

Sufrimos la más cruda de las políticas imperiales
Hay varias políticas imperiales de los Estados Unidos que han sido implementadas a lo largo de su historia. Una es la política del garrote, el big stick o política dura para demostrar fuerza y control. Una segunda política es la de la diplomacia sin garrote, o la política suave. Pero también se ha aplicado una tercera política, intermedia, la política ambivalente o hipócrita, la llamada “Política inteligente”.
Ninguna de estas políticas excluye a las otras, sino que en determinados períodos se hace énfasis más en una que en otras. Para las administraciones pasadas de Reagan y de la familia Bush, en las últimas dos décadas del siglo pasado, fue evidente que la imperante fue la política dura, la del gran garrote, la del aplastamiento del enemigo y adversario a través de la guerra –la convencional– y sobre todo la sucia, y de la intervención directa. Hoy con Trump sufrimos en el planeta entero lo más crudo de esa política cruda. Y la viven y sufren los habitantes que viven dentro del territorio estadunidense.
La política suave, esa que hace aparecer bueno al gobierno de los Estados Unidos, es la que impulsó por ejemplo la administración Bill Clinton o la que fomentó Carter en la segunda mitad de la década de los años setentas, con los derechos humanos de por medio. Es la política que pone énfasis en las salidas diplomáticas de los conflictos, y es cuando el imperio sabe tirar muy bien la piedra, pero se vuelve experto en esconder la mano.
El gobierno de Barak Obama y luego la administración Biden impulsaron la “política inteligente”, cargada de hipocresía. Esta política combina el garrote, las amenazas y chantajes con la diplomacia, el diálogo y los apapaches. Es esa política que apoya sin reservas a los de extrema derecha y a los militares, planifica e impulsa con ellos guerras, y simultáneamente negocia con los gobiernos para que promuevan el diálogo, se aseguren elecciones, se respeten derechos humanos, y condena todo asomo de golpe de Estado. Pero Obama y Biden expulsaron migrantes a mansalva.
Cada una de esas políticas no hacen peor ni mejor al imperio, sino que por distintos caminos buscan el objetivo político de mantener el control y la presencia imperial en el planeta. Con la salvedad que la política de Trump se lleva toda la cerca en represión, discriminación, racismo y atropello a quienes no piensan y actúan como las élites súper ricas del planeta. Al final de cuentas –aunque haya gente que se confunda y aplauda cuando los gobiernos gringos nos dan palmaditas–, no hay gobiernos suaves o gobiernos duros en los Estados Unidos, sino varias políticas distintas pero un solo e implacable imperio verdadero.
