Martes, 06 de octubre 2026  

Entre borrascas y amaneceres

Los resultados electorales en Brasil vuelven a colocar ante nuestros ojos una realidad continental que no puede ser ignorada: en América Latina se fortalece una corriente política marcada por el autoritarismo, el desprecio a la participación popular, la manipulación de la verdad y la promesa de orden a costa de derechos y libertades.

Durante las últimas dos décadas, nuestros pueblos han debido resistir golpes de diverso rostro: rupturas institucionales, persecución judicial selectiva, campañas de odio, captura corporativa de los Estados, corrupción estructural, violencia criminal y decisiones tomadas a espaldas de la gente. Son demasiados los golpes acumulados.

Sería irresponsable no reconocer ese dolor histórico. Sin embargo, aun en medio de estas borrascas, no renunciamos a la esperanza. Vienen a nuestra memoria aquellas palabras de Don Quijote a Sancho, después de los golpes y las heridas, y citamos textualmente: “Todas estas borrascas son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el bien y el mal sean durables, y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien ya está cerca”.

Esa es también nuestra confianza. El mal de la corrupción, de la violencia, de la opresión, de la mentira oficial, de la pérdida de soberanía, del narcotráfico y del desprecio por los pueblos no puede durar eternamente. Ningún proyecto fundado en el miedo, la exclusión y el engaño puede consolidarse para siempre. Tarde o temprano, la dignidad de los pueblos vuelve a abrirse camino.

Brasil, por su peso histórico, político y cultural en el continente, representa mucho más que un resultado electoral nacional. Lo que ahí ocurra tendrá resonancias en toda América Latina. Pero ningún mapa geopolítico, por sombrío que parezca, está escrito de una vez y para siempre. La historia sigue abierta. Y sigue abierta porque los pueblos continúan pensando, organizándose, resistiendo y proponiendo.

Hace falta mayor lucidez para comprender las causas profundas del descontento social, mayor autocrítica de las fuerzas democráticas y populares, y una renovada capacidad de escuchar a los pueblos en sus angustias concretas: el hambre, la inseguridad, el desempleo, la migración forzada, la falta de horizontes para la juventud y el abandono de los territorios. Solo desde ahí podrá nacer una alternativa verdadera: soberana, participativa, ética y cercana a la vida real de la gente.

Solo desde ahí podremos pasar de la resistencia y rebeldía a la esperanza organizada. Avizoramos, entonces, que estas borrascas de las que hablaba el Quijote pueden estar anunciando también un nuevo amanecer. No un amanecer caído del cielo, sino construido desde abajo, con la fuerza de los pueblos, con su memoria, sus luchas y sus propuestas. Porque cuando el mal ha durado demasiado, también empieza a madurar la hora del bien.

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