

San Ignacio de Loyola y nuestra misión
El 31 de julio celebramos la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús cuya espiritualidad baña nuestra Radio Progreso y el ERIC. Ignacio de Loyola nos heredó una manera de ser y vivir dentro de la iglesia, pero en plena apertura a los signos de los tiempos, algo así como vivir para siempre en el filo de la navaja. En la Iglesia, dentro de la Iglesia, siendo conciencia crítica desde dentro, pero insertos en la realidad histórica.
Con Ignacio de Loyola, la Compañía de Jesús recibió la hermosa pero compleja herencia de la espiritualidad de vivir en tensión entre oración y acción, gratuidad y eficacia, fe y justicia. Vivir en tensión entre esos dos polos es lo propio de la Compañía de Jesús, y desde esa tensión discernir lo que más nos acerca a cumplir la voluntad de Dios, apoyados en los Ejercicios Espirituales.
Para la Compañía de Jesús nada de lo humano queda fuera de la misión. Y estos tiempos son oportunos para promover la espiritualidad que nos convoca a discernir por dónde nos convoca el Señor para ser fieles a los pobres y fieles a la Iglesia, desde un talante de apertura y diálogo entre sectores confrontados y polarizados. Son tiempos oportunos para redescubrirnos a la par de quienes cargan con lo más pesado de la injusticia, la exclusión y la discriminación. Esas fronteras, o periferias como le gustó llamarlas el papa Francisco, esperan a la Compañía de Jesús, desde sus preferencias apostólicas.
Ir a las periferias de la juventud marginalizada, insertarnos en las realidades de las familias que sufren las consecuencias de la cultura del desecho, meternos a fondo a caminar junto a la gente indignada contra la corrupción y la impunidad, hasta caminar al filo de la navaja ideológica, política y religiosa, como consecuencia de correr la suerte de estar entre la gente sospechosa por su lejanía de los centros de poder y de los templos y de las liturgias oficiales.
Hoy, los jesuitas y la Compañía de Jesús confesamos nuestra condición de pecadores, y sin embargo llamados a consagrarnos al Señor para metemos a fondo desde nuestro carisma y misión, en la construcción, con mucha otra gente, de nuevos paradigmas eclesiales, sociales, culturales, políticos, humanos, y desde ellos a redescubrir nuestra propia vocación desde la conversión al mundo de los crucificados de nuestra historia.
