Omar Palacios


En estos días cuando celebramos el aniversario patrio, los Tehumas —como nos gusta llamarnos con orgullo a los nativos de San Manuel, Cortés- tenemos la mesa servida para recibir de nuevo, por enésima vez, a dos amigos de nuestra milenaria casa.

Desde hace cuatro décadas, los investigadores norteamericanos Rosemary A. Joyce y Russell N. Sheptak caminan nuestras tierras con el afán de devolvernos el pasado, desentrañarlo, entenderlo. Y explicarnos con base científica a todos los vallesuleños, que proviniendo de una mística y rebelde cultura milenaria tenemos base para sentirnos los hondureños más independientes de este lindo país.

Su trabajo riguroso y académico ha sido clave para entender la monumental belleza de esos jarrones de mármol blanco y las vasijas polícromas que alguna vez se moldearon en las manos de nuestros ancestros habitantes del Valle.

Para dimensionar el valor de lo que nos han obsequiado, vale la pena intentar hacer un repaso, -no académico- de nuestra propia historia, intentando un paso a paso, siglo a siglo.

El viaje arranca muy atrás, por el año 1000 a.C., en el lodo fértil de Playa de los Muertos, hoy conocidas como finca 10 y 11 en El Progreso, Yoro.

Allí, en lo que los arqueólogos llaman el Periodo Formativo Medio, brotaron las raíces de nuestra identidad en forma de delicadas figurillas de arcilla hechas a mano. Y brotó también en los olores añejos de la chicha del maíz multicolor, del cacao arcoíris y en el arte del intercambio de bienes en toda Mesoamérica.

Ese fue el espejo espiritual de lo que vendría después: el esplendor de Travesía.

Entre los años 600 y 850 de nuestra era, Travesía no era el simple sitio que es hoy. Fue, el gran puerto fluvial de la región y un portento tecnológico. Si, un puerto, sobre el caudaloso río Ulúa.

De sus talleres salían los vasos de mármol de estilo Ulúa, verdaderas joyas de la diplomacia prehispánica que llegaron hasta las manos de los mayas en El Petén y las élites de la actual Costa Rica.

En aquellos tiempos de esplendor, el poder se repartía de forma inteligente en el territorio que hoy es San Manuel, según evidencias que explico adelante.

Mientras Travesía dominaba el comercio y la artesanía fina en los playones del río, Tehuma (nuestro antiguo pueblo) funcionaba como el granero del valle, cuidando con celo las inmensas y valiosas plantaciones de cacao que sostenían la economía regional. No era monocultivo, siempre ha sido bosque y dominaba. Así lo reportó el cronista y a la vez contador real Alonzo de Suazo: “Y hay en esta provincia y a las riberas del río Ulúa tanta abundancia de los árboles de las almendras que llaman cacao, que se extienden por ambas orillas a lo largo de leguas y leguas, conformando un bosque espeso y continuo que los naturales cultivan y cosecha toda la tierra con grandísima riqueza”.

De hecho, la memoria histórica de Tehuma sigue tan viva en el municipio que el centro educativo oficial de la localidad lleva ostentoso su nombre, el Instituto Gubernamental Tehuma, espacio entrañable donde cursé mi ciclo común de educación, lo que las nuevas generaciones conocen ahora como el séptimo, octavo y noveno grado. Y allí aprendí sobre gobierno estudiantil y democracia, a gestionar pupitres, pintura y a proponer su oficialización para que fuera más accesible.

Sin embargo, vivir a la orilla del Ulúa siempre ha sido un pacto de doble filo.

Hacia el año 850 d.C., el río reclamó su soberanía con una furia inusitada. Una serie de inundaciones bíblicas provocaron lo que la ciencia llama una avulsión: el río rompió sus diques, dio un violento bandazo geográfico y mudó su cauce a kilómetros de distancia.

Travesía, de la noche a la mañana, se quedó sin agua, con sus muelles encallados en la nada de un playón seco.

El aislamiento económico asfixió al puerto fluvial y obligó a la población a abandonar sus casas para buscar refugio en las alturas de los cerros circundantes, entre ellos Palenque, una metrópoli que llegó a superar con creces el tamaño geográfico de Copán, aunque quizás no su arte concentrado, no sabemos aún.

Esa vieja cicatriz de la geografía prehispánica nos habla directamente al oído hoy en día.

Como lo advierte el historiador Rodolfo Pastor Fasquelle al analizar el zarpazo de huracanes como el Mitch, Fifí, o las recientes tormentas Eta e Iota, el Valle de Sula tiene memoria de agua y no se le puede engañar. El crecimiento desordenado de nuestras ciudades actuales, que avanzan a ciegas sobre las zonas de inundación y desafían los antiguos dominios del río, es un camino seguro al cataclismo.

