Existe un mundo invisible. El paso de los gigantes suena como un relámpago; donde sacudir un zapato puede provocar un sismo. Es el mundo de los microorganismos, seres conquistadores capaces de transformar lo que los humanos llamamos «desperdicio» en vida.
Este mismo universo es un reflejo del humano y no tan lejos de nuestras contradicciones, revela esas luchas de poder en esta sociedad. Bajo la tierra estos seres vivos están en constante lucha para mantener el equilibrio de la vida.
Según la ciencia, los microorganismos son seres vivos diminutos, solo visibles bajo el microscopio, que desempeñan roles cruciales en el planeta. Entre ellos se encuentran bacterias, protozoos, algas y hongos. Aunque los virus no son considerados organismos vivos, a menudo se les incluye en esta categoría.
Sin embargo, desde la lógica capitalista, este mundo debe ser exterminado. Se busca explotar su capacidad para crear vida, controlarla y luego vender soluciones a los problemas que, irónicamente, se han generado o agravado. La disyuntiva es clara: cada vez se emplean antibióticos más potentes y químicos agresivos para combatir estas «plagas». Pero, de manera consciente o inconsciente, el mundo de los gigantes se debilita y muere.
Asimismo, se continúa con las implicaciones del modelo extractivo, viendo a la tierra como un recurso y no como un bien. Una problemática actual en el país son los monocultivos, como el de palma africana, que se ha extendido en gran parte del territorio. En 1990, cuando Rafael Leonardo Callejas, del Partido Nacional, asumió la presidencia, se impulsó la Ley para la Modernización y Desarrollo del Sector Agrícola (LMDSA), aprobada el 5 de marzo de 1992.Este gobierno favoreció el despojo de tierras a pueblos originarios. Hoy, se criminaliza a los pequeños agricultores, se favorece a grandes empresas y se persigue a pueblos originarios como los lencas, miskitos y garífunas, quienes defienden sus semillas criollas y sus formas ancestrales de cultivo. Claro está, tanto los microorganismos son vistos como plagas de igual manera los campesinos, por un modelo que los ve como mercancía.
Mientras las grandes farmacéuticas se expanden, la población tiene menos salud y más enfermedades. Estas empresas ganan millones patentando saberes de pueblos indígenas africanos, hondureños, amazónicos, mientras una partera lenca es acusada de «brujería» por usar saberes ancestrales para traer vida al mundo. ¿No debería ser responsabilidad del Estado fomentar la prevención desde la Secretaría de Salud? Además, se siguen usando plaguicidas peligrosos como el paraquat, prohibido en la Unión Europea por su alta toxicidad.
Ante esta realidad, los microorganismos tejen redes en silencio para hacerle frente. Y como sabia nueva que transporta nuevos modos de vivir y de relacionarse con la tierra la red COMAL en Honduras rescata la agricultura orgánica y promueve una economía solidaria. Su trabajo con el pueblo lenca es fundamental para creer en la esperanza y la comunidad como realidades posibles. La fuerza de los microorganismos es clave para la vida; del mismo modo, los movimientos estudiantiles y las luchas sociales marcan una ruta en el contexto nacional.
Al igual que este mundo invisibilizado de los microorganismos que tejen redes, los jóvenes hacen lo propio, sólo que no bajo el suelo, sino en el mundo digital.
Esta juventud, aunque a veces manipulable, también usa redes sociales para denunciar injusticias y corrupción mediante memes, arte y conciencia crítica. Sin embargo, los algoritmos de las multinacionales de comunicación nos encierran en burbujas de consumo. ¿Es esta generación cómplice del sistema o, como los microorganismos, una red invisible que teje verdaderas transformaciones?
El capitalismo junto con los bancos, farmacéuticas, agroindustria lucha por controlar patentes y bienes. Mientras la banca ahoga al pobre con intereses abusivos, en el mundo invisible de los microorganismos se tejen redes de hermandad que alimentan bosques y vida silvestre. La pregunta crucial es: ¿quiénes son los verdaderos dueños del poder?
Los microorganismos-esos gigantes que nos asechan- enseñan que solo en comunidad se resiste y se protege ese mundo de los gigantes. Los lencas, por ejemplo, practican una agricultura ancestral, curan con plantas y hongos, y se sienten parte de la naturaleza. En cambio, la agroindustria envenena la tierra con pesticidas. Pero, al igual que los microorganismos, los pueblos desarrollan resistencia para defender la vida.
La disyuntiva final es clara: ¿seremos como virus, mutando para adaptarnos al poder, o como micorrizas, creando redes silenciosas que sostienen la vida bajo los pies de los gigantes?