La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad que se precie de regirse bajo el Estado de derecho y la democracia. Es un derecho irrenunciable que permite a los ciudadanos debatir, cuestionar y denunciar sin miedo a represalias.
Sin embargo, su ejercicio no está exento de controversias y desafíos. En la actualidad, la proliferación de redes sociales y plataformas digitales ha multiplicado las voces, pero también ha generado una avalancha de discursos de odio, desinformación y manipulación. Esta era digital democratiza el acceso a redes sociales, pero por igual democratiza los insultos y las discriminaciones.
Criticar la libertad de expresión no significa negar su importancia, sino poner énfasis en los límites necesarios para proteger otros derechos igualmente fundamentales, como la dignidad, la seguridad y la paz social. El dilema radica en determinar cuándo la palabra deja de ser una herramienta de debate y se convierte en un arma que puede dañar irreversiblemente a individuos y colectivos.
En muchos países, la libertad de expresión ha sido utilizada para justificar el racismo, la xenofobia y la violencia, amparando discursos peligrosos bajo el pretexto de la opinión personal. Así, surge la pregunta: ¿hasta dónde debe llegar ese derecho? Regularla no implica censura, sino responsabilidad y protección para todos los actores sociales.
Por eso, un ejercicio crítico sobre la libertad de expresión debe abordar la necesidad de educar en el respeto y la tolerancia, establecer límites claros al discurso de odio y fortalecer los mecanismos para combatir la desinformación, y que la censura nunca se convierta en excusa para limitar arbitrariamente la libertad de expresión. Solo así este derecho seguirá siendo un instrumento para la democracia y no una excusa para reducirla.
La apuesta de la Palabra de Dios es por la verdad y la justicia. El Evangelio es todavía más preciso con esa sentencia de nuestro Señor Jesucristo universalmente conocida: “Ustedes serán mis verdaderos discípulos si guardan siempre mi palabra; entonces conocerán la Verdad, y la Verdad los hará libres” (Juan 8, 31-32)
San Romero logró actualizar de manera espléndida el mensaje del evangelio. En su palabra encontramos la mejor inspiración para una práctica humanizadora de la comunicación y una interpelación de aquellas formas y medios de comunicación deshumanizadoras. Monseñor Romero puso la palabra, su voz, sus homilías, los medios de la Iglesia al servicio de la realidad y de la justicia desde los pobres y al servicio de la verdad.
Monseñor Romero lamentaba que los medios de comunicación ocultaran la realidad y se pusieran al servicio del dinero y de los intereses de quienes tenían el poder del dinero. Así lo dijo en una ocasión: “Es una lástima, hermanos, que en estas cosas tan graves de nuestro pueblo se quiera engañar al pueblo. Es lástima tener unos medios de comunicación tan vendidos a las condiciones. Es lástima no poder confiar en la noticia del periódico o de la televisión o de la radio porque todo está comprado, está amañado y no se dice la verdad” (Homilía, 2 de abril de 1978)
Así como un periodista y los comunicadores sociales necesitan un sueldo que le permita vivir con dignidad junto a su familia, también es cierto que el periodista es un apóstol de la verdad, y esta vocación por la verdad es su distintivo. Cuando falta este distintivo, como dijo Monseñor Romero, se pierde la identidad del periodista. Si una persona está al servicio de la mentira y de intereses que ocultan la realidad, podrá recibir premios y reconocimientos, pero ha perdido el don del periodista, y se le puede respetar por el control que tiene de un medio, pero no se le respeta porque ejerce su oficio con mentira y vendido a la corporación mediática. San Romero, como modelo de comunicador y de evangelizador de nuestro tiempo, lo dijo, y citamos: “No le tengamos miedo a quedarnos solos si es en honor a la verdad. Tengamos miedo de ser demagogos y andar ambicionando las falsas adulaciones del pueblo. Si no le decimos la verdad, estamos cometiendo el peor de los pecados: traicionando la verdad y traicionando al pueblo” (Homilía, 25 de noviembre 1979)
Cuando una persona dedicada al periodismo, y se ciñe a la verdad y es honesta con la realidad como lo inspira San Romero, nunca recibirá premios, y en nuestro caso hondureño, recibirá cuestionamientos y estigmatizaciones. Tendrá que pagar un precio. Así ocurre con nuestros corresponsales y nuestros periodistas. Con frecuencia se exponen a grupos de poder locales que buscan extorsionarlos o sobornarlos para que comuniquen lo que beneficia a esos intereses. Y cuando no lo hacen se exponen a amenazas y a todo tipo de vituperios.
San Romero pagó ese precio con su vida. Lo mismo ocurrió con otros comunicadores hondureños. Monseñor Romero dijo palabras claras como las siguientes, y citamos: “el gobierno y los propietarios de los principales medios de difusión masiva, suelen hablar de libertad de opinión y de prensa como derechos fundamentales y como condición indispensable de la democracia. Pero si esa libertad de opinión y de prensa sólo la pueden ejercitar quienes poseen medios no adquiribles por las mayorías, resulta entonces que la libertad de prensa y de opinión así ejercida, es un hecho que hace imposible la democracia”