Si la opulenta élite de Travesía vio desplomarse su imperio de mármol por los caprichos del Ulúa, las ciudades del actual Valle de Sula “moderno” deberían mirarse en ese espejo antes de que la naturaleza decida, una vez más, corregir nuestros errores a la fuerza.

Para el siglo XVI, cuando los españoles asomaron sus armaduras por el valle, se toparon con un territorio multiétnico que no se iba a entregar fácil. Ni lo sospechaban.

El gran líder de la época fue el cacique toquegua Cicumba un estratega formidable que mantuvo en jaque a los conquistadores durante más de diez años. Cicumba, antes comerciante cacaotero desde el Valle hasta Yucatán no se quedaba quieto; gobernaba el río, moviéndose en canoas entre Ticamaya, Tehuma y Palenque.

Su resistencia alcanzó ribetes míticos en 1536, cuando unió fuerzas con pueblos mayas yucatecos y con el náufrago español Gonzalo Guerrero, reconvertido en jefe militar maya, forjando una alianza épica que le trajo una impresionante flotilla de 50 canoas de guerra venidas desde Yucatán, repletas de sus más adiestrados soldados mayas y toqueguas. Ocurrió su cita con la historia, llegó la legendaria Batalla de las Canoas, un choque brutal sobre las aguas del Ulúa, quizás frente a Palenque, donde la pólvora de Pedro de Alvarado terminó por quebrar la defensa nativa.

Tras la derrota, Alvarado firmó el Repartimiento de San Pedro en 1536, creó por decreto la ahora gran ciudad y tanto Tehuma como Palenque pasaron a ser propiedad de encomenderos españoles, especialmente vigiladas para evitar nuevas sublevaciones.

En aquellos viejos papeles de la colonia, nuestro pueblo llegó a llamarse Lemoa y Marcayo, sobreviviendo incluso a los feroces ataques de los zambos miskitos en 1708.

Durante los siglos XVII y XVIII, Tehuma demostró su resiliencia manteniéndose como un centro clave de comercio de cacao, granos y zarzaparrilla que abastecía al mismísimo puerto de Omoa, más importante entonces que Puerto Caballos.

Toda esta epopeya habría quedado sepultada bajo los bananales o cañaverales si Russell Sheptak no hubiera comenzado a cartografiar los antiguos caminos de San Manuel en 1981, y si Rosemary Joyce no hubiera metido el palustre en Travesía, Playa de los Muertos y Palenque en 1983.

Juntos, bajo muchos aleros como los de prestigiosas revistas y publicaciones en universidades del mundo, y también en la revista Yaxkin, aupados por el Instituto Hondureño de Antropología e Historia, reconstruyeron el rompecabezas de nuestro pasado. Darío Euraque, Pastor Gómez y otros compatriotas han hecho su parte con ellos y siguen escribiendo hermosos capítulos.

Fue Sheptak quien, en el Congreso de Historia de 2004, desempolvó los legajos del Archivo General de Indias para rescatar a Cicumba del olvido, de las sombras ingratas para  devolverle su lugar como héroe de la resistencia. Y fue Rosemary quien, en el sitio de Puerto Escondido, descubrió las trazas químicas que demostraron al mundo que el chocolate nació en este valle como el bendito subproducto de una cerveza prehispánica. ¡Salud!

Por ese legado inabarcable que comprende más de cuarenta años de entrega, en este septiembre los Tehumas nos pusimos de pie en el cabildo municipal. No hubo discursos acartonados, sino abrazos sinceros, arte local, emociones a flor de piel y una eterna sonrisa de gratitud para Rosemary y Russell. Les honramos  a nuestra manera, asidos de baleadas y osmil – no con cervezas pues aún no recuperamos la fórmula ancestral-, pero si con refrescos de nuestras frutas locales.

Confío que las nuevas generaciones serán al menos bilingües para que degusten los ricos volúmenes  escritos por estos dos ciudadanos del mundo, (las ancestrales fueron pluri) y, si alguna vez logramos construir la república seria con la que soñamos, entonces levantar la voz diplomática para exigir la repatriación de esos vasos de mármol y vasijas polícromas que hoy duermen en vitrinas extranjeras, custodiadas con celo científico y seguridad patrimonial, pero cuyo verdadero hogar siempre será el suelo de este sagrado valle.

Tehuma, hoy San Manuel, septiembre 4, 2026