Lunes, 10 de agosto 2026  

La familia y la pastoral de la Iglesia

El mes de agosto lo tenemos asociado a las familias. Gestos diversos en las iglesias y en las instancias públicas recuerdan la importancia y valor de la familia en la sociedad. Y no es para menos. La familia es esa referencia que nos vincula con lo esencial de nuestra identidad humana, es el sustento vital que nos remite a la humanidad.

Sin perder esa referencia vital, a la sociedad y sus instituciones públicas y religiosas nos corresponde situar nuestro servicio conforme a las condiciones económicas, sociológicas y tecnológicas que han trastocado la tradicional concepción de la familia entendida como el núcleo del papá, la mamá, los hijos, que básicamente viven bajo un mismo techo y comparten tareas y obligaciones cotidianas.

Se sabe de pastorales parroquiales que siguen tratando a sus feligreses como si todos formarán parte de la familia clásica, y mantienen los requisitos para la atención de formación, catequesis, charlas y otros trámites, sin tomar en cuenta que muchos niños provienen de hogares con madres solteras, con padres en el exterior, que viven con sus abuelas y tíos. Son familias a las que se ha de dar atención pastoral conforme a sus condicionamientos.

Se sabe de parejas que han hecho vida matrimonial a lo largo de décadas pero que no tienen el Sacramento eclesiástico del matrimonio. Casos extremos como la de aquel anciano de 80 años que se acercó a la oficina parroquial para informarse de los requisitos para contraer matrimonio por la Iglesia luego de 52 años de tener hogar con su esposa, creando muchos hijos y nietos. El párroco, muy dueño de su cargo, lo quedó viendo y le dijo que los dos ancianos debían pasar recibiendo charlas pre matrimoniales por un año.

O de aquel requisito que para bautizar a un niño debían estar presentes los dos padres ya casados ​​y los dos padrinos igualmente casados, cuando el niño es de madre soltera o de un papá que está en Estados Unidos sin posibilitad alguna de venir, a no ser que sea capturado y deportado violentamente.

En el mes de la familia, bien puede ser una ocasión oportuna para que en las iglesias se revisen normas y requisitos para no seguir tratando a las familias como si fuese aquel modelo ideal de la familia de Nazaret, sino como familia real, con tantas cargas y sufrimientos por las severas condiciones en las que tienen que sobrevivir.

Saber dar respuestas pastorales conforme a las condiciones de las familias, como subproductos de un sistema que arrasa con costumbres y tradiciones en función de la voracidad del mercado y los negocios, es una responsabilidad de las iglesias, como expresión de la generosidad y apertura pastoral a los signos de los tiempos.

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