Ocurrió en el cruce carretero a la comunidad del Triunfo de la Cruz, a unos 8 kilómetros del puerto de Tela, en la costa del Atlántico hondureño. Varios centenares de garífunas bajo el estricto e incomparable liderazgo matriarcal de Miriam Miranda, de la Organización Fraternal Negra de Honduras (OFRANEH), y con el inconfundible tamboreo propio de su cultura y de su baile ancestral.

Se plantaron en la carretera que conduce a La Ceiba. A los garífunas se unieron organizaciones campesinas, pobladores de distintos lugares de la costa norte, organizaciones urbanas de Tegucigalpa y de El Progreso.

La demanda era clara y firme: no solo la libertad absoluta de cinco defensores garífunas acusados de invadir su propia comunidad de San Juan, sino dar por cerrado el caso de la demanda de los Rosenthal sobre el derecho de una propiedad que jamás les perteneció; se la apropiaron bajo el argumento de que la habían comprado a un tercero legalmente.

Los Rosenthal no solo nunca fueron propietarios de las 9 manzanas que reclaman, sino que los garífunas comprobaron de que se trata de una acción descarada de despojo.

La jueza Norma Fuentes de Tela, citó a los garífunas criminalizados a la audiencia inicial el día 15 de julio. A última hora la suspendió por argumentar que no se sentía con capacidad para realizarla, acusando a la comunidad de San Juan de formar parte del crimen organizado, solicitando que la causa se traslade a San Pedro Sula, a un juzgado de jurisdicción nacional.

Fue entonces que la matrona garífuna, Miriam Miranda, con su voz universalmente reconocida por los garífunas como de mando y firmeza, llamó a su pueblo a tomarse la carretera. “Libertad para los compas y nulidad de la audiencia por ser totalmente ilegal”, fue la consigna.

La toma se inició a las 8:30 de la mañana y se nutrió con la presencia de protestantes que cubrieron unos 200 metros de la carretera. Los negros nunca soltaron los tambores, así como el baile típico entre alegre, ceremonioso, espiritual y erótico.

La toma fue absolutamente pacífica y cargada de generosidad. La orden de Miriam era clara: toda persona enferma o ancianos tenían la vía libre. Pero no se aceptaría ninguna autoridad pública que viniera a negociar a no ser que trajera la decisión de anular el proceso judicial contra los cinco garífunas acusados de usurpación por defender su territorio.

En la toma había negros de toda la orilla costera de Honduras. Familias enteras de la lejana Sangrelaya, en Colón, estaban apostadas en la toma, incluyendo un anciano con evidentes síntomas de párkinson. Sin duda lo más impactante fue la presencia activa de la juventud garífuna. Todos los que tocaron sus instrumentos de percusión eran jóvenes de entre 14 y 16 años, así como los responsables de la seguridad de la toma de carretera que se convirtió en un campamento de resistencia pacífica.

El hermoso bullicio de tambores y voces garífunas solo se detenía al son del llamado de Miriam Miranda. Al elevar su voz, el silencio era feroz, ni el sonido de una mosca se escuchaba. Era la voz de mando de quien es valorada como la líder de mayor renombre popular no solo para los garífunas, sino para el movimiento social en Honduras.

A las 3:00 p. m. se oyó la voz de Miriam Miranda. Anunció que el pueblo garífuna se declaraba en estado de desobediencia civil y que no aceptarían el llamado a ninguna audiencia. Dio a conocer que se suspendía la toma y a su vez hizo el llamado a la resistencia popular del movimiento social.

“Necesitamos estar en disciplina, porque sin ella no se pueden lograr triunfos. Y preparémonos porque nuestro país nos necesita. Este gobierno no solo no nos quiere, sino que busca exterminarnos. Ese gobierno va a saber quiénes somos y haremos sentir nuestra lucha”. Con esas palabras, Miranda cerró su intervención, dejando claro que, para las comunidades garífunas, la movilización será permanente y que la defensa de sus derechos y de su territorio continuará.