
Ismael Moreno, SJ (Melo)
Así es el campamento de la OFRANEH, instalado en los alrededores del Palacio de la Corte Suprema de Justicia: en los hechos, una comunidad de comunidades, con tareas distribuidas entre sus miembros y con aprendizajes cotidianos sobre cómo vivir en común.
Tan cerca del Palacio y tan lejos de la justicia. Y los magistrados, tan encerrados en su palacio, tan dueños de sus escritorios y, al mismo tiempo, tan distantes de la voluntad de atender las demandas garífunas, que son las siguientes: primero, el sobreseimiento de sus compañeros criminalizados por defender su territorio en San Juan, Tela; segundo, la implementación por parte del Estado de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre los territorios garífunas en las costas hondureñas del Caribe; y tercero, la declaratoria de inconstitucionalidad de la Ley de Fortalecimiento y Protección del Sector Agroindustrial.
Son decenas, quizá centenares, de pequeñas casas de campaña que albergan a varios cientos de garífunas y a organizaciones solidarias con su causa, en un predio de apenas 640 metros cuadrados, es decir, menos de una manzana de territorio. El campamento se instaló el 10 de agosto, y la respuesta oficial, hasta ahora, se redujo a convocar una reunión ocho días después, aunque bajo una condición: que asistieran únicamente tres representantes garífunas. La OFRANEH respondió con claridad: somos diversos colectivos, no una cúpula; por tanto, deben estar presentes representantes de todos.
Desde entonces, todo ha sido silencio en el Palacio frente al retumbar de los tambores garífunas. La Corte Suprema de Justicia, sin embargo, ha realizado varios actos provocadores, como convocar a otras organizaciones desvinculadas del campamento para dejar sentado el mensaje de que el diálogo sí forma parte de la voluntad del presidente de la CSJ. “Hay apertura”, dicen; al Palacio entran quienes buscan “soluciones civilizadas”, pero no caben los intransigentes, como llaman los magistrados a los garífunas. El Palacio calla, pero no así sus voceros en la mediática corporativa.
Uno de ellos, un periodista de corte racista y con un evidente trabajo al servicio de intereses mercenarios, dijo a los cuatro vientos que los garífunas eran advenedizos, haraganes y que habían vivido de dar lástima. Tales declaraciones e insultos, lejos de amedrentar o desmovilizar al campamento, lo fortaleció, generando continuas muestras de solidaridad y adhesión a la lucha garífuna, que en este tiempo representa de manera ejemplar las demandas de diversos sectores populares hondureños.
Durante estas semanas, el campamento ha sido visitado por numerosas personas y organizaciones, entre las que destacan la presencia permanente de la Red de Defensoras, la organización ambiental ARCAH, el COPINH, entre muchas otras. Pero el 25 de agosto el campamento recibió la llegada de unas 500 personas aglutinadas en la Plataforma Agraria, COPA y Campesinos sin Tierra, quienes se habían movilizado desde los valles del Aguán y Sula para plantarse en las instalaciones del INA y exigir la derogación de la Ley de Fortalecimiento y Protección del Sector Agroindustrial. La respuesta del director del INA no se hizo esperar: respondió a los manifestantes campesinos con tanquetas, bombas lacrimógenas y balas de goma. Entonces, los campesinos organizados se movilizaron hacia el campamento para unirse a las demandas garífunas que, al fin y al cabo, son también las demandas de muchas organizaciones sociales y populares hondureñas. La llegada e instalación de este fuerte contingente de campesinos y campesinas fue bien recibida, pese a los desajustes que provocó en una comunidad organizada para administrar recursos escasos y convivir en medio de tantas carencias.
Miriam Miranda, figura central en la conducción del proceso, debió intervenir para llamar a las centenares de personas a actuar conforme a las normas comunitarias. “Vivir en comunidad supone pensar en los demás, administrar los desperdicios, cuidar y manejar la higiene en un lugar reducido, con mucha gente y muy pocos baños; no consumir bebidas gaseosas en un ambiente que busca mantener la salud y evitar productos de empresas contra las que estamos luchando. Vivir y construir comunidad es luchar contra el individualismo y el consumismo. Y todo esto es un proceso continuo e interminable de aprendizaje”, dice con voz de madre, capaz de unir firmeza, exigencia y dulzura.
El campamento transcurre en actividad permanente. Sus integrantes se organizan en diversas comisiones. La sede de conducción central está liderada por Miriam Miranda y Rony Martínez; allí se toman decisiones y se consulta colectivamente cuáles deben ser los siguientes pasos. Las reuniones formales de los garífunas se combinan armónicamente con los tambores y el baile. Puede desarrollarse una reunión seria sobre la situación del campamento, el análisis de novedades o la evaluación de actividades, y de pronto comienzan a sonar los tambores: entonces los mismos dirigentes se levantan, toman las maracas y empiezan el baile y el canto garífuna. Esa es la sede conductora del campamento. Luego están los sectores. Allá está, al fondo, con escasas carpas, casi sin gente, la sede de lo que debería ser El Progreso. “Allí deberían estar los progreseños”, dicen en tono de humor. Después vienen otros sectores: Santa Fe, Satuyé, El Triunfo de la Cruz y otros núcleos garífunas.
