

¿Dónde nace hoy el Niño Dios?
Las lecturas que la Iglesia utiliza para la preparación de la Navidad nos hablan de un Príncipe que hará justicia a los humildes y desvalidos, derrocará a los opresores y producirá un efecto reconciliador en toda la creación. Un niño que nace en pobreza, en un nacimiento solidario y rodeado de austeridad. Así es Navidad hoy en Palestina.
La invitación es a reflexionar sobre el consumo. En positivo, es un don, un modo de ser de una humanidad buena. La amistad es también intercambio de dones y, en una sociedad como la nuestra, muchos de esos dones pueden o deben ser comprados. Regalar en estas fechas es síntoma y señal de solidaridad, de cariño y de amistad. Pero lo que se aleja totalmente del sentido de esta fiesta es el lujo insultante y el derroche.
Celebrar con derroche y con lujo el nacimiento de un niño que nació en Palestina, el mismo lugar en donde hoy mueren masacrados miles de niños, es un contra sentido. NO puede existir Navidad cristiana sin solidaridad con el pueblo palestino. Entre bombas, destrozos y gritos de horror es allí en donde hoy nace el Niño Jesús. Ese es su pesebre hoy.
Se ha de condenar moralmente a quienes en estas fiestas gasta y malgastan sin control y con derroche. De igual manera, no se puede presumir de cristianismo en una sociedad en donde existe una minoría con riquezas insultantes a costa de millones de gentes empobrecidas y miserables. Esa enorme brecha humana y social se llama violencia estructural y desde ella se sustentan la criminalidad y la migración forzada.
Lo sectores medios, incluso los empleaditos, con su afán de parecerse a los ricos y famosos, caen con frecuencia en ese consumismo derrochador. Se trata de gastar lo que no se tiene, de empeñarse con tarjetas de crédito, de presumir fingiendo que se es más. Ese consumismo confunde, hace creer a la gente que se es más grande cuando se tienen cosas, y se pierde el valor profundo del ser persona. Y esa es la mayor de las perversiones.
La Navidad, pues, nos llama a la austeridad. El derroche debería ser un delito y la solidaridad debería ser una ley para que todo mundo se sienta ante el deber de ver y abrirse ante las necesidades de mucha otra gente. La Navidad hemos de vivirla con generosidad solidaria. Consumo sí, pero al servicio de la solidaridad, no del derroche.
Que nuestra Navidad esté al servicio de un modo de ser y pensar que tenga siempre en cuenta que las únicas fiestas verdaderas son las que incluyen, no las que excluyen o marginan a los demás. Como la fiesta del Señor Jesús, que cuando quiso celebrar la fiesta de la vida, se hizo pobre con los pobres, para celebrar y crecer con dignidad en compañía de toda la humanidad. Y en este año, sin duda, el Niño nace entre los destrozos palestinos.

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