Centro Astalli es la sede italiana del Servicio Jesuita a Refugiados, promueve una cultura de acogida y solidaridad. Fue uno de los primeros lugares que visitó el Papa Francisco en 2013.
En el subsuelo de Roma, Italia, bajo techos abovedados y paredes silenciosas cargadas de historia, se escribe cada día un relato de humanidad resistente. El Centro Astalli, sede italiana del Servicio Jesuita para Refugiados (JRS por sus siglas en inglés), no es solo un espacio de asistencia: es un umbral donde la vida se reconstituye, un territorio donde la misericordia se vuelve concreta, entre bandejas de comida, mapas del mundo y nombres escritos con rotuladores de colores.
“El refugiado no es alguien que busca un lugar más bonito donde vivir. Es alguien que busca un lugar donde su vida no esté en riesgo”, dice María José Rey Merodio, misionera de Cristo Resucitado y trabajadora del centro desde hace dos décadas. Su voz no tiembla, pero conmueve. Habla con la convicción de quien ha conocido el rostro humano de las heridas del mundo. “He conocido jóvenes que me dicen: no importa dónde esté, lo único que quiero es poder construir una vida”.

Una de las imágenes impactantes en una de las paredes del Centro Astalli, es un muro con decenas de nombres: “Issa – Mali”, “Moses – R.D. del Congo”, “Viviana – Colombia”, “Ahmed – Somalia”, “Maria Rosa – Italia”. Son los nombres de quienes está buscando un espacio en otro lugar del mundo que no es su hogar, o al menos, donde nacieron, sino donde les toca volver a construir. Un gesto, quizás sencillo, pero poderoso, uno que buscar gritar al mundo: estamos aquí, existimos, tenemos nombre y patria, aunque la hayamos perdido.

A diario, entre 250 y 300 personas llegan al comedor del centro, un espacio donde se distribuyen alimentos en bandejas de cartón blanco: pan, frutas, lo básico, lo esencial. “Este comedor fue la primera actividad del Centro, hace más de 40 años, y nunca ha dejado de funcionar”, cuenta María José. Junto a él funciona también un ambulatorio médico con voluntarios, y oficinas donde se ofrece orientación legal, alojamiento, integración lingüística y laboral. Cada servicio es un intento por recomponer lo que la guerra y el exilio deshacen.
Las imágenes colgadas en las paredes lo cuentan sin palabras: jóvenes en clases de italiano, grupos en salidas culturales, talleres artísticos, celebraciones compartidas. En uno de los pasillos, una frase en italiano recuerda que “las grandes obras nacen de pequeñas oportunidades”. Ese parece ser un lema invisible del Centro Astalli.
Pero más allá de la asistencia inmediata, el Centro Astalli apuesta por algo más profundo: “Queremos dar a conocer el rostro de los refugiados, sus historias. Crear puentes. Que la sociedad entienda por qué existen los refugiados. Que puedan mirarlos a los ojos”, reafirma María José.
Esa mirada transforma. María José lo ha visto con sus propios ojos durante ocho años que visitó colegios con jóvenes refugiados. “La cosa más hermosa es ver cómo los jóvenes, al escuchar una historia real, cambian su mirada. El refugiado les abre un horizonte de vida”.

Las historias son innumerables y estremecedoras. Jóvenes que llegan solos, tras haber visto morir a familiares. Periodistas perseguidos por denunciar abusos de poder. Pueblos enteros que huyen de bombardeos. Madres que han perdido a sus hijos. “Estar aquí es como si uno viera desfilar el mapa geopolítico del mundo a través de los rostros”, comenta María José.
María José describe este lugar como “un taller de paz sin nombre”. Lo ha visto en la risa de adolescentes de veinte países distintos compartiendo un paseo. En el abrazo entre un refugiado afgano y un voluntario italiano. En los jóvenes que han logrado estudiar en la universidad gracias al proyecto Comunidades de Hospitalidad, surgido del llamado enfático del Papa Francisco durante su visita al centro en 2013 que marcó un antes y un después en el acompañamiento a refugiados.
“El Papa nos dijo que los conventos vacíos no son para hacer hoteles, sino para la carne de Cristo, que son los refugiados”, recuerda. Ese gesto pastoral desencadenó una red de solidaridad concreta con congregaciones que hoy abren sus puertas para acoger, por un tiempo, a quienes han completado el proceso inicial de refugio, pero aún no están listos para vivir completamente solos. “Gracias a este proyecto hemos acompañado a jóvenes que hoy son ingenieros, radiólogos, artistas. Y ellos, a su vez, hoy ofrecen 100 horas de voluntariado al año en el centro”.

La implicación de la Iglesia no es simbólica. Es encarnada. Una “Iglesia en salida”, como pidió tantas veces el Papa Francisco, una Iglesia que no tema ensuciarse las manos con el barro del sufrimiento humano. Que viva en las periferias existenciales donde otros Estados cierran sus fronteras o levantan muros. Y es ahí, en un mundo donde el gran Capital define la agenda global y los descartados se acumulan en los márgenes, el Centro Astalli es una oportunidad.
“El sueño es que algún día no haya más refugiados. Que este centro no tenga que existir porque nadie deba huir de su país por guerra o persecución. Pero hoy ese sueño parece utopía”, reflexiona María José. Mientras Europa endurece sus políticas migratorias y el Mediterráneo se convierte en tumba para miles, este centro se afirma como una trinchera de compasión activa. “Lo absurdo, es que quienes colaboran con los conflictos, luego rechazan a quienes esos mismos conflictos expulsan.”
La espiritualidad que sostiene este trabajo queda impregnada en los pasillos de ese centro que acoge y promueve la hospitalidad. Un lugar que no trata solo de aliviar heridas, sino de caminar con quienes las portan. De allí nacen testimonios como el de una mujer iraní, víctima de tortura y pérdida, que un día dijo: “Aprendí que las heridas no se sanan solo con justicia. Solo el perdón puede detener la cadena de violencia y construir la paz verdadera”.


El Centro Astalli, entonces, no es un refugio asistencialista. Es una escuela de humanidad. Un lugar donde se aprende, desde abajo, que cada vida importa, que la hospitalidad es un acto político y espiritual, y que construir paz exige tiempo, vínculos, ternura y valentía.
Desde un edificio escondido entre las calles de Roma, ese es el trabajo cotidiano de María José y de tantos otros: alimentar, acompañar, mirar, escuchar y sembrar, en medio del dolor, la esperanza y la dignidad.
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