La Biblia recoge la fe de un pueblo errante. Esta fe nació en el mundo de las migraciones, sin atarse a un lugar ni a un territorio. El Dios que nace de estas experiencias de nómadas no se revela en un santuario, en un templo o en un lugar preciso de culto, como ocurre con la fe de los pueblos agrarios, que se sustentan en un Dios situado en un lugar, un territorio, un templo muy bien identificados. La fe del pueblo de la Biblia nació en el camino, entre pastores que van siguiendo a sus rebaños. No nace atada a un santuario. El Dios en el que nace la fe del pueblo de la Biblia es un Dios para peregrinos, que se revela en el camino hacia un futuro desconocido. Así queda dicho en la Biblia en el mandato a Abraham: “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré…Partió pues, Abrahán, como se lo había dicho Yahvé, y junto a él se fue también Lot” (Génesis 12,1.4).

Así es el talante de la fe en la Biblia. Cuando el pueblo se instala en la tierra prometida, pasa de ser un pueblo de pastores peregrinos a ser un pueblo sedentario, de agricultores. Sin embargo, el pueblo conservó su fe original, la fe en el Dios de los nómadas, el Dios que peregrina, avanza y camina con su pueblo… La fe bíblica es una fe basada en una promesa y prendida de esa promesa. La promesa vincula a la persona al futuro y la historia se convierte en lugar de encuentro con Dios.

Cuando el pueblo se instala en la tierra, los profetas recordarán que ese regalo se le debe al Señor que los libró de la esclavitud en Egipto. Los profetas recuerdan al pueblo su identidad como emigrantes. Por eso entre ellos no debe existir la explotación ni la discriminación hacia el emigrante, el forastero o el extranjero (cfr. Dt 24, 19.21-22).La ética y la espiritualidad del pueblo de la Biblia se definen entonces a partir de la fe en un Dios que se ha hecho presente en la historia como un liberador. Por ello, es el Dios de los pueblos libres, y no permite la opresión ni la esclavitud entre los suyos. El pueblo de la Biblia ha de actuar con los demás con la misma acción liberadora como Dios actuó con ellos. Fe y práctica liberadora van siempre de la mano.

Sin embargo, el pueblo se olvidó de sus promesas y de su identidad, y se volvió como los otros pueblos. Comenzó a campear la injusticia y la inequidad. Surge entonces la voz de los profetas que recuerdan la identidad y denuncian las injusticias del pueblo y de sus gobernantes (Cfr. Isaías 1,15). Los profetas insisten en recordar al pueblo y a sus autoridades que su identidad, su distintivo es vivir desinstalados, estar siempre en movimiento en busca de la promesa que está puesta siempre en el futuro. Esta misma realidad es la que estará presente en Jesús de Nazaret, quien en el Evangelio de Mateo se convierte en emigrante forzado, siendo todavía un niño recién nacido (Cfr. Mt 2,13).

Jesús cristaliza en su vida la identidad del pueblo de Dios: vivió desinstalado, haciendo realidad la promesa del Reino de Dios, y acogió a todas aquellas personas discriminadas por la sociedad y por la religión. Mientras iba de camino hacia Jerusalén una persona le salió al paso para prometerle que le seguiría hasta donde fuera. Entonces Jesús le respondió: “Los zorros tienen madrigueras y las aves del cielo tienen sus nidos, peor el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lucas 9,57). El evangelio de Jesucristo es buena noticia para quienes están decididos a ponerse en camino. Quienes tienen fe en Jesucristo se han de conocer por su talante de peregrino, de estar en permanente búsqueda y en solidaridad con las personas inmigrantes, despreciadas, marginalizadas.

La Iglesia ha de actualizar y encarnar en su misión la espiritualidad del Dios nómada, errante. Una Iglesia que vive la fe evangélica, ha de ser siempre una Iglesia desinstalada, con toda su vida y sus instituciones listas para responder a los signos de los tiempos, compañera de camino de quienes cargan las pesadas cruces de la discriminación y de los abusos por parte de quienes tienen poder, dinero y privilegios. El talante de la Iglesia en cualquier circunstancia es la de acompañar a la sociedad desde los sectores empobrecidos y dando testimonio de no estar apegada a nada que le impida vivir su fe en la práctica liberadora.