos se levantan cada día preguntándose si vale la pena seguir luchando. Esa es la herida más grande de un país: cuando su juventud comienza a perder la esperanza. Por eso hoy tenemos que preguntarnos con sinceridad: ¿Estamos dispuestos a salir de nuestros espacios seguros y entrar en sus realidades concretas? ¿Estamos dispuestos a defender sus derechos, a abrir oportunidades, a caminar con ellos y con ellas cuando el camino se vuelve incierto?
Desde nuestra fe, no podemos permanecer indiferentes. Creer en Jesucristo significa comprometernos con la vida concreta de nuestro pueblo. Significa ponernos del lado de quienes sufren. Significa denunciar todo aquello que destruye la dignidad humana. Y significa también anunciar que otra realidad es posible cuando nos organizamos, cuando caminamos juntos y cuando ponemos en el centro la vida de los más vulnerables.
Una fe comprometida con la transformación social se compromete con cambios reales. No basta decirles a los jóvenes que recen; hay que defender su derecho a estudiar, a trabajar, a expresarse, a participar y a vivir sin miedo. No basta decir que son importantes; hay que demostrarlo con opciones concretas, con presencia, con escucha y con compromiso.
La juventud hondureña no necesita lástima. Necesita confianza. No necesita ser utilizada. Necesita ser reconocida. No necesita una Iglesia lejana. Necesita una Iglesia cercana, valiente, humilde y profética, capaz de caminar con ella y de creer en su fuerza transformadora. Cerramos este enfoque de fe con estas sencillas y firmes palabras: donde un joven recupera la esperanza, allí comienza a renacer también la esperanza de un pueblo entero.