Las relaciones de desigualdad aparecen como naturales porque toda la gente nace, crece y se desarrolla dentro de una sociedad patriarcal. Una sociedad patriarcal es aquella en donde las relaciones de poder están controladas por los varones, mientras las mujeres aparecen en segundo plano, y en el mejor de los casos, como ayudantes de los varones. Y cuando una mujer asume cargos de dirección lo hace desde una dinámica patriarcalizada.
La cultura patrimonial-machista nos lanza a la sociedad patriarcal para buscar a quien obedecer, y en la vida pública nos atrapa la política patrimonial la cual nos educa para convencernos de que el Estado y todos sus recursos son propiedad de los políticos varones, y que si los obedecemos nos retribuirán construyendo puentes, centros de salud, escuelas, hospitales.
La Biblia fue escrita por varones dentro de una sociedad patriarcal. La Biblia refleja la fe de mucha gente, pero recoge también la cultura en la que se encarnó esa fe. La Biblia, por ejemplo, nos comunica el testimonio de fe de que en el origen de la humanidad, estuvo la voluntad creadora y amorosa de Dios. Pero los escritos reflejan la cultura patrimonial y la sociedad patriarcal, de manera que en lugar de presentar a la mujer como la que fecunda al género humano, la misma brota de la costilla del varón, y cuando se habla del origen de la desobediencia, se pone a la mujer en el primer plano. Parece que es la mujer la que provoca la caída del varón, y siempre coloca a éste más cerca de Dios.
En tiempos de Jesús, la marginación de la mujer era una realidad y cultural generalizada. Jesús, en contra de todas las normas establecidas por la cultura patrimonial y de su sociedad patriarcal, incluye a las mujeres como sus discípulas. Ellas tienen nombre propio: María Magdalena, María la mamá de Santiago el menor, Salomé, Juana la mujer de Cusa, Susana. El Evangelio de Lucas añade que a Jesús le seguían muchas mujeres (Lc 8, 1-3; 23, 49). Jesús quebranta varias costumbres y leyes que discriminan a las mujeres de su tiempo. Por ejemplo, mantiene una profunda amistad con Marta y María (Lc 10, 38); habla en público con la samaritana (Jn 4, 5-26) cosa que no estaba permitido hasta el punto de que sus discípulos se sorprenden de ello.; libera a la mujer que iba a ser lapidada por causa de unas leyes discriminatorias que penalizan el adulterio de la mujer, pero no del hombre.
La sociedad nos educa que una niña es para la cocina, y le enseñan a jugar a la cocina y a la casa, mientras que el niño aprende a jugar con carritos, pistolas, a montar a caballitos y a jugar con pelotas. Si una niña se mete a jugar con cosas de varones le dicen “varonera”, y si el niño juega con muñecas o con cosas de cocina, le dicen “mariquita”.
Todas esas diferencias se establecen por mentalidad y por la cultura patrimonial-machista. Esa manera de convivir oculta relaciones de poder, de dominio de los varones sobre las mujeres. Por eso son diferencias ideológicas, y no diferencias naturales.
La humanidad no nació como sociedad patriarcal ni la cultura en la que nacimos ni en la que nacieron nuestros antepasados ha sido patrimonial desde que nació la historia humana. La sociedad patriarcal es una criatura, y por eso mismo, se puede morir y puede surgir otra sociedad que no sea patriarcal. La sociedad patriarcal es fruto y creación humana, y las relaciones de poder con desventaja para las mujeres se pueden y se deben transformar. Todas las construcciones sociales en tanto resultado de la voluntad humana no son eternas ni naturales.
Las relaciones de género son construcciones sociales, es decir, construidas históricamente. No pueden ser ni naturales ni eternas. Y se pueden transformar, se pueden cambiar. Es bueno que se exijan cambios en las leyes para defender los derechos de las mujeres. Pero a la par de la lucha por una nueva legislación, hemos de luchar por ir desmontando desde la raíz la cultura patrimonial-machista, con propuestas de programas de formación para implementarse en las iglesias, en los programas de educación en las escuelas, colegios y universidades y en los medios de comunicación masivos. Vamos caminando. La Iglesia va dando también sus pasos. Sin embargo, no omite que la lucha por la dignificación de las mujeres, debe partir de reconocer la situación actual: Así lo dicen los obispos latinoamericanos, y citamos como cierre de nuestro enfoque de fe: “Lamentamos que innumerables mujeres de toda condición no sean valoradas en su dignidad, queden con frecuencia solas y abandonadas…Tampoco se valora ni promueve adecuadamente su indispensable y peculiar participación en la construcción de una vida social más humana y en la edificación de la Iglesia…Es necesario en América Latina y el Caribe superar una mentalidad machista que ignora la novedad del cristianismo donde se reconoce y proclama la ‘igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre’” (Aparecida, 453)