“La ley es una cosa, la práctica es otra” dijo el diputado con mucha naturalidad al referirse a esa relación que opone al discurso con la realidad. Mientras el político está en campaña promete transformaciones para bien de la sociedad y asegura que entre sus prioridades estará el combate a la corrupción. Y suele hacerlo con palabra firme y con gestos seguros. Una vez que se sienta en un curul en el hemiciclo del Congreso o en su oficina en casa presidencial, o en una silla de una corporación municipal, los funcionarios suelen atender a sus correligionarios y colocar en puestos de trabajo a los activistas de su partido sin que existan competencias profesionales. Se hace para cumplir con esas promesas de campaña para quienes se desgañitaron en las actividades proselitistas.
Hace muchos años, muchos gobiernos atrás, entre activistas de los partidos políticos. Se acuñó el dicho popularmente perverso, cuando el activista llegaba a la oficina del alcalde, el diputado o el ministro para decirle con firmeza, “no vengo a pedirte que me des, sino que me pongas donde hay”.
De igual manera, a los funcionarios públicos se les califica con frecuencia de acuerdo a la cantidad de activistas a los que colocó en su dependencia, y cuando termina su período, ver con cuantas casas nuevas, solares, propiedades y vehículos nuevos conforman su patrimonio. Y ay de aquel funcionario que salga igual a como entró, es un tonto, un desgraciado que no supo aprovechar el tiempo para sacar ventajas particulares de su cargo. Si es hombre, incluso se le valora por la cantidad de mujeres que tiene a su cargo, una vez que finaliza su función pública.
A esto es a lo que se llama corrupción, y cuanto más se refiere a funcionarios públicos, la corrupción es política patrimonial, en el entendido de que se convierte en normal de que los funcionarios públicos usen los bienes el Estado como si fueran su propiedad. Y cuanto más normal es, más profunda es la corrupción porque ya no solo son hechos y prácticas, sino ha penetrado la conciencia de la sociedad, hasta convertirse en cultura política de corrupción. Entonces los hechos y prácticas corruptas acaban siendo expresiones de una concepción estructural de la corrupción. Esto es lo que el magisterio de la Iglesia llama pecado institucionalizado o pecado estructural.
La corrupción vista desde la palabra revelada es pecado porque es uso perverso de los bienes que Dios nos ha dado para vivir y crecer como hermanas y hermanos. Es pecado porque el uso perverso de los bienes, o de las leyes elaboradas para ordenarnos en la sociedad conforme al bien común, es un modo de actuar a espaldas del amor de Dios. Y el pecado, tanto personal como social, es negarnos a la gracia salvífica, y actuar o proceder conforme al egoísmo dejando como consecuencias divisiones, tristezas, pobrezas e injusticias.
Jesús advierte a su comunidad de discípulos de dos enormes tentaciones que pueden conducir al pecado. La primera es el amor a las riquezas que conduce a la acumulación y, por eso mismo, a la codicia, al amor al dinero. Esto es pecado porque actúa a espaldas de la voluntad de Dios que ha puesto los bienes para el bien común. La acumulación es absolutamente contraria al Evangelio (Cfr. Marcos 10, 23.25). La segunda tentación es el poder, entendido como opresión, explotación, dominio y control sobre los demás.
Cuando Jesús va de camino a Jerusalén y los discípulos murmuran entre ellos por ver quién de ellos será el más importante una vez que Jesús sea coronado rey de Israel, él les recuerda que los jefes de las naciones los primen y tiranizan. Es entonces cuando les da el mandato: no debe ser así entre ustedes, que no sea el poder que oprime el que defina a la comunidad cristiana, sino el servicio y la entrega hasta las últimas consecuencias (Cfr. Marcos 10, 43)
Caer en las tentaciones de la acumulación y del poder, es exactamente caer en la dinámica de la corrupción. Y, por el contrario, cuando nos ponemos en el camino del servicio, así como un día los discípulos se pusieron a compartir la comida, entonces la misericordia hace que abunden los bienes; y cuando entendemos que los asuntos públicos son para buscar el bien común, entonces el poder se convertirá e servicio. Si esto ocurre, la corrupción no tendrá cabida, y si en la vida pública se vive la máxima del servicio y la búsqueda del bien común, contribuiremos a que desaparezcan aquellos dichos de que la ley es una cosa y la práctica es otra y nadie andará pensando en buscar puestos en la administración pública para enriquecerse ilícitamente.