Los campesinos hondureños están bajo condena. Cualquier demanda por tierra es vista con el prejuicio de que son invasores. Se sabe que todo intento por acceder a la tierra está condenado a que se vea bajo el estigma de que los campesinos son enemigos del desarrollo y de la propiedad privada. Y ante una acción de recuperar tierras, el Ministerio Público y el poder judicial se pondrán de acuerdo para extender requerimientos fiscales, órdenes de captura, encarcelamiento, y en el peor de los casos, los campesinos serán víctima de la violencia de los terratenientes o grandes empresarios. 

Mientras los campesinos organizados luchan por reforma agraria el Instituto Nacional Agrario se convierte en una institución estatal vacía, lista para titular tierras sin política estatal agraria alguna. Mientras los campesinos organizados son amenazados por los grupos armados por los terratenientes, el gobierno hondureño aprueba leyes que puede considerar ilícita la lucha por la defensa de los derechos sociales y agrarios. Mientras los campesinos organizados luchan por salud y educación y defensa del medio ambiente, el gobierno orienta sus pasos para introducir proyectos de leyes que privaticen los servicios públicos y los bienes forestales y naturales.

Mientras los campesinos organizados luchan para que la población del campo cuente con incentivos y seguridades para la producción de granos básicos y otros productos agrícolas, el gobierno fortalece su alianza con el alto empresariado agrario y con inversionistas transnacionales para poner el campo al servicio de la agroindustria en menos cabo de los derechos de las familias campesinas. 

Con este panorama, los campesinos organizados están condenados a una muerte segura, sea por políticas estatales que matan lentamente al campesino pobre, sea por la amenaza y la violencia oficial y no oficial hacia los campesinos que defienden y luchan por sus derechos, sea por la violencia en el campo en donde impera la ley de los fuertes.

¿Desde dónde vemos como Iglesia y desde nuestra fe el campo hondureño? Desde la población campesina de los cerros y montañas, cuyos niños y niñas no tienen para comer malamente tres tiempos tortillas o frijoles. Sus parcelas son tan pequeñas como fruto de una estructura de tenencia de la tierra, que establece casi por derecho natural que las mayores y mejores tierras se han quedado en manos de grandes terratenientes quienes, a su vez, controlan la política y el destino de la mayoría pobre del campo. Esta población campesina es la que construye luego casuchas en las orillas de los ríos y de los barrancos en nuestros centros urbanos. Allí se amontona la juventud subempleada y desempleada, la juventud en alto riesgo social, algunas veces organizada en pandillas juveniles. 

¿Desde dónde releemos la realidad campesina?: Desde la fe en el misterio de la encarnación, porque así confesamos que la humanidad es portadora de lo divino, y que Dios nuestro Señor puso su casa entre nosotros, se hizo débil y esa debilidad es fuente de salvación. 

Cuestionar la falsedad y la ideología que se expresa en el control y la tenencia de la tierra, la situamos desde el campesinado empobrecido, el pueblo campesino sin tierra y que es calificado de revoltoso porque demanda un pedazo de tierra. Si la Iglesia renuncia al compromiso con el campesinado pobre, si renuncia a defenderlo, estaría renunciando a sí misma y a su razón misma de ser. 

La opción de la Iglesia por los pobres, ha de llevar a cuestionar el sistema y el modelo cómo se organizan los bienes que finalmente benefician a muy pocas familias. Por ello, la Iglesia propugna por una reorganización de la sociedad orientada a que los bienes se destinen para el desarrollo digno de todos los miembros de la sociedad. La reorganización del agro desde el bien común la alcanzaremos cuando en la sociedad compartamos equitativamente los bienes de la tierra, y cualquier propiedad privada debe quedar subordinada a la búsqueda del bien común. Así lo dice la DSI: “Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes”

La defensa de los campesinos pobres ante una muerte segura, es sin dudarlo el primero y más grande de los compromisos sociales y eclesiales, porque en la suerte de las familias campesinas pobres, se juega la suerte presente y futura de toda la población hondureña.