Con Francisco muchísima gente volvió a creer en una Iglesia a la que habían experimentado no solo distante, sino fría, acusadora y condenadora.  Se puede decir que Francisco abrió las ventanas y todas las puertas para que la Iglesia saliera a las calles, al encuentro con una sociedad cada vez más escéptica, más compleja, más pluralista. Y metida a fondo en la sociedad, la Iglesia se pudiera capacitar para comunicar la Buena Noticia desde las periferias.

Francisco rompió moldes. Con sus palabras, sus gestos y sus decisiones, ha contribuido a  recuperar la verdadera dimensión comunitaria de la Iglesia, y ha animado a la Iglesia toda a recuperar el valor originario de la Iglesia que reside en la comunidad de fieles, porque a lo largo de muchísimos años, esa realidad originaria ha sido sustituida por la institución eclesiástica centrada en sí misma, relegando a la comunidad de fieles.

Francisco promovió y apostó por la sinodalidad, que no es sino aprender a caminar juntos, pastores y fieles, jerarquías y pueblo de Dios. Esta fuerza de la sinodalidad redescubre la función petrina, esa misma que nació en las primeras comunidades cristianas, cuando Pedro era coordinador de una comunidad de iguales. La sinodalidad no resta poder al papa y a los obispos, sino que redimensiona su lugar como pastores de un rebaño en donde todos los pastores huelen a ovejas.

Hemos de recordar que Francisco llegó al papado en un momento muy crítico de la Iglesia, al menos del último siglo. Nunca como en este tiempo había caído tanto el catolicismo en el mundo, y la credibilidad de la imagen de la Iglesia había caído a sus niveles más bajos, especialmente por los escándalos de la pedofilia y abusos sexuales. De igual manera, Francisco fue elegido en un momento en que la corrupción, la desviación y lavado de dineros, finanzas oscuras y en general una tendencia de luchas miserables por el poder, había invadido a importantes esferas dentro de la curia vaticana.

¿Qué hizo Francisco? Se acercó a la vida, necesidades, alegrías, sueños y angustias de los pueblos. Destacó la dimensión pastoral de la Iglesia. Dio respuestas pastorales de misericordia y no tanto doctrinales ante lo que aqueja a tanta gente. Reintrodujo en la agenda eclesial temas que estaban desaparecidos, como el tema de la justicia social uniendo íntimamente el cuidado de la naturaleza, a la que proféticamente llamó Nuestra Casa Común, con la opción por los pobres: dio un impulso a la relectura de la moral sexual, tan severamente estrecha en los cánones vaticanos, y abrió las puertas para el nombramiento de mujeres en responsabilidades de dirección en la curia vaticana. No hizo sino recuperar la actitud y el espíritu del Vaticano Segundo.

Francisco rompió moldes. Basta leer sus Encíclicas Evangelii Gaudium, la alegría el Evangelio, la “laudato si” o Frattelli Tutti para saber que en Francisco no hay realidades distintas, que lo humano, lo ambiental y lo divino son una misma realidad. La defensa de los oprimidos, la defensa de la madre tierra y la búsqueda de la gloria de Dios son un único compromiso cristiano.

El papa Francisco despertó enormes simpatías, y ha quedado patente en estos días de su muerte y funeral. Pero también detractores, muchos de los cuales han quedado agazapados en estos días ante la apabullante aclamación que está recibiendo Francisco. Y esto es así porque Francisco es un gran profeta, por eso rompe moldes, y por eso no es aceptado por los poderes promotores del extractivismo y de la dinámica privatizadora de los bienes de la naturaleza. Recordemos que Jesús dijo que nadie es profeta en su tierra.

Francisco fue rechazado por sectores de poder dentro de la curia vaticana. Francisco encontró una gran inspiración en la vida y palabra de San Óscar Romero. Sin duda el espíritu del santo salvadoreño lo acompañó en su misión como primado de Roma. Y Monseñor Romero nunca habría sido oficializado como santo en tan poco tiempo sin la firme decisión de Francisco, a quien a partir de ahora muchísima gente en la Iglesia aclamará porque se agilice su causa para que lo tengamos muy pronto en los altares.

Francisco nos insistió que rezáramos por él. Ahora, una vez que está en el regazo paterno, nos toca pedir insistentemente a Francisco que rece por nosotros para que en todas las circunstancias prosigamos siendo sus brazos y sus pies en la continuidad de sus misión de hacer que nuestra Iglesia siempre esté abierta a un mundo que necesita de misericordia y de una palabra de paz y de consuelo.