Miércoles, 03 de junio 2026  

Un pueblo que se organiza y se levanta se hace respetar

Los dolores hondureños no admiten más espera. La tierra sigue siendo motivo de disputa y sufrimiento para las comunidades campesinas. Los territorios de los pueblos indígenas y garífunas continúan bajo amenaza. Los bienes naturales siguen expuestos al saqueo. Y la educación, la salud y la energía avanzan peligrosamente hacia su deterioro como argumento para luego privatizarlos.

Por eso no basta con denunciar cada abuso por separado. No basta con resistir desde cada comunidad en soledad. Honduras necesita que sus organizaciones sociales se encuentren, se reconozcan y construyan alianzas firmes para defender la vida, la tierra, el agua, los bosques y la dignidad de los pueblos. Cuando las luchas se fragmentan, se vuelve más fácil el despojo, la criminalización y el cansancio. Cuando las organizaciones se aíslan, quienes toman decisiones desde arriba ganan tiempo y amplían su margen de impunidad.

Pero cuando los sectores campesinos, indígenas, garífunas, ambientales, eclesiales, juveniles, feministas, territoriales y de derechos humanos logran enlazarse, nace una fuerza social con capacidad de convocar, denunciar, proponer y exigir respuestas. Este enlace es el camino hondureño.

La paz social no se construye callando. Tampoco se construye administrando conflictos desde la burocracia, mientras en los territorios crece el dolor, la tensión y el abandono. La paz verdadera requiere escucha, voluntad de diálogo, respeto a la organización comunitaria y decisiones públicas que pongan en el centro la dignidad humana.

Hay que decirlo con claridad: movilizarse pacíficamente no es delinquir. Exigir justicia no es desestabilizar. Defender el territorio, el ambiente, la salud, la educación, la energía, no es oponerse a la democracia. Lo que debilita al país no es la protesta ciudadana; lo que lo debilita es la corrupción, la impunidad, el privilegio y la indiferencia ante el sufrimiento de las mayorías. Por eso, construir un movimiento social robusto es hoy una tarea ética y política de primer orden.

Las alianzas no deben levantarse sobre intereses pequeños ni sobre cálculos de coyuntura. Deben nacer del reconocimiento de que las causas están unidas: donde se amenaza la tierra, se amenaza la vida; donde se destruyen los bienes naturales, se hiere a los pueblos; donde se privatizan los viene y servicios públicos, donde la justicia se aplica de manera desigual, se fractura la democracia.

Honduras necesita una ciudadanía que, desde la lucha pacífica convoque en defensa de sus derechos y convierta la lucha en acción colectiva. Solo un pueblo que se organiza, se cuida y se levanta con dignidad puede abrirle camino a la justicia y sostener la esperanza.

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