Hablar de Dios ante una tragedia como la de Venezuela, herida por terremotos, por la pérdida de vidas, por los desaparecidos, por el sufrimiento de miles de damnificados, y además marcada por años de profundas fracturas humanas, sociales, políticas y culturales, no deja de ser complejo. Hay momentos en que toda palabra parece pequeña, insuficiente. Muchas veces dice más el silencio.

Ante tanto sufrimiento, la primera actitud de la fe no es dar respuestas rápidas. Es guardar silencio reverente, llorar con las víctimas y acompañar con humildad. La fe cristiana no nos invita a negar la tragedia ni a disfrazarla con frases hechas o vacías. Jesucristo mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro, se conmovió ante el hambre y sufrimiento de los pobres. Y se compadeció hasta el extremo.

Por eso, el primer anuncio de la fe en medio de los escombros es que Dios no está lejos. Dios carga a su pueblo terremoteado. Dios es el mismo pueblo herido y desaparecido entre los escombros. Dios está en el llanto de las madres, en la angustia de quienes buscan a sus desaparecidos, en la fatiga de los rescatistas, en las manos solidarias que comparten pan, agua, medicina, abrigo y consuelo. El Dios de Jesucristo no es un espectador indiferente del sufrimiento humano; es el Dios que se hace cercano, que sufre con los que sufren y que sostiene, aun en la noche más oscura, la dignidad invencible de sus hijos.

En momentos así, no corresponde preguntar ligeramente “por qué Dios permitió esto”, como si el dolor pudiera resolverse con una explicación. Más bien, la fe nos lleva a preguntar: “¿Dónde está Dios en medio de esta catástrofe?” Y la respuesta brota del Evangelio: Dios está del lado de las víctimas. Está clavado en las cruces de los inocentes. Está sepultado en los cuerpos de los muertos. Está en la espera angustiosa de quienes no pierden la esperanza de encontrar a sus seres queridos. Y está también resucitando en cada gesto de solidaridad, en la comunidad que se organiza, en cada vida salvada, en cada mano tendida que no deja caer al hermano.

La historia cristiana nos enseña que la última palabra no la tiene la muerte, ni el desastre, ni la injusticia, ni el abandono. La última palabra la tiene Dios, y esa palabra es vida. La resurrección de Cristo no elimina mágicamente el sufrimiento, pero sí impide que el sufrimiento tenga el poder de cerrar definitivamente el horizonte. Por eso, el consuelo cristiano no consiste en invitar a resignarse, ni en pedir una paciencia pasiva ante la destrucción. El verdadero consuelo de la fe es afirmar que incluso desde las ruinas Dios puede suscitar caminos nuevos.

El consuelo de Dios no adormece; levanta. No encierra en la derrota; despierta la esperanza activa. En una Venezuela tan golpeada, la esperanza cristiana no puede ser ingenua ni abstracta. No nace de ignorar la gravedad de la realidad, sino de creer que el amor de Dios sigue actuando en la historia. Esperar cristianamente es resistir al desaliento, es defender la vida, es reconstruir vínculos, es cuidar a los más frágiles, es transformar el dolor en compromiso. La esperanza se alimenta cuando las comunidades oran juntas, cuando comparten lo poco que tienen, cuando se organizan para reconstruir hogares, escuelas, templos, hospitales y sobre todo la confianza herida del tejido humano.

Desde la fe cristiana, abrir horizontes de vida significa anunciar que cada víctima cuenta, que cada herido importa, que cada desaparecido merece ser buscado, que cada familia merece consuelo, justicia y acompañamiento. Significa también reconocer que la reconstrucción no es solo material, sino profundamente humana y espiritual. Hay que reconstruir casas, pero también esperanzas; levantar paredes, pero también la fraternidad; restaurar caminos, pero también la confianza en que es posible un mañana distinto. Dios, en medio de esta hora dolorosa, llama a su Iglesia y a toda persona de buena voluntad a ser presencia de misericordia, de servicio y de consuelo verdadero.

Allí donde parece reinar el fracaso, el Evangelio siembra semillas de resurrección. Donde parece imponerse la aflicción, Dios enciende la terquedad de la esperanza. Donde la derrota amenaza con paralizarlo todo, Cristo resucitado sigue diciendo: “No tengan miedo”. Por eso, lo que toca decir de Dios hoy no es una teoría, sino un testimonio: Dios está en su pueblo herido. Él es el pueblo terremoteado. Dios no abandona a Venezuela. Dios camina entre sus ruinas y alienta, desde dentro de la historia, la fuerza para levantarse.

Y lo que toca ofrecer desde la fe cristiana no es un consuelo fácil, sino una esperanza encarnada, solidaria y valiente: la certeza de que, aun en medio del duelo, la vida puede volver a abrirse camino; aun entre escombros, puede germinar la fraternidad; y de que, con la gracia de Dios y el compromiso de todos, siempre es posible empezar de nuevo.