La familia es sin duda nuestro referente esencial. Ha sido el lugar en donde aprendemos los primeros valores y desde donde podemos ver la vida, el presente y el futuro desde nuestra identidad personal y cultural.
La familia está en profunda crisis. No por ella misma, sino en ella se carga una de las mayores consecuencias del modelo basado en el consumismo, el productivismo, la acumulación y las desigualdades. La familia es víctima, no responsable de los deterioros actuales. Y esta crisis se acentúa con la fuerza que adquieren las redes sociales como definidoras de la conciencia de la niñes y de la juventud. De ahí la necesidad de reflexionar este tema de la familia desde nuestra mirada de fe.
En Marcos 3, 31-35, encontramos un episodio que nos ayuda a saber reflexionar sobre el valor y la riqueza de la familia desde la perspectiva de los valores del Reino. En esta lectura es cuando Jesús formula la pregunta: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos?
Esta lectura nos ofrece una excelente ocasión para que reflexionemos sobre la familia a la luz de nuestra fe en el Señor y de la misión de la Iglesia. Ya en otra ocasión Jesús advierte a sus discípulos que quien no deja a su madre y a su padre, a sus hijos e hijas, hermanas y hermanos por el evangelio no es digno de él. De esta manera, Jesús deja bien establecida la primacía del reino y de su misión sobre cualquier otra realidad por muy importante que sea.
En esta lectura se contrasta a la familia de Jesús que lo busca –su madre y sus familiares—con la misión de proclamar el evangelio. Entonces Jesús responde de una manera que parece muy duro: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Y entonces señaló a sus discípulos y les dijo: mi madre y mis hermanos son aquellos que cumplen con la voluntad de mi Padre.
Para la sociedad en la que vivió Jesús –igual que en la nuestra— la familia tenía sin duda un altísimo valor. Era el núcleo fundamental para toda persona. Tanto que el amor primero debía expresarse en la relación con los familiares más cercanos. Era tan importante la familia que el núcleo de la mamá, el papá y los hijos se extendía a la familia sanguínea más amplia.
Siendo así de importante, quizá pueda parecer chocante la respuesta de Jesús a quienes le avisan de la presencia de su madre y sus hermanos. Sin embargo, nada más lejos que un desprecio a la familia. Al contrario, siendo la familia tan importante para Jesús, la pone en relación con la misión del reino. No es que se contrasten amores. No, lo que Jesús hace es situar el amor a la familia en el marco de un amor más absoluto: el amor del reino, el amor a la voluntad del Padre. Así la familia adquiere una dimensión más profunda.
Jesús abre la realidad de la familia a un compromiso mucho más amplio que al propio de la sangre y de apellido. El único absoluto es el reino, todo lo demás cobra su sentido y plenitud si se sitúa en la perspectiva del Reino. La familia adquiere toda su dimensión que rompe con el egoísmo propio de los núcleos cerrados y del sectarismo. El amor que se queda encerrado exclusivamente en la familia, puede saturarse de una excesiva dosis de egoísmo, porque los recursos, los intereses, las previsiones presentes y futuras se ponen al servicio de un pequeño grupo de personas, y nos cierra al encuentro con muchas otras personas, y sobre todo nos cierra a las necesidades y clamores de muchas otras personas.
Cuando encerramos el amor sólo dentro de la familia de sangre, entonces se pueden suceden situaciones tan dispares en la sociedad hasta generar injusticias y desigualdades. Existen familias sanguíneas que cuentan con todo, y mucho más de la cuenta que incluso se despilfarra, y a la par tenemos a familias que no tienen absolutamente nada para comer y menos para atender otras necesidades.
Y todo está legalizado, nadie es ni se siente responsable del hambre de mucha gente que tiene otros apellidos. A lo sumo, damos limosnas, ofrecemos un vestidito a un niño abandonado o un tiempo de comida a otros niños hambrientos. Y punto. Ninguna familia se siente responsable del abismo de injusticia que separa a unas familias de otras. Todo está legalmente establecido, porque existe la propiedad privada y los derechos establecidos para proteger los derechos e intereses de las familias. Y si alguien que no es de la familia, quizás por hambre, busca apropiarse de algo de comida o de algún otro recurso de otra familia, entonces se le condena y se le lleva a la cárcel por cometer un delito. Y se hace en base a la ley.
¿Qué nos dice el evangelio de Jesús?: Que lo que ha de guiar cualquier amor humano ha de ser el amor al reino y a la voluntad divina que quiere que todos vivamos con la dignidad de hijos e hijas de Dios. En la familia lo importante es poner el amor por construir la gran familia de Dios, que pasa por un compromiso bien concreto por los míos que están más cerca, pero no se queda ahí, sino que se abre a las otras familias. Porque tengo tanta responsabilidad con los míos de sangre y apellido como con los demás que no tienen los suficientes recursos para vivir dignamente.
La gran invitación: vivir el amor de la familia con las puertas abiertas para que todos seamos corresponsables de una sociedad en donde toda la gente tenga el mismo derecho a vivir con la dignidad del Dios misericordioso y justo.