

Los aires peligrosos de Juan Orlando Hernández
Tenemos la obligación de decirlo: la influencia política que ha adquirido nuevamente Juan Orlando Hernández representa un peligro real para Honduras porque simboliza la normalización del abuso de poder, la corrupción y los vínculos entre estructuras estatales y el crimen organizado.
Su figura no solo arrastra el peso de una condena y graves señalamientos internacionales, sino también el recuerdo de un período en el que muchas instituciones perdieron credibilidad ante los ojos de la ciudadanía. Hace aparecer como normal la violación de la constitución y ser narcotraficante se convierte en sinónimo de honorabilidad.
Permitir que su legado siga condicionando decisiones políticas, discursos públicos o lealtades partidarias significa exponer nuevamente al país a prácticas que debilitan la democracia y erosionan el Estado de derecho. Honduras necesita romper con cualquier sombra de impunidad asociada a ese pasado. Y la influencia real de una persona que se reeligió con el apoyo ciego de sus secuaces, actualiza como tragedia aquella infame expresión de que la Constitución es pura babosada.
La permanencia de redes de influencia ligadas a Hernández coloca en total peligro la transparencia, contamina procesos electorales y frena los esfuerzos por reconstruir la confianza pública. Un país con instituciones frágiles no puede darse el lujo de tolerar la rehabilitación política, moral o simbólica de quienes representan uno de los capítulos más oscuros de su historia reciente. Advertir sobre ese riesgo no es paranoia política: es una defensa legítima de la democracia, la justicia y el futuro de nuestra nación. Y nos toca decirlo.
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