Un sector particularmente fuerte es el llamado “barrio Lempira”, donde están los combativos integrantes del COPINH, instalados de manera permanente en el campamento popular. Ellos cuentan con sus propios suministros: su café, sus tortillas, sus propias letrinas, todo ello en coordinación con la sede dirigente. El campamento organiza la alimentación y la higiene de todo el conjunto. Los baños y letrinas se mantienen limpios y no hay basura tirada: existen recipientes donde cada quien deposita disciplinadamente sus desperdicios.
Del mismo modo, funciona un sistema de seguridad impecable, que permite dormir con cierta tranquilidad. Bueno, no del todo. Durante toda la noche debe soportarse el ruido ensordecedor de los vehículos, pues el campamento está instalado en una de las arterias más importantes de la capital. Y, sobre todo, permanece la zozobra de que en cualquier momento pueda llegar la respuesta represiva y violenta de los cuerpos armados del Estado.
Los garífunas son conscientes de que el campamento no puede mantenerse de forma indefinida. Sus demandas son precisas, y del campamento deberá pasarse a una presión mayor. Saben que la presión interna debe ir acompañada de presión internacional. Saben también de la importancia de la presencia de medios internacionales, porque los medios corporativos guardan silencio. Y esto ocurre porque, entre muchas otras aristas del poder, en las tierras de San Juan, Tela, aparece el exconvicto, Yani Rosenthal, como uno de quienes, según múltiples señalamientos, busca extender sus tentáculos para apropiarse de esas valiosas tierras de vocación turística.
Yani Rosenthal tendría, además, en el presidente de la CSJ a una pieza funcional a sus intereses, así como tiene una alianza férrea con el presidente del Congreso Nacional. Y entre pillos, suele decirse, se entienden bien cuando se trata de defender sus intereses. No en vano se afirma que la democracia representativa ha quedado reducida a una formulación vaga, porque en los hechos lo que existe en Honduras no es una democracia, sino un gobierno representativo de la alta empresa privada: agroindustriales, banqueros, industriales térmicos y empresarios de energía renovable. Un gobierno que representa y defiende los intereses de las élites hondureñas, y que ve en el campamento garífuna y en las demandas campesinas una amenaza para sus privilegios. Por eso los llaman terroristas, usurpadores e invasores.
Este campamento expresa, en términos concretos, lo que cualquier manual de teoría política identificaría como la historización in situ de una intensa lucha de clases. Así, la presión interna solo puede ser efectiva si está articulada con la presión internacional. Y no es una tarea sencilla. En el plano interno existe un bloqueo mediático: solo a través de redes sociales, radios y medios comunitarios se difunde lo que ocurre en el campamento. Para los grandes medios, el campamento no existe, aunque esté situado en pleno centro de Tegucigalpa, cerca de los poderes, pero invisibilizado por decisión de esos mismos poderes que controlan las dinámicas políticas del país. Por eso la lucha internacional resulta indispensable. Pero tampoco allí el panorama es fácil: el ámbito internacional se inclina hacia los intereses de los grandes capitales transnacionales, y el campamento aparece como una amenaza para las ZEDE y para las inversiones extractivistas, turísticas y energéticas.
El futuro de la lucha expresada durante el mes de agosto de 2026 en el campamento garífuna, instalado en los alrededores del Palacio de la Corte Suprema de Justicia, es incierto. Sus demandas tocan el corazón de la vida garífuna y del campesinado hondureño, pero también golpean el corazón de los voraces intereses de las élites empresariales. Los garífunas de la OFRANEH lideran esta lucha con mística y rebeldía admirables. Sin embargo, su fuerza por sí sola no basta. Es necesaria una alianza con muchos otros sectores del país. Y quizá tampoco eso sea suficiente: será igualmente indispensable la solidaridad internacional. La medición de fuerzas no es solo entre garífunas y gobierno; esa es apenas una de sus expresiones.
En el fondo, se trata de una confrontación entre dos modelos de vida y dos cosmovisiones: por un lado, el modelo que representa los intereses del gran capital y que mira todo, incluso a los garífunas, desde el prisma del negocio y el lucro; y por otro, el proyecto de vida y de sueños de los garífunas, campesinos, comunidades y organizaciones defensoras de la casa común, basado en la armonía entre los derechos de la naturaleza y los derechos humanos, todo puesto al servicio de la dignidad y el bienestar de los pueblos.
El desenlace del campamento puede seguir distintos caminos. El escenario ideal sería que la CSJ convoque a un diálogo y negociación con la OFRANEH, reconociendo toda su representación, y que de allí surjan acuerdos consensuados. Un escenario intermedio sería que los garífunas decidan suspender el campamento para pasar a otras formas de presión, tanto territoriales como internacionales, a partir del fortalecimiento de las alianzas locales y globales. Y un escenario catastrófico sería que el gobierno decida desalojar y destruir el campamento por la fuerza, con consecuencias sangrientas. Ese sería un desenlace que cerraría las puertas a futuros diálogos y añadiría un factor más al ciclo de violencia, represión e inestabilidad social y política que ya está en marcha. Un escenario con consecuencias desastrosas para toda la sociedad.